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PERSONAJES FEMENINOS NOTABLES EN RAMÓN J. SENDER PDF Imprimir E-mail

Personajes femeninos notables

en las novelas históricas de Ramón J. Sender*

En nuestro homenaje particular a Sender y a su obra, que engrandece la literatura española, nos vamos a detener en aquellas novelas de contenido histórico que ponen ante el lector una serie de personajes femeninos que encarnan a verdaderas protagonistas de la Historia de España, mujeres de talla singular cuyas circunstancias de la vida les han llevado a vivir encerradas largos períodos de tiempo.

En la segunda parte de Tres novelas teresianas (1967, 1ª. edic.), titulada La princesa bisoja, vemos, frente a frente, a dos mujeres de fuerte carácter, doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli y Teresa de Jesús. Sender nos muestra dos mujeres pagadas de sí mismas: la primera segura de su belleza, la segunda de su santidad. Siempre van acompañadas de su séquito de doncellas o de monjas.

Doña Ana, expresión máxima del mundo de la carne y de la falta de escrúpulos, se ve obligada a encerrarse, tras su reciente viudedad, en su casa de Pastrana, convertida por Teresa en convento de carmelitas descalzas. (121) Decide recibir los votos monacales para  acallar  los rumores que la hacen, a la vez, amante de Felipe II —a quien atribuyen la paternidad de su hijo Rodrigo—, y de su secretario Antonio Pérez. (123)

Los días de convivencia son duros. Teresa entendía la presencia de la de Éboli como la prueba más difícil que Dios le imponía. (141) La sobrellevaba movida por la necesidad de saber qué había hecho doña Ana para que llegara a manos del Santo Oficio el manuscrito de su Vida que ella le había regalado hacía siete años, como prueba de amistad. Su deseo de recuperarlo le tenía sumida en una continua zozobra.

Teresa hacía ímprobos esfuerzos para congeniar con ella, pero esta era tarea imposible. La Santa pensaba: «¿Y cómo iban a echar a la propietaria del edificio, amiga del rey, princesa de Portugal, duquesa de Pastrana?» (148) Al poco tiempo, doña Ana le da la respuesta: atraída por la fama de don Juan de Sevilla, que había acudido a Pastrana a conquistarla, se deja seducir por él y vuelve a sus prácticas amatorias habituales. (156)

Tras una fuerte discusión entre ambas, Teresa ordena a sus trece monjas prepararse para salir rápidamente del convento e ir, andando, a Segovia.

En la novela Carolux Rex (1963, 1.ª edic.), nuestro escritor oscence presenta otro personaje femenino de envergadura: doña Mariana de Austria (1634-1696), esposa de Felipe IV y reina regente hasta la mayoría de edad de su hijo Carlos. Su hermanastro, don Juan José de Austria, llamado también el Calderón, por ser hijo de Felipe IV y la actriz de moda, la Calderona (encerrada, tras su maternidad, en un convento), la envía al destierro a Toledo, donde, confinada, seguía dirigiendo la facción de nobles y clérigos que, en la corte de Madrid, le apoyaban, (14) al mismo tiempo que mantenía, de manera secreta, relaciones íntimas con sacerdotes. (15) Doña Mariana, que «no reía y si reía era solo por el lado izquierdo, ya que tenía una tendencia hemipléjica», (80) odiaba a don Juan José a muerte.

La reina viuda hizo extender la noticia de que su hijo Carlos, al que ella llamaba el piojoso, (124) no procreaba porque estaba hechizado. Para favorecer su fertilidad, ya coronado, ordenó colocar, varias veces, en el lecho conyugal, la momia de San Isidro —«que tenía la boca abierta y los dientes colgando»—, hasta que su joven esposa, de dieciocho años, María Luisa de Orleáns, enfermó de aprensión. (127)

Para atajar el problema de la falta de hijos, la reina madre da la orden de llevar a cabo un exorcismo. (209) Su ejecutor, el cardenal Portocarrero, aconseja a Carlos, siguiendo las instrucciones de su madre, que no duerma con su esposa hasta que su curación sea definitiva. El monarca, que era un obseso sexual, acepta tan dura condición por el bien de España. El exorcismo se desarrolla en presencia de doña Mariana a la que su hijo, poco antes de finalizar y todavía extenuado, echa de allí, gritando: «¡Afuera las putas tudescas!» (218)

Ramón J. Sender hace uso de la información histórica de que dispone de manera muy minuciosa, no obstante, como gran creador que es, recurre a las licencias literarias necesarias de tal modo que, a la vez que respeta fielmente lo acaecido, sus personajes históricos se ven caracterizados con aquellos rasgos positivos que les humanizan y les hacen próximos al lector, tan separado de ellos, en el espacio y en el tiempo.

En nuestro autor, verdad poética y verdad histórica no son incompatibles; esta característica se hace todavía más patente cuando se trata de personajes menos relevantes. Es el caso, en Carolux Rex, de la aragonesa Irene Ballabriga, de gran clarividencia y sensatez, secuestrada con otras cincuenta mujeres —todas de alta cuna y de extraordinaria belleza—, en una especie de gineceo o harén, para la satisfacción de la concupiscencia de los inquisidores del Santo Oficio, en Barcelona, (167) o el caso de la duquesa de Arlanza, en la novela El rey y la reina (1949, 1ª. edic.), que permanece escondida durante largos meses, en el torreón de su palacio madrileño, para evitar caer en manos de los milicianos republicanos que, en julio de 1936, habían hecho de su mansión un cuartel militar. O, por último, el de la marquesa de Vélez, en la obra ya citada Tres novelas teresianas, que, fría y firme en sus determinaciones, se venga de su esposo haciéndole comer el corazón, guisado exquisitamente, de su última amante. La marquesa se recluye en un convento, motu proprio, antes de que ordenen su carcelación o sentencien su muerte. (188)

* Los números entre paréntesis remiten al número de página de cada obra, en Edit. Destino, en su última edición.

 

Dra. María Isabel Yagüe

 
Artículos publicados en Boletín del Ateneo de Zaragoza PDF Imprimir E-mail

Homenaje a Buñuel en el Ateneo de Zaragoza

El Ateneo de Zaragoza ya homenajeó al genio de Calanda con un ciclo de charlas que cerró el inolvidable Alberto Sánchez. Llegó nuestro amigo portando un misterioso refrigerador en la mano, extrajo de ahí todos los ingredientes citados por Buñuel, siguió la fórmula al pie de la letra y... concluyó sirviéndonos a todos dry-matinis a tutiplén. Algunas y algunos de los contertulios se achisparon levemente. Yo estuve discretito por la simple razón de que no me gusta el jeringazo ese de ginebra que supone el dry-martini. Mas ello no me impidió pensar que Alberto había sido el único que había acertado de pleno en el homenaje a don Luis, y hasta imaginé que le habría gustado ver cómo se le recordaba de tan alcohólica manera. Buñuel adoraba el vino, los aperitivos y el tabaco. Entonces se podía fumar en cualquier recinto, y la severa habitación del Ateneo devino en animada sala do proliferaban risas y el humo “cegaba los ojos”.

Calanda

La primera vez que fui a Calanda fue en el año 1967, justamente en mi recién estrenada veintena. Hice el viaje en un 600 de segunda mano, acompañado de dos amigos no cinéfilos aunque guiados por el mito Buñuel. Hacía un frío que pelaba y llegamos 15 minutos antes de la llamada “rompida” que se produce todos los Viernes Santos justo al mediodía. Aparcamos donde nos dio la gana e íbamos descendiendo por calles más bien feúchas en dirección a la plaza en la que se ubica la Iglesia y, asimismo, la casa en la que nació el maestro. No veíamos a nadie portando tambor o bombo y escaso personal transitando. Pero, una vez llegados a la plaza, comprobamos que estaba atiborrada de nativos y nativas con la cabeza descubierta, túnica morada y los ansiadísimos instrumentos de percusión. El reloj de la Iglesia comenzó a dar las doce campanadas y, al finalizar, brotó un estruendo bien acompasado que nos dejó estremecidos y emocionados.

Volví a Calanda el Viernes Santo al menos en otras diez ocasiones, cada vez con más gente, y un cinéfilo zaragozano de excepcional sapiencia. Y, claro, en más coches. Con el paso del tiempo, se me quemó el 600 y me compré un Renault R-8 de un horrible color verde guardia civil. Recuerdo las dos matrículas, la del 600 Z-63.765, la del R-8 Z-6008 B. No me acuerdo la del último automóvil que tuve hasta hace como un año, era un Citröen Xara. Ahoya ya no quiero ni tengo coche alguno. Soy muy mayor y mis facultades visuales y de tacto se han visto notablemente mermadas.

Por fin, y en una ocasión en que fui otra vez con solo mi amigo cinéfilo, obtuve la recompensa que aguardaba cada año. Fue en 1970, y a eso de las 22 horas... Buñuel aparecióse en carne mortal en el balcón de su casa. Un enorme grupo de paisanos se apretujaron a su vera y tocaron con toda la furia de que eran capaces. Don Luis, con una mano se palpaba el oído y con la otra les hacía visibles gestos de ¡¡más fuerte, más fuerte¡¡ Junto a los calandinos y calandinas se personó también la Corte del más ilustre paisano de la villa: Fernando Rey, Carlos Saura, Geraldine Chaplin... Provistos de los correspondientes tambores podían rivalizar en ¡a ver cuál de ellos hacía más el ridículo! Con la progresiva invasión turística, Calanda, como Híjar o Alcañiz, se ha convertido en inaccesible. Tanto que para los que celebran su Fiesta -algo de pagana, algo de cristiana, poco piadosa y bastante lúdica- prácticamente no hay lugar suficiente ante la avalancha de visitantes. Así que, desde hace ya más de tres décadas, renuncié. Buñuel, además, había muerto en julio de 1983. Y nunca toqué ni el tambor ni el bombo ni mis manos se mancharon de sangre. No soy masoquista.

Juan Luis Buñuel, jovencísimo, filmó un magnífico documental sobre los tambores de Calanda. Ahí debió terminar su carrera cinematográfica. El talento no siempre se hereda.

Luis Betrán Colás

Vida y obra de Dionisio Lasuén Ferrer (1850-1916)

Nacido en La Muela en el año 1850, Lasuén fue escultor y diseñador de elementos arquitectónicos decorativos y de objetos ornamentales, además de haber sido director de la Escuela de Artes e Industrias de Zaragoza y publicista de temas artísticos.

Realizó su aprendizaje y sus primeros trabajos con la piedra junto a su tío Modesto Ferrer, cantero en La Muela, pero Dionisio y su mente inquieta deciden trasladarse a Barcelona y, más tarde, a Roma para ampliar sus conocimientos y así crecer profesionalmente. Cuando regresó a España, obtuvo un puesto como escultor de la Casa Real, un hecho que le abrió un camino muy prometedor.

Tras estos años, Dionisio se instaló en Zaragoza para dedicarse a la docencia artística y a distintas actividades de diversa índole colaborando con arquitectos y artesanos propios de la localidad con el fin de divulgar el movimiento inglés de Artes y Oficios del Modernismo centroeuropeo.

Lasuén siguió este mismo estilo para diseñar su casa-taller edificada en la calle del Arte, hoy en día denominada calle Bolonia. Actualmente, dicha construcción se encuentra desaparecida. Entre sus diversas producciones, se pueden destacar las estatuas de personalidades históricas, como la de Miguel Servet y Jordán de Asso, o también figuras simbólicas en las fachadas de la antigua Facultad de Medicina y Ciencias y del Museo Provincial de Bellas Artes. Una de sus conocidas obras es la estatua en mármol del general Balmaseda que concluyó en mayo de 1884 para el monumento dedicado a él en Madrid.

Del mismo modo, también tuvo encargos personales como, por ejemplo, panteones del cementerio de Torrero y otras obras no sagradas ni relacionadas con la religión. Su línea de trabajo en este tipo de obras se caracterizaba por alternar tanto los motivos modernos como naturalistas, es decir, la decoración vegetal y floral. Podemos nombrar dos modelos de sus obras artísticas como son Ángel en oración o El silencio, ambas realizadas en piedra caliza. Lasuén falleció en 1916 dejando implantada en Zaragoza la fascinante arquitectura modernista.

Leticia Pinilla Lóbez

Alumna en prácticas

Universidad San Jorge

Viudas impresoras y editoras

En el siglo XIII europeo, algunos gremios concedían a una viuda los mismos derechos que a los miembros masculinos. En la centuria siguiente, en Colonia (Alemania), las mujeres continuaron el oficio de sus maridos como zapateras, curtidoras, peltreras, caldereras, herreras, tintoreras, tejedoras e impresoras.

En el siglo XVI, en Estrasburgo (Francia), y en el XVII en Londres, las viudas heredaban de sus maridos tanto las imprentas como la tarea de editor. De 1533 a 1640, casi el 10 % de los editores londinenses eran mujeres que ejercían también de encuadernadoras y vendedoras de libros.

En la citada ciudad francesa, Margarethe Prüss, enviudó dos veces de dos impresores y en su taller de imprenta aprovechaba para publicar, en 1534-35, panfletos anabaptistas.

De forma paralela, en tierras aragonesas, Juana Millán, sucede en 1536, a Pedro Hardouyn, que aprendió el oficio en el taller de Jorge Coci (1499-1536), impresor alemán afincado en Zaragoza, y en 1548 sucede a su segundo esposo el impresor Diego Hernández; ella publica, entre otras obras, Historia de la doncella Teodor, de Alfonso Aragonés.

El trabajo de impresión de otro discípulo de Coci, Bartolomé de Nájera, fue continuado desde 1562 por su viuda y de sus planchas salen trabajos tan fundamentales como Obras del excelentísimo poeta Aussias March, Cancionero de Jorge de Montemayor, y sobre todo, en 1565, la edición de la obra del médico sardo Juan Tomás Porcell, Información y curación de la peste, obra que representaba la aportación española más importante al estudio de la peste por estar basada en la experiencia directamente vivida por el autor, durante la epidemia de peste de Zaragoza, en 1564.

La Enciclopedia Aragonesa recoge, en la voz IMPRENTA, un total de once viudas al cargo de sus propios talleres, en todo Aragón. En el resto de nuestra Península, hemos encontrado otras mujeres ejercientes de esta misma profesión de las que aquí sólo mencionamos, en Madrid, a la viuda del aragonés Joaquín Ibarra (1725-1785), -el mejor impresor en Europa de todo el siglo XVIII-, que se tuvo que poner al frente de una empresa en la que trabajaba un centenar de personas, entre ellas los mejores profesionales de España y que daba trabajo a otras tantas entre fundidores, fabricantes de papel y encuadernadores.

En Barcelona, a principios del siglo XIX, de la prestigiosa imprenta propiedad de la viuda Tecla Pla, surge Francisca Verdaguer que competía, en el oficio de cajista, con los mejores oficiales catalanes. Durante la invasión napoleónica, era responsable de la imprenta itinerante de la Junta de Defensa de Cataluña. La señora Pla la nombró su heredera, pasando a ser la propietaria de este taller que, con su inteligencia y su gran capacidad de trabajo, supo modernizar y ampliar.

Dra. María Isabel Yagüe

Don Vicente Tena Mateo, un héroe para La Muela

El día 19 de enero de 1894, hijo de Manuel Tena y Juliana Mateo, nacía Don Vicente Tena en La Muela (Zaragoza). Realizó sus estudios sacerdotales en el seminario de San Francisco de Paula (Zaragoza) y, en 1917, lo destinaron como Cura de Corbatón (Teruel). Don Vicente quiso formarse académicamente y logró ser Licenciado en Teología, doctor en Derecho Canónico, en Filosofía y Letras y en Derecho Civil.

En 1929, fue nombrado Canónigo doctoral de Huesca, donde ejerció como profesor del Seminario también. Más tarde, Tena obtuvo el cargo de vicedoctoral en la Canonjía de la Metropolitana de Granada y fue Secretario de Cámara y gobierno de la archidiócesis simultáneamente. Trabajó junto al borjano Cardenal Casanova, quien le nombró provicario y viceprovisor por su gran labor realizada. Entre otras cosas, también publicó diversos artículos religiosos-artísticos en la Prensa de Huesca y en la de Granada.

Entre 1933 y 1935, fue profesor en las Facultades de Filosofía y Derecho en la Universidad de Zaragoza. Igualmente, fue profesor de Latín en el Instituto de Miguel Servet y de Griego en el Instituto Goya, en ambos ejerció también como secretario. El Doctor F. Solsona fue uno de sus antiguos alumnos y le recuerda con gran estima señalando: “Don Vicente era la misma Grecia y todo él era una lección de elegancia y cultura helénica”.

Sus funciones siempre se encontraban fuera de su pueblo natal, pero eso no quita que los muelanos todavía le seguían recordando y admirando. Casualmente, durante junio y julio del año 1935, Don Vicente tuvo que hacerse cargo de la Parroquia de nuevo. El pueblo entero decidió agradecerle su labor y triunfos conseguidos con un homenaje. Nadie recibió nunca tanto cariño, respeto y lealtad como él de su municipio. El Ayuntamiento se puso en marcha y se dispuso a dar el nombre de éste a una plaza de la calle de la Balsa bajo el nombre del M. I. Sr. Don Vicente Tena con su correspondiente placa, además de nombrarle Hijo Predilecto de La Muela. El día 17 de marzo de 1935, se celebró dicho evento al que acudieron autoridades, familiares, amigos y el pueblo entero. Todo comenzó a las 10 de la mañana con una misa y, acto seguido, el descubrimiento de la placa. Don Vicente estaba emocionado y agradeció con unas palabras el enorme apoyo recibido: “no soy merecedor de ello, ha habido en el pueblo otros hijos de mayor relieve, hombres que habían pasado a la historia, como fueron los bizarros generales Antonio de Torres y Agustín Tena, ambos héroes de la Independencia que lucharon por la Patria y Aragón y don Malaquías de Aso que fue obispo de Jaca”.

El 4 de marzo de 1956, fue nombrado Vicario General por el Arzobispo don Casimiro Morcillo. Su pueblo volvió a rendirle un homenaje, ya que era una ocasión merecedora por su ascenso. Siete años más tarde, el 14 de abril, fue nombrado Prelado Doméstico de Su Santidad, aunque poco pudo hacer en dicho cargo.

El 16 de enero de 1964 fallecía en su casa de Zaragoza. La tristeza invadió a los muélanos. Al día siguiente, realizaron una misa solemne en la Parroquia de San Clemente (La Muela) y cantaron la salve de la Virgen de La Sagrada en la plaza que lleva su nombre. Un año después, como aniversario de su muerte, se trasladaron sus restos a dicha Parroquia por petición general del pueblo. Don Vicente murió siendo el eclesiástico zaragozano más considerado por los medios intelectuales y esferas culturales de la ciudad; y siendo el hombre más estimado y amado en la historia de La Muela por la gran bondad que irradiaba.

Leticia Pinilla Lóbez

Alumna en prácticas

Universidad San Jorge

Infertilidad regia en las Cortes de Castilla y Aragón

Al poco de iniciarse la emisión de la serie televisiva Isabel, se publicó toda una serie de artículos, sobre todo en Internet, en los que se abordaba el asunto de cómo se afrontaba, en los distintos reinos de España, la grave complicación que surgía cuando existía dificultad en reyes y reinas de dar un heredero a la corona. Problema crucial en el que intervenía un sinnúmero de personas dedicadas a resolverlo.

De la misma manera que existían múltiples recursos naturales para deshacerse de los hijos no deseados, recursos conocidos desde la Antigüedad,[1] existía a la vez todo un arsenal de remedios, preparados fundamentalmente por matronas y curanderas, para dejar a varones y mujeres “a punto” para la procreación. Por ejemplo, uno de estos recursos era lo que hoy denominamos inseminación artificial, que vemos cómo realizaba uno de los médicos de la corte, en la mencionada serie televisiva (cap. I), con el objeto de facilitar, con una cánula de oro fino, el embarazo de la reina de Castilla, Juana de Avis, que no llegaba a efecto por las dificultades habidas entre ella y su esposo, el rey Enrique IV.

En la corte aragonesa, el rey Martín I el Humano, sin descendencia, a sus 54 años, acudió a los remedios caseros que le proporcionaba su joven esposa, Margarita de Prades, que no solo no dieron el resultado deseado sino que le condujeron a la muerte en 1410, según detalla en lengua latina Lorenzo Valla, historiador de la corte de Alfonso V el Magnánimo, en Nápoles, en 1445: “De acuerdo con la creencia de que los alimentos ricos en especias aumentaban las posibilidades amatorias en los hombres, hacía servir a la mesa manjares tan fuertes como un ganso cebado asado, al que habían adornado suntuosamente... para incitar al rey... a que procreara. Desde el mismo momento en que comió del ganso, el rey empezó a sufrir y a quejarse de un violento dolor de estómago..., en su cuerpo aparecieron algunas manchas”.[2] Jerónimo Zurita confirma estos hechos: “Adoleció de diversas medicinas y manjares muy exquisitos que le dieron para incitar su impotencia”.[3]

Según Zurita, Fernando el Católico, que se encontraba a los 57 años sin un descendiente a quien dejar el trono de Aragón, “sufrió una grave enfermedad ocasionada por un feo potaje que la reina le hizo dar para que pudiese tener hijos. Esta enfermedad se fue agravando cada día, confirmándose en hidropesía y mal de corazón: de donde creyeron algunos que le fueron dadas yerbas”.[4] Su segunda esposa, Germana de Foix, no sólo le administraba yerbas, sino que pudo causarle la muerte por el abuso de cantárida (Lytta vesicatoria, extracto en polvo de escarabajo verde) que, en aquellos tiempos, se utilizaba como un afrodisiaco, pero que en dosis mal calculadas produce nefritis, retención de líquidos y diarreas. Las crónicas cuentan que el rey “después de holgar” con ella se empezó a encontrar indispuesto, apareciendo en él graves desarreglos físicos.

Acepten estas líneas como una simple pincelada de un tema en el que les invito a adentrarse pues sobre él existe una muy entretenida y abundante bibliografía.

Dra. María Isabel Yagüe


[1] Descritos en mi trabajo: “La ciencia médica en la Antigüedad...”, Doctori Solsona Amicorum Liber, Ateneo de Zaragoza, 2007, pp. 357-362.

[2] Gesta Ferdinandi regis Aragonum, II, V, cita textual que recojo en mi artículo: “Una extensa Historia para un breve reinado... ”, Homenaje al Profesor D. Antonio Ubieto Arteta, Zaragoza, 1989, pp. 697-716.

[3] J. Zurita, Anales de Aragón, VIII, XCI, edición digital de M. I. Yagüe y P. Rivero, 2003, en www.ifc.dpz.es.

[4] En X, LV, de su Historia del rey don Fernando el Católico, edición digital de 2005, en www.ifc.dpz.es.

El gran novelista José María de Pereda en su primer Centenario

José María de Pereda (Polanco, 1833 - Santander, 1906) fue uno de los novelistas españoles más leídos en su tiempo y altamente estimado por críticos tan exigentes como “Clarín”, sin olvidar a su admirador y joven amigo Marcelino Menéndez y Pelayo.

El mundo que representa Pereda en sus relatos cortos y en sus novelas es el de una sociedad patriarcal e idílica en la que no podía entrar el cambio histórico ni el conflicto social. Esta visión del mundo la mantuvo el escritor firmemente y lastra alguna de sus obras con un explícito discurso de una tesis que predetermina la recepción del lector. Este rasgo caracterizador de su narrativa y la tantas veces ponderada capacidad descriptiva de sus “tipos” y paisajes son los componentes que posiblemente alejen de Pereda a muchos lectores que no ven en sus novelas y cuentos la excelente capacidad de narración que las sustenta. Ciertamente, el afán polemista del montañés –por ejemplo, la réplica a la galdosiana “Gloria” (1787), en “De tal palo, tal astilla” (1880)– y su aprendizaje como escritor de “cuadros de costumbres” –“Escenas montañesas, Tipos y paisajes...”– lo sitúan en una coyuntura histórico-literaria excesivamente polarizada.

Pero su fuerza y habilidad técnica como narrador no sólo es patente en los tantas veces ponderados cuadros descriptivos de paisajes y de escenas –como se puede comprobar en “Peñas arriba” o en “Sotileza”– sino que se manifiesta en recursos propios de la pluma de un novelista de raza como son la visión de personajes en perspectivas muy determinadas o la fusión de una ficción con la estructura de nuevos géneros y formas de escritura.

Ejemplos del primer recurso son los casos de focalización de personajes vistos sólo desde fuera –es el caso del relato breve “La leva”– o construidos desde su propio monólogo interior –como evidencia el narrador-protagonista del cuento “Un joven distinguido (Visto desde sus pensamientos)”–. El mejor testimonio del segundo modo de experimentación en técnicas narrativas es el entrelazado de una patética historia de emigración con el fluir de las rápidas páginas de una crónica periodística que ofrece una de sus últimas novelas, “Pachín González” (1896).

Leonardo Romero

Catedrático de la Universidad de Zaragoza

Grandes figuras silenciadas por la historia. María Amalia Goyri

Debemos recuperar el protagonismo de aquellas mujeres que, a la sombra de sus esposos, hicieron notables aportaciones en las más variadas disciplinas, de las ciencias, las artes y las letras, para que el olvido no se adueñe más del universo femenino. María Amalia Goyri es otra gran mujer de la que la historiografía masculina no ha dejado huella.

María Amalia Goyri fue una gran filóloga (Bilbao, 1875-Madrid, 1955), esposa del insigne investigador Ramón Menéndez Pidal, con quien trabajó estrechamente durante 55 años.

Fue la primera estudiante oficial de Filosofía y Letras de la universidad española. En sus años de estudios universitarios, tenía prohibido permanecer sola en los pasillos, debía entrar a clase junto al profesor y sentarse en silla aparte, cerca de él, separada de sus compañeros.

Una vez iniciada su carrera profesional, trabajó con María de Maeztu en la fundación del Instituto-Escuela, dependiente de la Junta para la Ampliación de Estudios, creada en 1907, por nuestro Ramón y Cajal. En este Instituto se hizo cargo de los estudios de lengua y literatura españolas de segunda enseñanza, hasta 1936, año en que esta prestigiosa institución, que formaba a alumnas y alumnos venidos de toda España, dejó de existir para siempre.

Nuestra protagonista se casó en 1900 con su profesor en la Facultad, Ramón Menéndez Pidal; fue un hecho muy conocido que en su viaje de novios recorrieron la ruta del Cid, cuyo poema épico se pudo reconstruir a partir del material disperso que iban encontrando.

A la mayor de sus dos hijos pusieron el nombre de Jimena, como la esposa de Rodrigo Díaz de Vivar; estuvo casada con el eminente físico aragonés Miguel A. Catalán, investigador en el Laboratorio de investigaciones físicas, dependiente de la citada Junta.

La Filología de las últimas décadas ha elogiado la labor de don Ramón de recogida por escrito de romances viejos conservados por tradición oral, olvidando que iba siempre acompañado de su esposa, en esta ímproba tarea que ambos realizaban que les llevaba por penosos caminos, de pueblo en pueblo, de las dos Castillas.

María Amalia descubrió en 1900 en Osma (Soria) y estudió el importante Romance de la muerte del Príncipe Don Juan. Compuesto en 1497, lo escuchó cantar de una lavandera. Recordemos que las mujeres habían sido, corriendo los siglos, las principales transmisoras de toda esta literatura oral.

Entre sus otros trabajos destaca el estudio de 1909 de La difunta pleiteada, obra atribuida a Lope de Vega, de la que Goyri apunta la probabilidad de que esté basada en el hecho histórico de que, en Santo Domingo el Real, de Madrid, fuera enterrada viva, por equivocación, la mujer de don Juan de Castilla. Con Menéndez Pidal hizo, en 1916, la edición crítica de La serrana de la Vera, comedia de Vélez de Guevara. Publicaciones suyas fueron, entre otras, Don Juan Manuel y los cuentos medievales o De Lope de Vega y del Romancero. Además de la filología cultivó el periodismo didáctico, así tenemos sus “Crónicas Femeninas” en la revista Popular.

La guerra civil fue una hecatombe en la familia Menéndez Pidal-Goyri. A partir de 1939, Jimena tomó el relevo educativo de su madre, como profesora de maestras en el madrileño Colegio Estudio, mientras, María Amalia se consagraba, en exclusiva a la investigación. Mujer de sólida formación, nunca superó la pérdida de las conquistas que la mujer había alcanzado en España y que quedaron anuladas en 1936[1]. Filóloga, pedagoga, su vida fue una síntesis admirable de dignidad, capacidad de trabajo y amor a su familia, a su alumnado y a su patria.

Dra. María Isabel Yagüe


[1] Véase mi art. “Mujeres de ciencia en la España de Cajal”, de este Boletín,dic., 2002.

El cine: "La fábrica de sueños" cuatro poetas europeos

El cine me ha acompañado toda mi vida. Desde muy niño cuando me deslumbraba “la fábrica de sueños”, hasta ahora, cuando –desde hace ya muchos años– comprendí que este arte, que ha identificado con fortísima impronta al pasado siglo, podía ser eso precisamente: arte, cultura, fuente continua de enriquecimiento al mismo rango que la literatura, el teatro, las bellas artes, la música... No sólo entretenimiento y espectáculo, a la manera americana de Hollywood. Y es, justamente, en estos tiempos globalizados a lo americano, cuando hay que reivindicar las excepcionales películas europeas. Las de antes y las de ahora. Las que siempre fueron difíciles de ver y hoy, en Zaragoza, casi imposible, de no ser en la Filmoteca o en los que puedan disfrutar de la televisión digital o comprar los correspondientes DVD.

He llamado a este mini ciclo cuatro poetas del cine europeo, pero también podría haberse denominado cuatro joyas de la cinematografía europea. Su peculiaridad reside en el hecho de que jamás fueron estrenadas en las salas comerciales de Zaragoza. Eso, y el hecho de tratarse de cuatro obras maestras de excepcional belleza y calidad, a la vez que en estilos y temáticas totalmente diferentes.

MADRE E HIJO (MAT’I SYN 1997), DE ALEXANDER SOKUROV. Bellísima creación poética y pictórica de uno de los realizadores más importantes del momento: el ruso Alexander Sokurov del que nunca se ha estrenado película alguna en las salas de estreno de Zaragoza. Esta obra magistral abre el alma a la contemplación, de manera que la película se observa como una transfiguración absoluta del mundo sensible – de sus cuerpos, del paisaje, de la relación entre ambos – en el marco de la estructura espiritual del sueño.

UNA PELICULA HABLADA (UN FILM FALADO, 2003), DE MANOEL DE OLIVEIRA. El portugués Manoel de Oliveira está a punto de cumplir los 100 años y continua asombrando a los amantes del gran cine con su insobornable lucidez, su inagotable lirismo, su deslumbrante originalidad. Esta película – la más accesible de su autor y una de las mejores de su accidentada filmografía – es un prodigioso ejercicio de humor, de sensibilidad, de amor por la cultura de Occidente, llevada a cabo por un hombre de más de 90 años y que es –con permiso de Don Luis Buñuel – el mayor artista que la Península Ibérica ha dado al cine.

EL PROCESO DE JUANA DE ARCO (LE PROCÉS DE JEANNE D’ARC, 1962) DE ROBERT BRESSON (1901-1999). Reconstrucción del proceso de Juana de Arco (basado íntegramente en las transcripciones del proceso real), concerniente al encarcelamiento, interrogatorio y ejecución final a manos de los Ingleses. A pesar de su brevedad -trece largometrajes y un corto realizados en casi cinco décadas- la obra fílmica de Robert Bresson (1901-1999) es una de las más influyentes de la historia del cine. Los filmes de Bresson son reflexiones sobre la idea de lo sagrado, la fe, la incomunicación y el destino, configuradas en una poética que intenta responder la única pregunta que de verdad importa: ¿Por qué existimos?

ZARABANDA (SARABAND, 2003, DE INGMAR BERGMAN). Bergman no necesita presentación alguna. Simplemente se trata del mayor artista sueco de la segunda mitad del siglo XX y el más importante cineasta vivo del mundo. Lo asombroso es que con más de ochenta años el Maestro fuese capaz de hacer una obra como “Saraband”, film testamentario, hermosísimo, maravillosa y exacta síntesis de las obsesiones y temas que han poblado una filmografía
impresionante. Probablemente será la última obra de su autor, de una edad cercana a los noventa. En cualquier caso se trata de una de las cuatro o cinco mejores películas de su vasta producción y una obra maestra incontestable.

Estas obras se proyectan en el Colegio de Ingenieros Industriales de Aragón, en los meses de marzo a junio.

Luis Betrán Colás

Ramiro I, Rey de Aragón

Nunca sabremos la verdad acerca de si Ramiro I primer rey de Aragón era hijo natural, bastardo o legítimo del rey Sancho III el Mayor, sin embargo, trataremos de dar a conocer ciertos hechos que, hermanados con ciertas leyendas, han hecho de este rey que no se le conozca como es debido y en justicia y lo que trato de hacer es dar una respuesta al verdadero conocimiento del mismo.

Las opiniones de los historiadores las hay para todos los gustos, los más se inclinan porque fue hijo natural, otros que bastardo, y los menos que fue legítimo. ¿En qué se basa cada uno de ellos? Los historiadores serios, por ejemplo Zurita, aunque le hacen ser hijo natural, lo dejan en una incógnita; otros historiadores argumentan como verdaderas las leyendas que han copiado de documentaciones erróneas.

Jerónimo Zurita afirma que Ramiro nace de la unión de Sancho III el Mayor con la señora de Aybar, llamada doña Sancha, afirmando que este nacimiento es anterior al matrimonio del monarca pamplonés con la condesa de Castilla, doña Mayor, que otros llaman doña Elvira. Desde aquí se suscita la gran cuestión que se ha especulado con el nacimiento de Ramiro.

La rivalidad entre los descendientes d Sancho III es históricamente manifiesta por los hechos ocurridos posteriormente; luchas entre los hermanos que finalizan con la batalla de Atapuerca entre Fernando y García, muriendo en la misma el rey de Pamplona.

Como Ramiro I se pone de parte de su sobrino Sancho, hijo de García, para deslegitimar al rey de Aragón, se inventa una leyenda, procedente de Castilla que he resumido y dice lo siguiente fundamentalmente: “En una de las salidas de Pamplona, el rey Sancho III el Mayor, ordena que nadie monte su caballo preferido; el infante García, primer hijo de doña Mayor, aprovechando la ausencia de su padre, pretende hacer uso de él, prohibiéndoselo su madre. La ira del infante le lleva a acusar a su madre de adulterio, haciendo causa común el resto de los hermanos, excepto Ramiro. Esta acusación tan grave acaba condenando a doña Mayor a la hoguera. Es entonces, cuando Ramiro, que era varón noble y prudente, además de muy hábil en el manejo de las armas, dolido por la injuria de sus hermanos, se ofrece a batirse contra cualquier hombre, en defensa de la reina. Este lance caballeresco reponía el honor de la reina y quedaba en evidencia la palabra de García y sus hermanos que la habían acusado.

Si esa intervención de Ramiro hubiera sido verdad (que es mucho suponer), lo primero queme viene a la memoria es que el infame y mentiroso príncipe García no reciba ningún castigo, como tampoco el resto de sus hermanos, Fernando y Gonzalo. Ramiro, hijastro de doña Mayor, es prohijado por aquel curioso rito de meterlo y sacarlo de las faldas de su nueva madre.

Esta leyenda es totalmente absurda. El rey no castiga a los infantes; el hijastro defiende a su madrastra y, por último, nadie se presenta a batirse con Ramiro. Resumiendo, que hay una serie de despropósitos que si hoy es muy difícil de comprender, mucho más lo era en la Alta Edad Media.

Volviendo a la legitimidad o no del nacimiento de Ramiro, surgen muchas dudas. En primer lugar; Sancho III lo considera hijo legítimo y lo incluye en el testamento en igualdad de condiciones que al resto de sus hermanos. En el Archivo Histórico Nacional, el testamento dice así; “Sancho, por la gracia de Dios, rey, doy mi tierra a ti Ramiro, hijo mío, a saber, desde Matidero hasta Vadoluengo, con toda integridad. Te doy la tierra para que la tengas, hayas y poseas por todos los siglos….”

En segundo lugar, hay otro hecho significativo y muy importante; a la muerte de don Gonzalo, rey de Sobrarbe y Ribagorza, asesinado por un vasallo suyo en Lascorz, año 1043; estos dos estados pasaron a formar parte del patrimonio de Ramiro y a petición de los concejos y nobles de los dos territorios. Si Ramiro no hubiese sido hijo legítimo, los dos Estados hubieran pasado a ser patrimonio del primogénito García rey de Pamplona, sin embargo, nadie protesta por tal donación, que ha perdurado hasta hoy.

Y en tercer lugar, Ramiro, que tiene cuatro hijos legítimos y uno natural, sí hace distinciones, incluso en su testamento nombra a sus hijas, en caso de muerte de los varones para que puedan heredar el reino; instituye un sistema jurídico nuevo, llamado “El Casamiento en Casa”, de gran valor en la historia del reino de Aragón.

La pregunta ahora es la siguiente; ¿era bígamo Sancho III el Mayor? Si Ramiro nace de la anterior unión a doña Mayor de Castilla, quiere decir que en primer lugar estuvo casado con doña Sancha de Aybar y por lo tanto al repudiarla, el rey casó con la condesa de Castilla, sin tener la nulidad de su anterior matrimonio. Por lo tanto, Ramiro nunca fue hijo bastardo, ni natural, era hijo legítimo de una unión anterior que el monarca pamplonés realizó con la señora de Aybar. Ésta es mi respuesta a tan controvertida disputa sobre el origen de Ramiro I, primer rey de Aragón, Sobrarbe y Ribagorza.

D. Gonzalo Martínez Gracia

Vicepresidente del Ateneo de Zaragoza

La cólera de un hombre bueno

El reciente estreno de la película “El velo pintado” me ha invitado a releer esta hermosa novela de W. Somerset Maughan, cuya primera lectura disfruté cuando era un chaval de quince años. Hoy, como entonces, sigue conmoviéndome la historia de la casquivana Kitty, cuya ineptitud amorosa la inhabilita para querer a su marido, el prudente médico Walter, y la arroja a los brazos del calavera Charles.

Atractivo el argumento de esta obra literaria como otros muchos lances de adulterio, la historia de Kitty y Walter destaca, entre otras novelas de similar temática, por la reacción del marido que, súbitamente, descubre la infidelidad de su esposa. Asombra al lector cómo, de repente, Walter, hasta ahora un hombre sencillo, del tipo a quienes se suele ignorar en ciertos elevados círculos sociales, se metamorfosea en un exquisito diablo vengador del honor mancillado por su esposa. Así, Walter trama una sutil encerrona para forzar a Kitty a seguirle en su viaje a una región china asolada por una epidemia de cólera donde se precisa la ayuda y el consejo médico del marido ultrajado. Mucho es el riesgo de contagio, muchas las probabilidades de que Kitty enferme y muera ante la enfurecida mirada de Walter, quien, entregado en cuerpo y alma, a su labor de sanar a los enfermos hospitalizados en las dependencias de un convento de religiosas francesas, tal vez anhele el espectáculo de su esposa doliente y agonizante. Más todo ocurre de un modo muy diferente, pues, cuando la epidemia remite, Walter muere de cólera en el regazo de la arrepentida Kitty dejando escapar las siguientes palabras: “Fue el perro el que murió”, un extraño aforismo que se corresponde con el último verso de la “Elegía a la muerte de un perro rabioso” de Oliver Goldsmith.

Kitty, a quien su amigo Waddington pretende consolar aduciendo que Walter es un mártir de la ciencia y del deber, ha comprendido que su marido ha muerto porque se le había roto el corazón. Muy bien conocía el desdichado esposo que ni en su lecho de muerte había ganado el amor de Kitty, sólo su compasión y mucha pena.

La redención de Kitty comienza por la muerte de su marido, pues, como se desprende de la Elegía de Goldsmith, no es posible la curación de la mordedura de perro sufrida en la carne del hombre si antes no ha muerto el rabioso can, Walter, quien, como un loco profeta en busca de la Verdad, ha vulnerado el mandato del verso de Shelley: “No levantes el velo pintado al que quienes viven/llaman vida…”.

Muerto Walter, nadie, ni su viuda, ni su amigo Waddington, tampoco las monjas misioneras, sabrán lo descubierto por el marido engañado, por el abnegado médico, en la otra orilla de la Vida, donde un espejismo de Verdad, antes que a él, atrajo la indiscreción de otros profetas, tal vez de algún perro infectado de rabia.

Mejor que así sea, pues Walter ha querido evitar a Kitty el insoportable dolor de que, al otro lado del velo, un bondadoso espectro revelara a esta hermosa dama con qué frecuencia, con cuánta crueldad, ignoramos a quienes más nos aman.

Julio Cristellys Barrera

San José de Calasanz

Este año se conmemora el 450 aniversario del nacimiento de San José de Calasanz y en su memoria y honor se ha declarado el presente Año Jubilar Calasancio. Fue inaugurado en Peralta de la Sal y se prolongará hasta el próximo 16 de diciembre.

La larga vida de San José de Calasanz ocupa prácticamente la segunda mitad del siglo XVI y toda la primera parte del XVII. Persona abierta a la realidad circundante, recibió el impacto de las ideas y problemas que le rodeaban, y con su compromiso personal contribuyó al progreso de las ideas y a la solución de los problemas. Se puede afirmar que, junto con otros de sus contemporáneos, fue uno de los protagonistas en la transición del renacimiento a la modernidad.

Nuestro protagonista tuvo una temprana vocación sacerdotal, se ordenó el año 1583. En principio estuvo vinculado a las diócesis de Lérida y Seo de Urgel, pero en el año 1592 marchó a Roma en procura de una canongía. En principio estuvo de preceptor de nobles, pero en sus visitas al Transtévere puso ver catervas de chiquillos abandonados, sin instrucción de ninguna clase, esto conmovió su espíritu y vio que su vocación debía dedicarse a la enseñanza de los desamparados, y a ello consagró su larga vida. Murió el 25 de agosto del año 1648, a la edad de 92 años..

En 1597 fundó en el Transtévere una escuela elemental, «la primera escuela pública, popular y gratuita de Europa» lo que fue un gran logro en favor de los humildes. Propulsó, además, un programa de formación de los maestros escolapios, así como el estudio de las matemáticas según las reglas más revolucionarias e innovadoras.

Las matemáticas habían experimentado una evolución radical en el siglo XVI, del álgebra retórica se pasa a la sincopada. El papel y el lugar de esta disciplina en la enseñanza crecía constantemente, al mismo tiempo que aumenta su importancia en la mentalidad del hombre cultivado de la época, e igualmente en la del práctico, que estudia matemáticas con fines utilitarios. Esta decisión en la orientación de la enseñanza constituyó un mérito grande en aquella época, en que era una materia de la que todavía se tenía el concepto que viene reflejado en la siguiente frase:“Que muchos santos las ignoran, y los que las saben no son santos”.

Tuvo especial cariño por Zaragoza y así lo expresa en un documento de finales del siglo XVI, hológrafo de San José de Calasanz que dice:

“ Roma tuvo casi infinitos mártires que la santificaron con su sangre; tuvo no obstante muchos tiranos que la mancharon con su crueldad y tiranía. Pero Zaragoza tuvo sus casi infinitos mártires de su propia ciudad y los tiranos fueron forasteros; y así produjo mártires que la santificaron pero no tiranos que la manchasen. En lo que Roma aventaja a Zaragoza es que San Pedro y San Pablo, príncipes de los apóstoles, la santificaron con su doctrina y con su sangre y procuraron extirpar de ella la idolatría; pero no se consiguió este fin tan pronto como en Zaragoza, en donde la idolatría cesó antes que en Roma, pues fue en tiempo de Diocleciano y Maximiliano, mas en Roma fue en tiempo de Teodosio, del cual escribe San Ambrosio: “Ancondit, simulacra gentium omnes enim cultus idolurum fides ejus adcondit, omnes ceremonias obliteravit, el cual emperador era español y según afirma Prudencio, el haber triunfado Roma de los falsos dioses fue efecto de la sangre de San Lorenzo aragonés, de tal manera que Roma mandó a Zaragoza tiranos que martirizaron a sus hijos, y Zaragoza mandó a Roma al invictísimo mártir San Lorenzo que la hizo triunfar de la veneración idolátrica”.

La obra calasancia, que tituló Escuelas Pías de la Madre de Dios, pronto se extendió por todo el mundo difundiendo la divisa calasancia de: Piedad y Letras. Puso su obra bajo la advocación de María a la que tuvo una entrañable devoción, y su anagrama figura en el escudo de la orden. Así como el lema calasancio de:

Ad maius pietatis incrementum

Prof. Dr. Jesús Osácar

Los puntos sobre las jotas. Las calles de los Rosales y Valdespartera

A principios del año 2004, en el barrio de Casablanca, hoy distrito, se debía poner nombres a los viales de la urbanización Los Rosales, próxima a Montecanal. El entonces alcalde del barrio solicitó mi colaboración para seleccionar los nombres, referidos a diferentes temas.

Mis propuestas fueron varias, entre otras, un listado de aragoneses ilustres, todavía sin calle, y que hubiesen trabajado por Aragón y por España. También presenté nombres de poblaciones que tuvieran una fuerte relación con nuestra historia, aunque hoy estuvieran desaparecidas. Al final nos decantamos por nombres de compositores universales. Son los siguientes: Albéniz, Bach, Beethoven, Brahms, Chopin, Dvorak, Granados, Grieg, Haendel, Haydn, Liszy, Mendelssohn, Pachelbel, Ravel, Rodrigo, Shubert, Strauss, Tchaikovsky, Turina, Vivaldi y Wagner. Y así se pusieron en la urbanización Los Rosales; lástima que no hubiera habido más calles para poderlas dedicar a otros compositores que también lo merecían.

Más adelante, el barrio de Casablanca cambió de responsables en el servicio municipal de Información Geográfica –dependiente de Urbanismo– quienes expusieron la idea de poner nombres de películas a las calles de Valdespartera. En ese mismo momento, me retiré de la comisión, al no parecerme correcto el nuevo enfoque que se le estaba dando a la nueva urbanización.

Vale más un hecho que cien teorías, y esto viene a cuento por el poco aprecio que Aragón demuestra por sus personajes ilustres y por otros temas de verdadera importancia. Por ejemplo, Rafael Lorente de No, nacido en Zaragoza en 1902, científico de reconocida valía internacional, investigador en el campo neuronal, discípulo predilecto de Cajal, propuesto dos veces para el Premio Nobel y que no se lo dieron por no renunciar a su nacionalidad española, no tiene calle.

Otro ejemplo es el de Los almogávares, guerreros que tanto contribuyeron al engrandecimiento del Reino y Corona de Aragón. No tienen calle en Zaragoza (sí la tienen en dos localidades de Aragón: Daroca y Tauste). Estos famosos guerreros procedían principalmente del Alto Aragón y de los condados ultrapirenaicos feudatarios del reino de Aragón.

Con respecto a las calles de Valdespartera, mi parecer es que ha sido un error asignar nombres de películas a estos viales. Comprendería, aunque no compartiría, que se hubieran puesto nombres de directores, guionistas, actores, productores etc., verdaderos artífices de las mismas. Ellos son los que verdaderamente tendrían todo el mérito.

Los nombres de las calles Atraco a las tres, Con faldas y a lo loco, King Kong, me parecen un puro chiste y éstos y las risas deben quedar para las fiestas, pero cualquier tema relacionado con la inmortal ciudad de Zaragoza debe tomarse con más respeto y, sobre todo, con más seriedad.

Gonzalo Martínez

Vicepresidente del Ateneo de Zaragoza

Grandes figuras silenciadas por la historia. Marie Anne Lavoisier

Si observamos la corriente principal de la transmisión histórica podemos comprobar que, en líneas generales, sólo han sido reconocidas las mujeres que han desempeñado papeles masculinos: las reinas con poder político, las heroínas o las mártires. El confinamiento en el hogar y la naturaleza de las tareas que tradicionalmente han sido asignadas como propias de las mujeres han supuesto que nuestra actividad –y aún sigue ocurriendo– no tenga ningún peso. Ya Virginia Wolf, en «Una habitación propia» (1929), escribía: «porque todas las cenas están cocinadas, todos los platos y tazas lavadas; los niños han sido enviados a la escuela y se han abierto camino en el mundo. Nada queda de todo ello. Todo se ha desvanecido. Ni las biografías ni los libros de Historia lo mencionan».

Este pasar por el mundo sin dejar ningún recuerdo no es exclusivo de mujeres de vida anónima, también aquellas que desempeñaron papeles considerados relevantes han sido minimizadas en las crónicas eruditas. ¿Cuántos nombres recordamos de las 34 mujeres que han recibido el premio Nobel? Los de Marie Curie, Teresa de Calcuta y alguno más.

En la tertulia de médicos humanistas del Ateneo, se ha hablado mucho de los matrimonios Curie y Joliot-Curie (y de sus premios Nobel en Física y Química), mas tenemos que recordar que Marie y su hija Irène no han sido las únicas mujeres casadas que han trabajado codo con codo con sus esposos, en un nivel de total igualdad, compartiendo un despacho, un laboratorio o un taller. Ha habido otros muchos casos, sin embargo, la historia, que ha sido escrita hasta ahora por los hombres, únicamente ha resaltado la figura del marido, ocultando la de la esposa hasta hacerla totalmente inexistente.

Así ha sucedido con Catherine Descartes (1627-1706) o con Gabrielle-Emile de Châtelet (1706-1749) que fue una profunda conocedora de las lenguas clásicas y de las ciencias naturales; junto a Voltaire, alcanzaron gran importancia sus comentarios sobre Leibnitz («Institut de Physique») y su traducción de los «Principia» de Newton. En este mismo siglo de la Ilustración, trabajó de manera incansable Marie Anne Lavoisier (1758-1836), esposa de Antoine-Laurent Lavoisier. Ambos representan el nacimiento de la industria química, gracias a sus experimentaciones relativas a las cales metálicas, al papel del oxígeno en las combustiones vivas y en la formación de los ácidos: consiguieron demostrar, entre otras cosas, que los ácidos sulfúrico y fosfórico resultaban de la unión del azufre y del fósforo con el oxígeno y sus pesos eran los mismos que los de sus componentes. También fue fundamental su colaboración en los experimentos relativos a la pólvora, hecha con clorato de potasio, experimentos que les trajeron serios problemas para su integridad física.

El matrimonio atendía en su casa de París a los científicos que les visitaban de los más diferentes países. Marie Anne investigaba y consultaba los libros de su nutrida biblioteca en la búsqueda de datos. Hoy se conservan todas sus anotaciones. Fue la ilustradora de la obra de su esposo, «Tratado elemental de química» (1789) y con gran maestría realizaba gráficos y dibujos sobre los experimentos realizados en su laboratorio –fue discípula aventajada del gran pintor Jacques-Louis David. Tradujo al francés para ella y su esposo obras de los químicos Priestley, Cavendish y Kirwan. De este último el importante ensayo «Tratado sobre el Flogisto» (1777). Después de quedarse viuda, publicó dos volúmenes con sus memorias. Más adelante, presentaré otras figuras silenciadas por la historia, más próximas en el espacio y en el tiempo.

Dra. María Isabel Yagüe

Jerusalén

La impresión que produce la ciudad santa al visitante, en cuanto descubre el perfil de sus murallas, depende de la particular perspectiva que adopte ante ella el ánimo cansado, ferviente o meramente curioso, del viajero. Jerusalén es la ciudad santa de las tres religiones más importantes del mundo. Es la ciudad que ha sido destruida diecisiete veces y nuevamente ha sido reconstruida, lo que quiere decir la cantidad de civilizaciones que han puesto su granito de arena en la misma.

Empezaré por describir “la Mezquita de Omar o la Cúpula de la Roca” (Qubbet es Sakhra). La cúpula se puede ver desde cualquier punto de Jerusalén. Es la más antigua y el más importante ejemplar representativo del Islam, con mezcla de arte persa y bizantino; sus arquitectos fueron cristianos. Su nombre propio es el de “Cúpula de la Roca”, aunque se la conozca por mezquita de Omar. Fue edificada por Abd el Malik (685-691).

Otro de los sitios verdaderamente representativos de Jerusalén es el Muro de las Lamentaciones. El mundo hebreo ha revitalizado las enormes piedras que cimentaron el antiguo y esplendoroso templo de Salomón, convirtiéndolas en retablo al aire libre de fe y dolorida añoranza.

Con ocasión de la guerra de los seis días (1967) fue derruido todo el barrio mogrevino, a fin de que el Muro de Las Lamentaciones campeara libre de toda obstrucción, ante una gran explanada.

Por último, el peregrino que visita el Calvario y Santo Sepulcro queda bastante desconcertado, ya que está dentro de las murallas, oprimido en un barrio estrecho de casas apiñadas y callejuelas angostas, muy cerca del zoco. En la Basílica del Santo Sepulcro el peregrino o visitante encontrará, primero, incomodidades y falta de ambientación religiosa en su visita; división de los grupos cristianos copropietarios del templo y sus liturgias particulares y, a veces, aparente confusión por la incidental coincidencia cultural y, por fin, la evidente amalgama de estilos arquitectónicos.

Últimamente los trabajos arqueológicos comenzados por el Padre Virgilio Corbo, el mismo año del inicio de la restauración de la Basílica (1960) y que él termina en 1980, dan las siguientes conclusiones.

Son enormes las vicisitudes que ha pasado el lugar del Santo Sepulcro. A pesar de ser incluido dentro de la ciudad por la muralla de Agripa (41-44 d.C.), los primeros cristianos siguieron frecuentándolo hasta el 135. Hasta que el emperador Adriano lo sepultó bajo el terraplén de los edificios del Capitolio. Adriano colocó una estatua de Júpiter, sobre el lugar de la Resurrección, y sobre la roca del calvario, una estatua de Afrodita.

Después del Cocilio de Nicea (325), por orden de Constantino el Grande a instancias de su madre Santa Elena y del patriarca Macario, los grandes arquitectos del imperio, Eustaquio y Zenobi, desmantelaron el Capitolio y salieron a la luz el Gólgota-Calvario y la tumba vacía de Jesús.

La actual Basílica del Santo Sepulcro es básicamente la construida por los cruzados. Comparten su propiedad tres comunidades cristianas: griegos-ortodoxos, latinos o católicos y armenios ortodoxos, los coptos y sirios también tienen lugares de culto. Despojados los franciscanos en 1757 de la propiedad de la Basílica, ésta y los horarios de culto quedan regulados por el statu quo decretado por las autoridades turcas en 1852, según el cual, nada puede ser cambiado o renovado. La restauración iniciada en 1960, pretende consolidar la antigua belleza, corriendo con todos los gastos los PP.Franciscanos. Los trabajos arqueológicos en Jerusalén no son esporádicos, antes bien, son continuos, no solamente por las autoridades judías, sino también por los cristianos, sobre todo los trabajos hechos por los Padres Franciscanos, verdaderos guardianes de los Santos Lugares.

Gonzalo Martínez

Vicepresidente del Ateneo de Zaragoza

David, un rapsoda de mi ciudad

Esta mañana de Reyes, junto a mi zapato, viejo, muy desgastado, encuentro un libro, qué esmerada es su encuadernación, no menos elegante es su portada. El título, “En otra parte”. Su autor, David Mayor, un joven zaragozano. El alboroto de mi mujer, de mis hijos, al desenvolver sus regalos, acompañan mi lectura del poemario, de sus primeros versos, “Agua Sucia”, ese anhelo del artista: “Quisiera conseguir algo valioso:/a mí mismo aunque fuese diciendo no”, pues el poeta, peligrosamente inclinado en el “Antepecho de la ventana”, sabe que “un escritor es una contradicción y un sinsentido y te volverás a sentar justo en el mismo sitio que ahora, en otra parte.”

Si otro bardo porfió por “…palabras que fuesen a un tiempo/Suspiros y risas, colores y notas.”, David rastrea la inspiración, descubre su belleza, “Autour de ma chambre” porque “…,yo quisiera tener el don de la ubicuidad y un poco siniestra la voz…Pero, de momento, mi biografía se queda aquí: alrededor de otra parte.” Y, en ese otro lugar, adonde me ha traído el vate, no nos resta sino la “Espera”, hasta ese instante en que “Entra por la ventana una pequeña calma/que apenas llena/los márgenes de esta cuartilla donde escribes: La experiencia es el recuerdo de todos los fracasos.” Pero, David, eres muy joven para acumular reveses, ¿no será tu “Educación sentimental”? porque me has confiado: “…,mi biografía se inventa como los recuerdos asisten ausentes”. David, es tu exploración por el envés de tu memoria una ruta hacia “El muelle”, donde, allí, frente al mar, tropezaste con quien “aún elegante. Tenía impresa la tristeza típica/de los que se van sin haberlo querido, los ojos/enrojecidos, el sabor de la sal en las entrañas.” Pero, amigo mío, es su penitencia, te dice una mujer, “Lleva un vestido de flores rojas, el pelo negro recogido en un moño” y su mano estruja un pasaje para “Helsinki”, pues te cuenta: “Él contesta que nunca hace planes,/que se baja en Gregorio Marañón,/que le acompañe si quiere.” David, hay un lugar ideal,“La Sala Mercantil”, al que, de encontrarlo, invitarías a tu amiga,“Y escucharíamos música negra/y nos beberíamos los lagrimales/si estuviera en la sala Mercantil ahora.” Más ella,“La mirada suspendida”, te abandona, “Preferible sería el silencio/pero gustas de mirar con ojos suspendidos/como el humo.”, desengañada por un proverbio de tu “Manual”: “Acaso sólo responda la sorpresa/del tacto, la metáfora inexplicable de la piel.” En su fuga la azota el “Cierzo” y, David, cuando el aire lame tu rostro, exclamas ante mí, tu camarada: “Perecedero es el viento, dicen/quienes no han visto postales movidas/ni rostros fríos, los despojos que se lleva.” David, adiós te digo, ahí tienes el coche “Z-1972-BC (Epílogo)”, ¿no naciste un día del año 1.972?... Por ello, a tu vuelta, me confesarás tu pasión por “ocultarme/en las perseidas de agosto,/hacia el invierno de los sitios nuevos,/hacia otra parte.”

David, los Magos de Oriente no me regalaron tus versos, tampoco mi mujer, ni mis hijos. Es su consejo que pregunte “En otra parte”.

Julio Cristellys Barrera

Segundo Centenario de Juan Crisóstomo de Arriaga, el Mozart español

Este año se produce la curiosa coincidencia de dos celebraciones, los doscientos cincuenta años del nacimiento del genial W. A. Mozart y los doscientos del natalicio de Juan Crisóstomo de Arriaga. Ambos tienen en común, salvando todas las distancias en sus biografías y destinos vitales, que son compositores precoces y de gran facilidad creadora, así como, su muerte en plena juventud y plena efervescencia creadora, amen de los hechos de venir al mundo el mismo día del mismo mes y de ser inhumados en una fosa común.

Voy a recordar aquí, por estar más próximo a nosotros, al músico conocido como el “Mozart español” que vivió en la primera época del romanticismo europeo, del que Beethoven será su protagonista.

Juan Crisóstomo de Arriaga y Balzola nació en Bilbao, el 27 de enero de 1806. Se inició en la composición de la mano de su padre y a la edad de dieciséis años había creado varias obras instrumentales (“Tema y Ocho variaciones” y “Obertura” para orquesta, localizada un siglo después, entre el papel para envolver en la tienda de sus padres) y la ópera “Los esclavos felices” (1820), de unos catorce números, estrenada con gran éxito en Bilbao. La familia de Arriaga buscaba respaldo económico para que el niño precoz pudiera ampliar sus conocimientos en Madrid o París. Se conservan cartas del padre dirigidas a músicos de prestigio de la capital de España o a alguna figura de la ópera de París, en las que les habla de su hijo como promesa de la música. Todos le contestaron dándole la enhorabuena, pero ninguno quiso hacerse cargo de su formación.

En septiembre de 1821, se matriculó en el Conservatorio de la capital parisina, donde asistía a unas aulas como alumno, entre otros de Luigi Cherubini, y a otras como profesor auxiliar de contrapunto, actividad que le procuró una notable reputación.

En sus años de estancia en París, escribió las obras que le dieron más fama. Entre las instrumentales, “Estudios y Caprichos”. Entre las vocales, “O salutatis”, “Misa” a cuatro voces, “Salve regina”, y la obra vocal-instrumental “Stabat mater”. Compuso varias arias y romanzas de carácter profano, al gusto francés, tituladas “Edipo”, Medea”, Herminia” y “Agar”. Le dieron prestigio, después de su muerte, sus tres “Cuartetos de cuerda”, en los que se aprecia la influencia del compositor austriaco Joseph Haydn, considerados por los entendidos como piezas maestras. Por último, su “Sinfonía en re” para gran orquesta es tenida como lo más acabado y bello que un compositor nacido en España ha aportado al clasicismo europeo. Toda esta producción influyó en autores franceses de la época e hizo que, con ella, Arriaga se convirtiera en un avanzado iniciador de corrientes musicales desconocidas hasta entonces en España.

Las penosas condiciones económicas que tuvo que soportar en París, debidas a que su padre sufrió varias quiebras en sus negocios, unidas a la frágil salud del compositor, llevaron a que éste muriera de tuberculosis, pocos días antes de cumplir los 20 años, el 17 de enero de 1826. En el registro del cementerio de Montmartre, se lee: “El cuerpo del señor Juan Arriaga, de veinte años de edad, ha sido inhumado el 17 de enero de 1826... y colocado en una fosa común”.

La “Comisión permanente Arriaga”, creada en 1887, por su sobrino nieto Emiliano de Arriaga tiene el mérito de haber conseguido, desde entonces, que en Bilbao lleven el nombre de nuestro músico el teatro municipal, una plaza, un museo, el conservatorio superior y un buen número de agrupaciones musicales, pero sobre todo ha logrado situar a este compositor en el lugar que se merece, dentro del caudal de compositores españoles.

Dra. María Isabel Yagüe

Zaida

Al amparo de la caída de las primeras hojas en nuestros parques, disfruté con la lectura de "Doña Jimena", novela surgida de la pluma de nuestra conciudadana Magdalena Lasala, una singular escritora que, en el festivo ambiente de la última Feria del Libro de nuestra ciudad, nos presentó su reciente obra: "Zaida. La pasión del rey", una hermosa historia que, a modo de una de las planchas de un díptico medieval, cierra el ciclo iniciado con su anterior trabajo.

La autora ha estructurado su narración en nueve partes, cada una de ellas correspondiendo a una de las nueve estrellas que, dibujando una agorera constelación, alumbran el nacimiento de esta bella princesa omeya. Y será el trazo de la estela de cada uno de esos inquietantes astros, ora en el firmamento andalusí, ora en el cielo cristiano, quien nos confíe, ya por boca de la nodriza Yanná, ya de los labios de la propia Zaida, la vida, los secretos y los sentimientos de esta preciosa mahometana que se me antoja la encarnación del espléndido misterio de la Feminidad como hontanar de placer, como manantial de vida.

Mas Zaida es también el símbolo de la radiante decadencia del elíseo andalusí, de continuo amenazado por el fanatismo de los almorávides y por la intolerancia de la nueva ortodoxia cristiana impuesta desde Cluny y personificada por Constanza, esposa de Alfonso VI, y por su séquito de nobles borgoñones.

Y si fascinante es la arrebatada historia de amor vivida por el monarca Alfonso "El Bravo" con su, primero concubina, después legítima esposa, la princesa Zaida, no menos apasionante es para el lector la aplastante actualidad de la crónica de esos años de la historia de España, cuando las ansias de poder de una y de otra facción, siempre combatiendo para la mayor gloria de Dios, pusieron fin a la, hasta entonces, pacífica y placentera convivencia de los hispanos ya fuere su credo el cristiano, el musulmán o el hebreo.

Zaida, cual la heroína de una tragedia de Eurípides, se sabe llamada a un funesto destino escrito en los renglones del cielo y susurrado en sus atroces pesadillas, siempre corroboradas por las profecías de las ancianas adivinas de su gineceo. Así es, pues los hados se mofan de esta cautivadora hembra colmándola de dicha en la Huerta del Rey, un edén toledano testigo de sus insaciables encuentros amorosos con Alfonso, un vergel donde alumbra al infante Sancho, para, después, cuando ya es viejo y enfermo su amado, forzarla a contemplar la devastación de ese Jardín de las Delicias en cuyas florestas han holgado las gentes de una y otra religión.

Su hijo, el hermoso y mestizo infante Sancho había sido destinado a ceñir la corona del buen rey de los pueblos de diferentes razas. No pudo ser, ya que Dios, distraído con el aullido de las rabiosas preces de los guerreros de

las huestes de las tribus enemigas, no escuchó el canto de los rapsodas del palacio de la princesa. Tal vez el fatal sino de Zaida fuera el castigo a su plegaria, una dulce oración elevada a un dios cuyo paraíso se encuentra lejos de los campos de batalla.

Julio Cristellys Barrera

Jacinto Benavente. El artista que desnuda el alma humana

De una manera muy discreta se está celebrando en España el cincuentenario del fallecimiento de Jacinto Benavente (Madrid, 1866–1954), premio Nobel de literatura en 1922.

Este autor, que publicó un número ingente de artículos en la prensa diaria –en mi último estudio he recogido 558 títulos–, y que estrenó 133 piezas teatrales, hubiera pasado igualmente a la Historia del teatro si únicamente hubiera escrito Los intereses creados (1907) y La Malquerida (1913), sus obras maestras. Ambas rompían los esquemas de su teatro habitual y, por ello, su autor no tenía claro, cuando las compuso, si iban a ser bien acogidas por su público más acostumbrado a temas elegantes, con personajes de doble moral, vestidos de etiqueta.

Por su argumento, el drama rural de La Malquerida produjo un mayor impacto, debido también a la excepcionalidad interpretativa de María Guerrero que representó el papel protagonista de una mujer, Raimunda, que, al estar profundamente enamorada de su segundo marido, no se da cuenta del amor existente entre éste y su propia hija.
El mismo Fernando Díaz de Mendoza, esposo de la Guerrero, protagonista masculino, advirtió del riesgo de esta obra, por su crudeza y dramatismo, pero el viernes 12 de diciembre de 1913 se estrenó, en el Teatro de la Princesa, con tal éxito que todo el público, al caer el telón, puesto en pie aplaudió y lanzó vivas a autor y actores, durante veinte minutos.

Felicitaron a Benavente, entre otros políticos y personajes importantes de la vida social y artística, el presidente Eduardo Dato y el ministro de la Gobernación, José Sánchez Guerra. El primero le comunicó que en el consejo de ministros, celebrado esa misma mañana, se había concedido el indulto a Lacambra, maestro de escuela, inocente, al parecer, del delito por el que se le había condenado, y por cuyo perdón habían firmado, junto a Benavente, los artistas Bretón, Benlliure y Zuloaga.
En el mismo momento en que Dato le transmitió la decisión gubernamental, Benavente le respondió: –Lo que Usted me dice me satisface más que los aplausos de esta noche.
La Malquerida, con raíces en la tragedia griega, saltó fronteras y fue traducida a doce idiomas y representada en teatros de toda Europa y América –como sucedió con Los intereses creados–. Por ejemplo, en EE.UU., se estrenó en 1920 con el título The passion flower, en 1923 llevaba setecientas cincuenta representaciones en distintos estados; sólo en el Belmont Theater de Nueva York, alcanzó las doscientas ochenta funciones. En 1921, Herbert Brenon la llevó al cine, con el mismo título, protagonizada por Norma Talmadge.

Recordemos que, de la obra teatral de don Jacinto, se rodaron veintiuna películas, algunas en el seno de su productora Films Benavente, que tenía a Benito Perojo como principal director. Basadas en La Malquerida, se estrenaron tres películas en español. En ellas, se entona la copla tan popular:


“El que quiera a la del Soto,
tié pena de la vida.
Por quererla quien la quiere
le dicen la Malquerida”.

Dra. María Isabel Yagüe

Misceláneas de un viaje

¡Bienvenidos al nuevo curso del foro ateneísta¡, y mientras se van preparando las actividades culturales de este nuevo curso, les describo mis bellas vacaciones estivales realizadas a través del antiguo territorio imperial austro-húngaro.

Son países que disfrutan de unos paisajes boscosos y unas masas arbóreas que invitan al paseo, por esos caminos entre tanto arbolado, que nos produce una gran envidia sana al recordar nuestro “secarral” de zonas como los Monegros y otros lugares aragoneses muy ralos en todo tipo de arbolado; además, sus ciudades está adornadas con un gran número de jardines coloristas, de una flora lúcida y sin ningún atisbo de hojas secas y muertas

La señorial Viena me recibió con una lluvia casi torrencial que no disminuyó ni siquiera para rendir homenaje al Papa Benedicto XVI, que la visitaba ese mismo día; el ambiente era muy frío, no sé si debido a la inclemencia del tiempo pues, a pesar de que Austria es un país con un índice bastante alto de católicos, se observaba muy poca gente en las calles para dar la bienvenida al Santo Padre.

Durante la visita al templo operístico de Viena, se podía ver el crespón negro que ondeaba en ese precioso edificio -que data de 1869 dentro de un estilo Renacimiento temprano-, por el luctuoso fallecimiento del gran tenor Luciano Pavarotti. Una pérdida importantísima para el bel canto, por su cálida voz, su sonoridad canora, habiendo llegado a interpretar hasta 33 personajes distintos en todos los teatros de más solera operística, además de su gran simpatía y amplia sonrisa; será muy difícil reemplazarlo. (Como anécdota se sabe que su padre, tenor de menor calidad, le puso como meta que si a los 30 años no triunfaba le obligaba a dejar el canto, y ya lo creo que triunfó).

También fue emocionante poder disfrutar de una exposición sobre el compositor Mahler, que fue director de esa casa y, asimismo, contemplar el busto hermoso ¡y con ese aire gallardo! de Herbert von Karajan, mi imaginación volaba viéndole actuar con su enérgica batuta.

Seguramente conocerán que la Staatsoper, nombre genérico de la Ópera Nacional (ya que no tiene una denominación propia) dispone de una capacidad para programar hasta tres óperas distintas en una misma semana, para lo cual se desplazan unos grandes contenedores con los atrezzos correspondientes cada día, porque su escenario dispone de seis plataformas giratorias y así en una estancia de seis días se puede disfrutar, como digo, de tres óperas distintas (a ese ritmo supongo que los ensayos serán muy escasos).

Ahora bien, el llamado “palco imperial” ha perdido todo resto de esa época, es un palco sencillo sin más, no tiene la elegancia y hermosura del palco real madrileño, así como la sala propiamente dicha, no se le puede achacar que sea hermosa como lo puede ser la del Liceo barcelonés; sin embargo, el edificio está exento de cualquier aditamento aledaño y ello le proporciona una gran belleza exterior, al igual que la majestuosidad de la escalinata principal, y ¡oh sorpresa!, si Vd. desea charlar, descansar o hablar de negocios de una forma privada durante los intermedios, puede alquilar la salita de té (no recuerdo a cuántos miles de euros asciende dicho alquiler).

Y ya después de alejarme de la elegante Viena, no sin antes haber escuchado un concierto con obras de Mozart, Strauss, etc., y tomar el preceptivo café vienés en la cafetería Mozart (detrás de la ópera), me desplacé a Praga.

De nuevo otra maravilla de ciudad, más recóndita, más sensorial, sin la ampulosidad vienesa, pero es una joya.

Así, pues, una vez empapada del ambiente kafkiano de la ciudad, escuché la misa dominical en la iglesia de Nuestra Señora de Týn (también se recordó al gran Pavarotti) y como curiosidad se cuenta que, en la época en que la familia Kafka vivía en la casa de los Tres Reyes, adyacente a Nuestra Señora de Týn (602, calle Celetná), Franz podía observar lo que ocurría en la iglesia desde una pequeña ventana que daba al muro sur de la iglesia; también vivió en el n.º 22 de la calle del Oro, en el barrio del Castillo.

Y así fueron discurriendo mis paseos, en los que, a través de calles pletóricas de hermosos edificios, me fui encontrando con el teatro donde estrenó Mozart “Las bodas de Fígaro”, o con el art nouveau del museo de Alphonse Mucha o la Casa Municipal también decorada por él, o una de las más hermosas vidrieras (realizada por Mucha) de la catedral de San Vito en el mencionado barrio del Castillo, o la sinagoga llamada espalda, por el estilo constructivo español.

Manuela Bosque

M.ª del Carmen Iglesias, Josefina Gómez y el diccionario biográfico español

En la Real Academia de la Historia ha concluido en estas fechas la elaboración del Diccionario Biográfico Español en el que han participado 5.500 biógrafos, españoles y extranjeros (principalmente hispanistas). Antes de que finalice 2009, se iniciará su publicación en 50 tomos de unas 800 páginas cada uno, gracias al mecenazgo de la Fundación Marcelino Botín. Ahora van a aparecer los seis primeros volúmenes y en un plazo de unos dos años se imprimirán los 44 tomos restantes.

Un ingente trabajo que, desde 1999, ha sido responsabilidad de un buen número de miembros de la Academia de la Historia de España que han contado con el apoyo económico del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte que ha aportado 4,8 millones de euros. En los 50 tomos se ha recogido la vida y obra de unas 40.000 personalidades, de todas las épocas de nuestra historia, que han destacado en algún ámbito de las artes, las ciencias, la política, el deporte, etc.

Quintín Aldea Vaquero, catedrático de Historia Moderna y Contemporánea de la Iglesia en la Universidad de Comillas y autor del gran Diccionario de Historia Eclesiástica de España, ha sido el director de la obra que nos ocupa. Formó las comisiones de Ciencias Económicas, Sociales y Políticas, de Letras y Humanidades, de Arte y Música, de Historia Política y Administración y de Espectáculos (acabamos de saber que don Quintín sufrió a fines de 2008 un derrame cerebral que le ha dejado inmóvil aunque consciente) y puso al frente de ellas a los historiadores Eloy Benito Ruano, José Manuel Pita Andrade y M.ª del Carmen Iglesias Cano.

Esta última ha presidido tres de estas cinco comisiones. En cada una, Iglesias ha tenido que seleccionar los personajes a biografiar, así como decidir la extensión del texto que se debía dedicar a cada uno y quién había de ser el biógrafo. En mi artículo del pasado mes de marzo, donde hablé de la filóloga Inés Fernández-Ordóñez, ya mencioné que Iglesias tenía, entre otros méritos, ser Catedrática de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Complutense, autora de libros sobre Rousseau, Montesquieu, Comte, la Ilustración o los nacionalismos, y preceptora de SM el Príncipe Felipe.

Otra académica de un notable trabajo en la elaboración de este Diccionario es Josefina Gómez Mendoza, integrante de la comisión de Letras y Humanidades. Su labor profesional no es menor: Catedrática de Análisis Geográfico Regional de la Universidad Autónoma de Madrid, Rectora de esta Universidad (1984-1985), Consejera de Estado (electiva), Presidenta de la Asociación de Geógrafos Españoles (1993-1997), Presidenta del Jurado del Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” y autora de docenas de libros y artículos en revistas especializadas.

Esta monumental obra se podrá consultar íntegra en Internet a partir de 2010 (www.rah.es). Gracias a ella podremos enriquecer nuestro conocimiento de todos aquellos españoles y españolas que han contribuido al progreso de nuestro país y que han formado y forman parte de nuestra Historia.

Dra. María Isabel Yagüe

VII Centenario de la adscripción al feudo del obispado de Zaragoza

Con motivo de la celebración, durante el año en curso, de este VII centenario, con la adscripción de las villas de Beceite, Fuentesplada, Mazaleón, Torre del Compte y Valderrobres al obispado de Zaragoza, varios socios del Ateneo realizamos una visita, en primer lugar, a la villa de Valderrobres, para rememorar el homenaje que nuestro Ateneo llevó a cabo, creo recordar en 1997, con la colocación de una placa en la casa natal de Elvira de Hidalgo, profesora de canto y amiga personal de la mezzo-soprano María Callas (mantuvieron correspondencia hasta el inesperado fallecimiento de esta última en París).

Posteriormente, nos trasladamos a Torre del Compte; de ésta sabemos que por su situación estratégica, el rey Alfonso II, en el último tercio del s. XII, se reservó para sí la heredad que posteriormente sería Torre del Compte, excluyéndola de la cesión que hizo del territorio de Valderrobres y Fuentespalda al Arzobispo de Zaragoza. Esta situación se mantuvo hasta la cesión, por parte del rey Jaime II, al obispado zaragozano en 1307 (efemérides que se conmemora). Por tal motivo, no faltaron los conflictos entre Valderrobres y Torre del Compte hasta el s. XVI. Así, no resulta casual que, en 1504, con el fin de preservar sus derechos, la pequeña villa se dotara de unos tempranos estatutos, también llamados Ordinaciones, que estuvieron vigentes hasta 1834.

Así pues, siguiendo con el relato, Alfonso II, entre los años 1165 y 1170, dio un importante impulso a la Reconquista ocupando para el reino de Aragón, entre otros, los territorios de Mazaleón, Valderrobres, Beceite, Gandesa, Horta de San Juan y la zona costera entre Tortosa y Vinaroz, consiguiendo que el reino tuviera una salida al mar, luego anulada por Jaime el Conquistador a favor de Cataluña.

Tras su reconquista, el rey quiso implicar a determinados grupos en su defensa, concediendo la mayor parte de los territorios a la Orden de Calatrava, pero desgajando la Peña de Aznar Laganya (Valderrobres, Fuentespalda y el desaparecido Mezquín) y el T.M. de Mazaleón del territorio concedido a Alcañiz en 1157 y dejándolos en manos del obispo de Zaragoza, don Pedro Torroja, el día 24 de julio de 1175, con la misión de repoblar y defender estas tierras.

Pocos días después, el 29 de julio, por la necesidad de mantener la figura de un representante de la autoridad en la zona, los territorios, a su vez, fueron subendeudados a Fortún Roberto, estableciéndose el acuerdo de que éste debería ayudar con sus ejércitos a su señor, el obispo de Zaragoza, cuando así lo requiriera y, en contrapartida, recibía (en depósito) estas tierras para repoblarlas, defenderlas y explotarlas. Eso sí, el obispado se reservaba la potestad de recuperarlas en determinadas circunstancias.

A partir de ese momento, las personas y las tierras de la Peña de Aznar Laganya quedaron vinculadas a Fortún Roberto y sus sucesores, a la familia Fréscano y luego a los Oteyza. Pero con Pedro López de Oteyza se agotó la dinastía al morir sin hijos en 1305, motivo por el que, por su expreso deseo, estos territorios volvieron al poder del obispo de Zaragoza, no sin un litigio con el rey, hasta su solución definitiva, el 26 de junio de 1307, con una concordia que establecía el reconocimiento por parte del rey de Aragón, Jaime II, de la propiedad de estas tierras para el obispado al que quedaron vinculadas civil y religiosamente durante los 500 años que van desde la adscripción definitiva hasta la creación del Estado moderno en los albores del siglo XIX.

Y nosotros volveremos en junio, fecha de la conmemoración oficial, para disfrutar de nuevo de un paisaje lleno de tonalidades verdosas, ocres y azuladas según esta época del año.

Manuela Bosque

Linda y Polly

Tengo afición por olvidados escritores cuyas obras hoy se apolillan en las librerías de lance, aunque, por fortuna y a veces, brota una reedición de sus obras, viejas pero frescas, tal como la reciente publicación de dos novelas de la inglesa Nancy Mitford: “A la caza del amor” y “Amor en clima frío”, magníficas obras de una no menos magnífica escritora, aristócrata y primogénita de los seis hijos –un muchacho y cinco chicas- del barón de Redesdale, cuya excéntrica familia es descrita en las páginas iniciales de la primera de esas novelas.

Ambos libros, aunque independientes en su trama, son el uno continuación del otro, si bien la historia escrita en la segunda novela se antepone en el tiempo a la narrada en la primera. Es Linda el personaje central de A la caza del amor y es Polly la protagonista de Amor en clima frío, siendo la narradora de las dos obras, Fanny, prima de aquélla y muy buena amiga de esta última. Linda, una de las hijas del estrambótico Lord Matthew, vive obsesionada por conocer el amor, una ofuscación que le llevará de los brazos de su primer marido, un patricio como ella, al lecho de un esposo comunista con quien compartirá aventuras en nuestra guerra civil, acabando en París como mantenida de un noble francés – el único al que de veras ama-, una pasión que le costará la vida. Por el contrario, Polly, unigénita de lord y lady Montdore, bellísima, es una joven naturalmente incapaz para el amor, cuando menos, tal y como se entiende el enamoramiento en una chica de su edad, pues le asombra, a su regreso de la India, la cháchara femenina sobre el galanteo, no entendiendo la muchacha que en un clima frío exista la misma inquietud que en un país cálido, y es que esta singular doncella siente debilidad por los hombres viejos.

Fanny, la voz de ambas historias, es una joven no muy atractiva, hija de unos padres frívolos –la madre es conocida como la Desbocada-, de cuya educación se ocupa su tía Emily, y que se casará con Alfred, un profesor de Oxford.

Una y otra historia, no exentas de una pizca de tragedia o de amargura, son contadas con la ironía de Jane Austen y el humor de Evelyn Waugh, surgiendo junto a las tres protagonistas unos personajes secundarios que aderezan la obra con muy, pero que muy, sabrosos episodios. A la memoria me vienen el hipocondríaco Davey, el afeminado Cedric y la egoísta Lady Montdore.

No dudo que estas novelas son autobiográficas, mas la autora, implacable en su retrato de la licenciosa y estrafalaria nobleza británica, no esconde su apego por un mundo al que pertenece y del que no reniega, pues Fanny, feliz en su casita de Oxford, lejos del brillo de la temporada londinense, no añora los saraos de los exclusivos salones de sus amigos pero se complace con las nuevas de la alocada Linda y de la desconcertante Polly, tanto las quiere…

Nancy Mitford, sirviéndose de la voz de la sensata Fanny, nos brinda la crónica de los usos de la aristocracia anglosajona del período de entreguerras, un mundo desaparecido aunque todavía cercano a nuestra época, donde la distinción y las buenas formas desdibujaban los pecados de una alta sociedad corrompida pero estricta en la observancia de su lema: “La hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud”.

Julio Cristellys Barrera

El Ateneo de Zaragoza visita Grecia

Un reducido número de socios de nuestro Ateneo nos desplazamos, el pasado mes de junio, a Grecia para visitar Atenas, que debería considerarse como la capital histórica de Europa. La culminación de su larga y fascinante historia llegó en el siglo V a.C. (siglo de Oro de Pericles) cuando sus valores y su civilización se hicieron universales. El pensamiento político, el teatro, las artes, la filosofía, las ciencias, la arquitectura y tantos otros aspectos del pensamiento llegaron a su épico apogeo, en una coincidencia temporal y con una plenitud intelectual únicas en la historia de la Humanidad. Fue así como Atenas se convirtió en el origen de la civilización occidental y todo ciudadano debería rendir homenaje a la ciudad origen de nuestra cultura, junto con la romana; se dice que Grecia era el pensamiento y Roma los constructores.

Origen de Atenas según la mitología

Zeus, dios supremo, padre de la diosa Atenea, devoró a su madre Metis. Atenea nace desde la frente de su padre, ya adulta y con armas (hay una vasija griega en el Louvre en París que muestra el nacimiento); aunque Zeus tuvo más hijos, Atenea fue su descendiente favorita. Le confió su escudo, adornado con una armadura, su “égida” (una especie de capa corta de piel de cabra, recubierta de escamas y con serpientes en los bordes), y el rayo, su arma principal.

Según el mito, el nombre de la ciudad está relacionado con la enemistad de Poseidón -dios de los mares- y Atenea, surgida a raíz de su disputa por la protección de la ciudad. Poseidón regaló un caballo a la ciudad, mientras que Atenea, golpeando con su lanza la roca de la Acrópolis, le regaló el olivo que allí brotó. Los atenienses prefirieron el olivo que simboliza la paz y la prosperidad.

El pueblo griego, en agradecimiento a que les había regalado el olivo (actualmente, hay una masa de 5.000.000 de olivos en una zona concreta del Peloponeso), le dedicó muchos templos; el más importante, el Partenón, construido en mármol pantélico, situado en la Acrópolis (llamada “roca sagrada”). Atenea, recibía el nombre de Parthenos (“la virgen”). Además de ser patrona de Atenas, era la diosa de la sabiduría y de la guerra.

En otra jornada de nuestro viaje, conocimos Olimpia, situada en el Peloponeso, cuna de los Juegos Olímpicos (los mas famosos de los cuatro juegos antiguos: ístmicos, píticos, nemeos y olímpicos), donde se nutre la llama olímpica cuando corresponde celebrar la Olimpiada, con una frecuencia cuatrienal (se hacen dos pruebas por si el día en que debe encenderse oficialmente fuera un día nublado); en sus primeros tiempos, eran tan célebres e importantes que hasta se interrumpían las guerras.

**Una visita espectacular fue el teatro de Epidauro (muy bien conservado) con su increíble acústica. En recuerdo de Aragón, se cantó una jota, que a todos nos emocionó.

Y, para concluir, mencionar otra joya en nuestra ruta turística: los monasterios de Meteora que parecen flotar en el aire. Su nombre significa, literalmente, “colgado del aire”. Estos edificios fueron construidos sobre unas rocas oscuras compuestas de mármol, serpentina y piedra caliza, al verse amenazados por las tropas otomanas, en el s.XIV d.C.; eran inaccesibles, hoy en día hay unos estrechos senderos para poder visitarlos. Son una maravilla, además de una vista espectacular, tienen valiosos iconos y frescos que, en muchas ocasiones, han sido pintados por los mismos monjes.

Los que representábamos al El Ateneo de Zaragoza tuvo la satisfacción de dejar su recuerdo en el libro de firmas del Museo Nacional de Arqueología, de Atenas.

Manuela Bosque

El credo de María

La relectura de “María Grubbe”, novela del danés Jens Peter Jacobsen (7 de abril de 1847-30 de abril de 1885), invita a una reflexión sobre el temple de su protagonista a quien, en mi primera aproximación a esta obra cuando tenía catorce o quince años, juzgué superficialmente como una neurótica poseída por un desaforado apetito sexual, bien que, en mi temprana juventud, mucho disfruté con esta apasionante crónica de los avatares amorosos de una mujer danesa del siglo XVII, bella y rica pero dueña de un alma doliente, cuyos penares todos ignoran, su padre, sus distintos maridos y amantes, quizás también el propio creador de esta inolvidable criatura literaria.

La obra de Jacobsen asombra por la pasmosa modernidad de la técnica literaria utilizada para la narración de la vida de María Grubbe, pues, lejos de escribir un novela histórica con la lógica y necesaria concatenación de sus capítulos, el autor ha optado por la pintura de diferentes cuadros de la Dinamarca del siglo XVII, tanto de su vida cotidiana como de sus acontecimientos políticos, y así, cuando la heroína descubre el amor, el desengaño o la soledad, el lector conoce los más ocultos anhelos de esta singular mujer.

Es María la hija de Erik Grubbe, un pudiente hacendado, viudo y enredado con su ama de llaves de quien ha tenido una hija. Una breve conversación entre el amo y su manceba nos hace testigos del desamparo de la niña María, quien, con motivo de la guerra con Suecia, es enviada a Copenhague para residir con su tía Rigitze, una intrigante dama que se ocupará de concertar el ventajoso matrimonio de su sobrina con Ulrik Frederik, hijo natural del monarca Frederik III.

Después de este episodio y contemplando hermosas estampas de la vida cortesana y de la intimidad hogareña, asistiremos al éxito de María en la corte, a su divorcio, pues no soporta la altanería de su esposo a quien, furiosa, ha intentado degollar, así como a su éxodo por tierras europeas donde vivirá un amorío con Sti Hoeg, marido de su hermana, otro desengaño antes de su regreso a Dinamarca, arruinada y sola, tan alto ha sido el precio abonado por su ansía de independencia.

Erik, su padre, recoge a la hija y como purga de su libre espíritu le impone la penitencia de un matrimonio con Palle Dyre, un acaudalado y mezquino terrateniente con quien la heroína sufrirá una diaria pelea por los más ruines incidentes domésticos hasta el instante en que María, una mujer madura, advierte el renacimiento de su pasión amorosa ante el espectáculo del joven y fornido caballerizo Soeren rescatando unos corceles del incendio de las cuadras de su mansión. La dama se arroja a los brazos de su criado y, tras un nuevo divorcio, con él se casa para compartir, hasta su viudez, una vida pobre, colmada de ínfimos quehaceres, también plena y feliz, pues María, frágil pero resistente como una flor, y sin negar la existencia de Dios, tiene un único credo: “Creo que cada uno vive su propia vida y muere su propia muerte, esto es cuanto creo.”

Julio Cristellys Barrera

Globalización y minorías: el penúltimo cine de Hollywood

Como en otras ciudades, la proliferación del múltiplex y su cultura en la ciudad de Zaragoza está trayendo como consecuencia un empobrecimiento de la oferta cinematográfica y una hegemonía aún más sofocante si cabe del cine estadounidense sobre otras cinematografías que, con la excepción parcial del cine español, pasan totalmente desapercibidas en nuestra ciudad. Pese a la riqueza y variedad geográfica y nacional del cine que se hace en la actualidad en todo el mundo, nuestras carteleras siguen y seguirán dominadas por los últimos blockbusters de acción y las películas elegidas por las distribuidoras multinacionales para llenar la programación. En Zaragoza una excepción es la constituida por los cines Renoir, que ofrecen mayor variedad y un cine más minoritario, aunque eso sí, al contrario que en el resto de España, en versión doblada, porque los zaragozanos debemos ser muy incultos para soportar las versiones originales.

En la pasada temporada cinematográfica, se dio el fenómeno curioso de que algunos de los éxitos más importantes del cine de Hollywood sí han prestado su atención prioritaria a las minorías, sean sexuales o raciales. Es como si alguien en Hollywood hubiera decidido que ha llegado el momento de enseñar a las grandes masas que las identidades minoritarias son buenas y hay que defenderlas. “Brokeback Mountain”, la gran sensación de la temporada, utiliza y actualiza las convenciones del western para contar una historia de amor y deseo entre dos hombres en un contexto de fluidez sexual que pretende retratar un cambio de actitud hacia todas las opciones, aun a costa de discriminar narrativa e ideológicamente a sus personajes femeninos. Mientras tanto, “Crash”, inesperada vencedora en los Óscar, narra una historia compleja de relaciones interraciales en un Los Ángeles multicultural, sin el maniqueísmo que, merecidamente o no, se le ha echado en cara a Hollywood tradicionalmente. “Crash”, con su mensaje reconciliador y acallador de malas conciencias, puede haber apelado especialmente en una sociedad como la española en la que el multiculturalismo nos ha llegado de sopetón: hasta los racistas más irredentos pueden convertirse en héroes.

La otra cara de la moneda de estas dos películas podrían ser “Transamerica” y “Los tres entierros de Melquíades Estrada”, dos películas de vocación independiente pero típicamente estadounidenses en su formato de cine de carretera o de viaje, la primera sobre la relación establecida entre un transexual pre-operatorio y su hijo recién descubierto durante un viaje con resonancias míticas entre Nueva York y California, y la segunda una historia de frontera y de conflicto y amistad interétnica en la que la hibridación comienza por la mezcla lingüística, una mezcla que a los zaragozanos se nos volvió a escamotear. Si Melquíades es un mejicano reubicado en Texas, otra de las grandes películas de la temporada presenta un tipo diferente de reubicación: con “Match Point”, Woody Allen viaja al Londres contemporáneo para retornar a una historia ya contada por él mismo en “Delitos y faltas” y antes en el cine por “Un lugar en el sol” y en la literatura por “Una tragedia americana” y antes por Dostoyevski en “Crimen y castigo”, rescatando de paso a una fenomenal Scarlett Johansson y ofreciendo una lúcida visión del sistema de clases británico. De vuelta en el país de Bush, David Cronenberg nos ofrece su película más comercial, la mal traducida “Una historia de violencia”, una historia más sobre el arraigo de la violencia en la cultura y, si se puede hablar de tal cosa, en la identidad estadounidense, y Jim Jarmusch, icono del cine independiente de los ochenta, cede a la atracción de las salas comerciales para contar otra historia de padres que buscan a sus hijos en “Flores rotas”. Más allá de las inevitables superproducciones y demás subproductos, el cine más poderoso del mundo parece haber encontrado un nuevo filón en aquello a lo que aparentemente se opone: la cultura y las identidades alternativas.

Celestino Deleyto

El pentáculo de la torre de San Andrés de Calatayud

La torre de San Andrés de Calatayud tiene una decoración con motivos geométricos de gran belleza. De todos ellos el que se representa en la figura tiene una historia y un significado muy profundo e interesante. Se trata del pentágono regular estrellado inscrito en un círculo formando así la figura conocida con la denominación de “pentáculo”.

Es uno de los símbolos más antiguos, ya se usaba cuatro mil años antes de Cristo, y se consideraba relacionado con el culto a la Naturaleza. En el concepto antiguo del mundo se admitía que estaba dividido en dos mitades: la masculina y la femenina; cuando ambas estaban equilibradas, había armonía en el Universo, cuando no, reinaba el caos.
El pentáculo representa la mitad femenina de todas las cosas, un concepto religioso que los historiadores denominan “divinidad femenina”. Ésta ha recibido diversos nombres, según las civilizaciones, como Ishtar, Astarte, Afrodita, Venus, etc.
Existe una relación entre este signo, el planeta Venus y la diosa femenina del mismo nombre. Ello se deriva de las características astronómicas del planeta. Éste tiene una órbita más cercana al Sol que la Tierra, por lo que, según su posición respecto al sol, aparece unas veces poco después del ocaso o bien le precede al amanecer. En el primer caso, es la primera estrella que sale al anochecer y se le ha denominado el Lucero de la tarde. Cuando aparece poco antes del orto solar, recibe el nombre de Lucero matutino. Es el astro más brillante después de la Luna y el más bello, por lo que se le asignó la diosa de la belleza, Venus. La relación del planeta con el pentáculo se deriva de que el planeta Venus, en el curso de sus revoluciones alrededor del sol, describe, sobre la eclíptica, la figura del pentágono estrellado.

El pentáculo tiene un aspecto simbólico y como tal se utiliza. Cuando se dibuja con un vértice hacia arriba, simboliza la figura humana, el vértice superior es la cabeza, los dos laterales figuran los brazos extendidos y los dos inferiores las piernas separadas. Colocado en posición invertida, simula una cabeza de res, toro o cabra, según el momento ritual. Tiene una significación dudosa: para unos, representa la magia negra, la “goecia”; para otros, la iniciación o conocimiento. Éste parece ser el sentido más obvio cuando se encuentra en algunos lugares de origen templario, como en San Bartolomé de Ucero. En la torre de San Andrés, tiene una posición intermedia lo que resulta muy intrigante.

Las relaciones métricas de los diferentes segmentos determinados por las varias intersecciones son muy curiosas. La longitud del segmento mayor dividida por el que le sigue inmediatamente en longitud, es igual al cociente entre este último y el siguiente a él en esa magnitud; el resultado es igual a: 1.618033989. Este número se ha denominado f (fi) en honor a Fidias, arquitecto del Partenón; también se le conoce como número de oro. La importancia que tiene en el diseño artístico se debe a que cuando los lados de un rectángulo y su suma tienen esa relación, esta figura es considerada como la más hermosa y armónica, por la mayoría de los observadores. Esta proporción la tienen las dimensiones del plano en la Santa Capilla del Pilar.
Con la llegada del cristianismo, se asignó este símbolo tan bello como emblema de María. En el caso de la torre que comentamos, al dibujo tradicional se le añaden unos arcos que rodean los vértices y representan los cinco pétalos de una rosa. Claramente dedicada a María, a quien se alude como “la rosa sin espinas”, con referencia a su carácter de inmaculada.

Prof. Dr. Jesús Osácar

Zaragoza mozárabe

Los musulmanes entraron en Zaragoza en el año 714 y dominaron hasta 1118. Esta ciudad fue la capital de La Marca Superior (al-Tagr al-A ‘là o al-Aqsâ), una de las tres marcas que constituían una defensa natural del territorio principal de al-Andalus. Todo el conjunto de tierras del Valle del Ebro constituía una línea fronteriza entre la zona administrativa andalusí y los condados y reinos cristianos subpirenaicos; comprendía desde el Delta del Ebro, al este, hasta Arnedo y Agreda en el oeste. Desde esta barrera defensiva, los primeros gobernadores dependientes de Córdoba, llevaron a cabo sus expediciones hacia la Galia por los pasos de La Perthus, en el levante, y por Roncesvalles en el poniente, llevando el Islam, según autorizado testimonio de Juan Vernet, al corazón de La Galia y haciendo de la Septimania un territorio vasallo de Córdoba durante casi media siglo.

La conquista musulmana se realizó sin gran resistencia por lo que con escasas fuerzas pudieron realizar la ocupación. Se mostraron tolerantes en materia religiosa con aquellas creencias que tenían un libro religioso, caso de los cristianos y judíos. y si se sometían pacíficamente, podían seguir viviendo regidos por sus propias autoridades civiles y religiosas.

Desde el principio la comunidad cristiana se ubicó en un barrio propio situado en el ángulo noroccidental de la medina, dentro de la muralla. El numero de mozárabes fue reducido puesto que su espacio, pese a no ser demasiado grande, nunca llegó a colmarse del todo.

La iglesia de San Vicente, que era la sede episcopal, la ocuparon los musulmanes y en su lugar construyeron la mezquita, en cambio respetaron la Iglesia de Santa María la Mayor, que quedó dentro del barrio cristiano, y durante el dominio musulmán fue “madre de todas las iglesias de la ciudad” y a la que, juntamente con la de las Santas Masas “qui sunt foris muris” tenían suma devoción los zaragozanos.
Algunos historiadores opinan que no de los puntos por los que se accedía al barrio cristiano era el Arco de los Cartujos. Otros accesos eran el Arco Español que se encontraba al final de la calle Santiago y el otro se hallaba en la confluencia de la desaparecida calle del Pilar con la plaza de La Seo, este estaba cerrado con gruesas cadenas. La figura es una linoleografía que representa dicho arco, que subsistió hasta 1950 en que fue derribado. Se encontraba en la calle denominada de Bayeu. Esta vía primitivamente tuvo los nombres de calle de la Cruz, del Arco de los Cartujos y del Mesón del Obispo de Tarazona. A finales del siglo XVIII recibió el nombre actual para honrarr la memoria del ilustre pintor D. Francisco Bayeu y Subías, fallecido el 9 de Marzo de 1795, y que tan notables muestras de su arte ha dejado en el próximo templo del Pilar.

Calle estrecha y antigua, que arrancando en la de Espoz y Mina atravesaba las de Santiago y Goicoechea. Era en la linde con esta última donde se encontraba el Arco de los Cartujos. Se le atribuye este nombre porque antiguamente allí existió una residencia de Cartujos donde posteriormente, en 1867, se edificó el Convento de los Mercedarios.
Las obras de urbanización realizadas en 1950 para unir la plaza del Pilar con la de La Seo determinaron la desaparición del último tramo de la calle de Bayeu y el histórico Arco de los Cartujos.

Prof. Dr. Jesús Osácar

Pavarotti…voz, voz y más voz

La muerte de Luciano Pavarotti no supone la pérdida irreparable de un artista mediático. Se va con él toda una época de la lírica. Al igual que toda una época del cine se marchó con Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni, dejándonos huérfanos a la generación nacida a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. A los que siempre amamos por igual el cine y la ópera. En el caso del signore Luciano se acabaron los sueños. La historia romántica –y neorrealista- de un hombre de procedencia humilde, que jamás aprendió a leer una partitura, que cantaba siendo niño imitando a su padre en una panadería de Módena… y que llegó a ser el tenor más carismático de la segunda mitad del pasado siglo. Pavarotti habitaba hace años en el Olimpo de los dioses del canto, y ahí permanecerá al lado de Mario, Rubini, Caruso, Fleta, Schipa, Gigli, Melchior, Björling, Mac Cormack.., hasta que –esperemos que no suceda jamás– el fútbol mate cualquier tipo de arte y cultura para solaz del occidente globalizado.

Pavarotti vivió intensamente, embarcándose a veces en aventuras que quizás popularizaron la lírica – no lo creo– pero fijaron en el inconsciente colectivo de millones de personas su oronda figura, su pañuelo de seda, sus brazos abiertos y el timbre de voz mas impresionantemente bello que se haya escuchado en todo un siglo; eso sí dentro de los parámetros de la “italianitá y la “morbidezza”. Una voz soleada refulgiendo en el Mediterráneo que era un lujo para el canto, aunque tantas cosas se le puedan discutír. Fijemos posiciones: Pavarotti no ha sido el mejor tenor del mundo en ningún caso y no hay contradicción en ello.

Lucianísimo empezó como tenor ligero, y saltó a la fama gracias al olfato musical de la pareja formada por la gran soprano australiana Joan Sutherland (el Ateneo la homenajeó este año en su ochenta cumpleaños) y su esposo, el director de orquesta Richard Bonynge, grandísimo catador de voces y que al escucharle pensó, y razones no le faltaban, que había encontrado al mejor tenor belcantista posible. En efecto, Pavarotti fue siempre un lírico -ligero– al igual que nuestro eximio Alfredo Craus, dotado de una técnica vocal inalcanzable para el italiano, pero con un timbre a años-luz del modenés-, ideal para los Donizetti o Bellini, no tanto para Rossini (salvo en su postrera obra “Guillermo Tell”) que exigía una facilidad en las agilidades que ni uno ni otro tuvieron. Sí las tiene el nombrado por el gran Luciano como sucesor y príncipe heredero: el peruano Juan Diego Flórez. Veremos el justiciero dictamen del tiempo, aquel que nos desgasta incesante como decía Borges.

La voz era extremadamente luminosa, con graves mediocres, agudos magníficos y una media voz exquisita, con suficiente capacidad para apianar. El fraseo desigual y especialmente malo en los recitativos. La capacidad dramática inexistente. Pavarotti en el escenario –no se olvide nunca que la ópera es teatro cantado– era una inmensa mole de torpes movimientos, con la expresividad de un Buster Keaton de ciento y pico kilos. Por ello sus mejores prestaciones fueron siempre en recital y, por supuesto, en disco. Como tantos divos y divas cantó roles que no le iban en absoluto: Radamés en “Aida”, el protagonista de “Don Carlo”, el del “Idomeneo” mozartiano”. Lo suyo fue Nemorino en “L’elixir d’amore”, Tonio en “La fille du regiment”, Ernesto en “Don Pasquale” (Donizetti), Arturo en “Los puritanos” (Bellini), Cavaradossi en “Tosca” y Calaf en “Turandot” (Puccini) y, a pesar de los imponderables del físico, un inolvidable Rodolfo en “La bohème” que cantó y grabó innumerables veces, con partenaires tan distinguidas como su vecina modenesa Mirella Freni, Renata Scotto, Montserrat Caballé, Raina Kabaivanska …Y las canciones napolitanas en las que no tuvo rival.

La voz dorada era italiana, de Módena como el célebre vinagre. Los equipos de reproducción visuales y sonoros pueden reírse, y él con ellos, de la terrible Parca. Luciano Pavarotti: una furtiva lágrima. Hasta siempre.

Luis Betrán Colás

Triunfo… ¡cuánta vulgaridad!

Soy enemigo de ese estéril y doloroso sentimiento llamado nostalgia, pues a nada conduce la añoranza por lo vivido, por lo fenecido. Atesoremos, pues, los buenos recuerdos como joyas a lucir en muy especiales ocasiones. Por el contrario, muestro mucha inclinación a la evocación de hechos, de situaciones, no sólo gratos, sino también irrelevantes en el instante de su acaecimiento, pero que, contemplados a la luz de nuestros nuevos hábitos, nos invitan a una serena reflexión sobre vocablos actualmente usados, en mi opinión, con una gran ligereza.
Así, en los años setenta, disfruté de una serie televisiva de la que recuerdo algunos episodios, no cuál fuera su título, ni quién el autor de un guión tan inteligente, tan ameno. No he olvidado que una de las protagonistas era Amparo Soler Leal quien, en uno de los capítulos, rememoraba un sabio consejo de su abuela: “Cualquier esfuerzo es bueno para salir de la mediocridad”. Hoy, los medios de comunicación y, especialmente, la televisión, se hacen eco de un anhelo de nuestra sociedad: el triunfo, aunque haciendo caso omiso del esfuerzo como loable virtud para zafarse de la vulgaridad, como modo de alcanzar un refinamiento personal, social y –no lo olvidemos, pues es lo más importante- intelectual. Por desgracia, el triunfo es entendido, actualmente, como la fácil ascensión de quien, a pesar de su ordinariez, alcanza las cimas de la vanidad y del oropel, porque, no nos engañemos, triunfa quien viste ropa de marca, conduce un automóvil carísimo o frecuenta ciertos restaurantes donde presume de sus dotes de enólogo (prefiero la palabra vinatero) olfateando una copa de vino o enjuagándose la boca con uno de esos “suculentos caldos”. En fin, pavoneándose, jactándose, ese advenedizo, ese patán, es aplaudido, es admitido en los que, por norma, deberían ser los más selectos y estrictos círculos sociales, pues, recordémoslo: es un triunfador.

Hago estas consideraciones a raíz de la lectura, durante mis vacaciones veraniegas, de un hermoso relato de la norteamericana Willa Cather escrito en 1.920: “El caso de Paul”. Paul es un joven estudiante, empleado en sus horas libres como acomodador del Carnegie Hall de Nueva York, un chico fascinado por la distinción, por la elegancia de los artistas que actúan en ese escenario, siguiéndoles a escondidas, después de cada función, hasta la puerta del lujoso hotel donde se alojan. Paul detesta la vulgar y dorada medianía de su familia, de sus vecinos, de su escuela, sirviéndose de la música escuchada en el escenario del Carnegie Hall como un resorte para el ensueño de un mundo de refinamiento que, por su nacimiento, por su posición, le están vetados. Paul es expulsado de la escuela, es despedido de su trabajo, será empleado en una empresa donde perpetra un desfalco que le permite, durante un fin de semana, vivir como un caballero en el hotel Waldorf Astoria. Después se suicida arrojándose a la vía del tren.

Me aterra la conducta de Paul, un pobre mozo perdiendo el tino a la caza, en pos de un sueño: huir de la ramplonería de su ambiente, ser diferente, conocer los secretos de la elegancia, del refinamiento, la delicadeza de sus modos, el tono de sus buenas formas. Paga por ello un precio muy caro; nada menos que con su vida. Pero el deplorable comportamiento del muchacho tiene una circunstancia atenuante: no ha sido vanidoso, puesto que ha disfrutado de su efímera gloria en la más absoluta soledad, sin alardes, sin jactancia, sin la compañía de un adulador susurrándole al oído: “Paul eres un triunfador”.

Julio Cristellys Barrera

Amor y química

Desde muy antiguo se han utilizado productos químicos para desarrollar las actividades eróticas, son los conocidos como filtros de amor. Así Shakespeare, en su obra “El sueño de una noche de San Juan”, relata que Puck, el satélite de Oberón, Rey de las Hadas, derramaba sobre los ojos de los durmientes el extracto obtenido de las flores para que al despertarse se enamorasen rendidamente del primer ser que se presentara a sus ojos. Igualmente, Tristán e Isolda cayeron irremisiblemente rendidos de amor, uno en los brazos del otro, por haber bebido ambos un filtro de amor.

Los relatos citados anteriormente pertenecen al ámbito de la fantasía, pero existen unas substancias que realmente funcionan como filtros de amor. Así ocurre en las relaciones sexuales dentro del reino animal, como en el caso de esos pequeños ratoncillos siberianos que cuando llega la hora de la multiplicación la hembra segrega una substancia para avisar a los machos de los alrededores, hasta un alcance de un kilómetro; el primero que llegue, indudablemente el más veloz y fuerte, será amorosamente recibido y padre de su descendencia. Este hecho, asombroso y rigurosamente comprobado, no tiene parangón con lo que ocurre en el mundo de los insectos. En las nupcias de estas criaturas intervienen unas substancias denominadas feromonas que regulan sus relaciones con una sutileza y eficacia que causan asombro. Las mariposas, esos seres leves y revoloteantes, casi todo alas de brillantes colores que se han simbolizado las benéficas hadas, utilizan substancias químicas para sus relaciones amorosas. Estos lepidópteros diurnos usan de substancias químicas, lo hacen como complemento de las fastuosas galas que exhiben en sus alas, que son el primer reclamo sexual. En cambio las mariposas nocturnas, de coloraciones apagadas, ya que en ausencia de luz de nada les servirían los suntuosos ornamentos de sus hermanas diurnas, están obligadas a comunicar sus deliquios amorosos mediante mensajeros químicos.

Un caso de los más notables por el alcance de su mensaje amoroso, es el de esa gran polilla, de la fauna aragonesa, cuyo nombre científico es Saturna pyri, conocido vulgarmente como “Pavón nocturno mayor”, cuyo macho es capaz de percibir la existencia del objeto de sus ansias amorosas desde una distancia de 30 Km con viento favorable y desde 12 Km en el caso de viento contrario. Para ello se hace necesaria una sensibilidad olfativa capaz de detectar la presencia de una molécula de feromona por metro cúbico de aire. Es decir, detectar una molécula perdida entre las que contiene un metro cúbico de gas, que vienen expresadas por el número 27 seguido de 24 ceros. Pero se ha descubierto que las moléculas de la feromona de esta especie se descomponen espontáneamente emitiendo una radiación infrarroja que el macho recoge en sus antenas pectinadas cuyo intervalo de separación es del mismo orden que la longitud de onda de la radiación, lo que explica este hecho aparentemente inverosímil. En estas condiciones, el animal no huele concentraciones y por ello desconoce cuál es el origen de la feromona, y por ende la dirección en que ha de emprender el vuelo. Este problema lo resuelve muy lógicamente, sale volando en sentido contrario al viento y continúa hasta que la concentración de feromona es perceptible por su olfato, con lo que cambia su criterio de acercamiento y toma la dirección del gradiente de concentración, con lo que llega justamente al objeto de sus amores. Le deseamos que no se haya adelantado otro competidor.

Prof. Dr. Jesús Osácar

San Virila y Einstein

San Virila es un santo aragonés nacido, entre los años 870 – 880, en la villa de Tiermas (Zaragoza); lugar que hoy permanece anegado por la construcción del pantano de Yesa. De pequeño fue pastor de los rebaños y sentía una viva inclinación hacía el cercano monasterio de Leyre, que visitaba con frecuencia. Un día acudió al abad pidiendo ingresar en él, a lo que el abad Sánchez, accedió y Virila inició el periodo de prueba hasta obtener el ingreso. Su comportamiento fue ejemplar hasta el punto de que en el año 920 (ó 928) lo eligen abad. Allí tuvo una actuación destacada interviniendo unas veces por sí mismo y otras en colaboración con el obispo de Pamplona, en los asuntos políticos en los que se distinguió por su actuación en pro de la paz.

Meditaba frecuentemente, un materia que le preocupaba, era la relación entre el tiempo y la eternidad. En la lectura sacra había escuchado el salmo que dice: “Porque mil años a tus ojos son como el ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche.” (Salmo 90:4). Le gustaba pasear por el campo en donde rumiando sus preocupaciones. Sucedió un día, cuando se hallaba en esta situación, oyó el canto de un pajarillo, era tan delicioso que quedó extasiado. Al volver en sí inició el regreso al monasterio, encontrando algunas dificultades. Encontró un edificio mucho mayor que el que conocía, llamó y apareció un monje con hábito blanco del Císter (Virila llevaba el negro de los benedictinos), no conoció a los mojes, ni ellos a él. Se presentó como el abad Virila, se investigó en la biblioteca donde apareció un escrito que citaba al Virila, desaparecido del monasterio desde hacía trescientos años. Había vivido extasiado, en un pequeño espacio de su tiempo, un intervalo de 300 años de los demás.

Esta tradición trae a la memoria las investigaciones del creador de la física moderna, Einstein. A comienzos del siglo XX, la Física se encontraba en una situación ilógica, las observaciones de numerosos fenómenos estaban en contradicción con los cálculos de la teoría. Ante esta situación, Einstein revisó los conceptos admitidos por la ciencia llegando hasta las dos magnitudes primarias: el espacio y el tiempo. Dedujo que los conceptos de estas magnitudes son intuitivos y considerados con valor absoluto. Esto no respondía a los resultados de las últimas experiencias y para adecuarlos a ellas hubo de admitir que espacio y tiempo son relativos al observador, de ahí el nombre de teoría de la relatividad con que se conoce su trabajo. Deduce que los valores del espacio y tiempo dependen del sistema de referencia respecto al que se miden con lo que se llegan a situaciones inexplicables para la ciencia clásica. Como ejemplo de las consecuencias derivadas de esta teoría Paul Langevin diseñó un experimento ideal, conocido como el viajero de Langevin, es éste: Un viajero abandona la Tierra con una velocidad de 15 km./segundo. Transcurrido un año da media vuelta y vuelve a la Tierra. Su reloj y calendario señalan que han pasado dos años de su tiempo. Pero en el tiempo de la Tierra han transcurrido dos siglos.

No podemos dejar de relacionar ambos casos.

Prof. Dr. Jesús Osácar

Recuerdos de cuando pasábamos revista

Hubo un tiempo en que los varones “Aptos para el Servicio” que, por consiguiente, habíamos cumplido en el ejército la popular “mili”, una vez licenciados, teníamos que ir a la Zona de Reclutamiento a pasar la revista anual. En realidad, la operación no podía ser más sencilla. Consistía en ir con la Cartilla Militar (aquella pequeña libreta de hojas verduscas que nos dieron en el cuartel), un día cualquiera del año en curso para que nos pusiesen un sello morado en la casilla correspondiente. Cierto es que, bien sea por pereza, por estar ocupados o por otras mil excusas más o menos razonables, nunca nos venía bien cumplir este trámite y muchas veces debíamos apresurarnos, los últimos días, por temor a una sanción. Con el paso de los años un buen día nos daban “la absoluta”, es decir, que estábamos definitivamente licenciados. Esto tenía la doble vertiente de que ya no podrían llamarnos a filas y que, en consecuencia, nos estábamos haciendo viejos.

Al cruzar a pie el Puente de Piedra, las más de las veces con un fuerte cierzo en el rostro, y torcer a la derecha para llegar a la Zona, ubicada en el antiguo cuartel de San Lázaro, se ofrecía a mi vista un entrañable y popular rincón de nuestra Zaragoza. La Parroquia de Altabás, la entrada a la Estación del Norte, el cine del mismo nombre del que fui espectador en varias ocasiones, el cuartel de la Guardia Civil, el comienzo de la Avenida de Cataluña… Este sector ha ido transformándose y la mayoría de aquellos edificios han desaparecido. Hoy prácticamente todo se encuentra en obras y va a ser objeto de una total transformación. Poco podía imaginarme en aquellos momentos en que iba a pasar revista que bajo el suelo que pisaban mis pies serían descubiertos, transcurridos muchos años, los restos arqueológicos de un gran convento y hospital fundado en tiempos de Jaime I, es decir, unos ochocientos años atrás. A veces pasamos miles de veces por un mismo sitio ignorando que puede haber cosas maravillosas escarbando un poco bajo nuestros pies. En este caso, han aparecido restos de lo que fue el convento de San Lázaro, más unas ruinas de un antiguo molino de aceite y una impresionante cantidad de armas datadas entre 1808 y 1939. Estoy ansioso por que todos estos hallazgos sean correctamente acondicionados y todos los zaragozanos podamos disfrutar de este importante legado de nuestro patrimonio histórico.

Manuel Garrós

Cosmética antigua

El uso de productos químicos para el embellecimiento se encuentra ya en las primitivas civilizaciones . Así en tiempos de el profeta Eliseo se cita que la reina Jezabel, “se puso afeites en los ojos” para recibir al vencedor. (II Reyes 9 – 30). Posiblemente utilizó el stibium, sulfuro de antimonio, un polvo negro que utilizaban comúnmente las egipcias para dar sombras alrededor de los ojos. Se dice que este tratamiento tenía un fin higiénico como protección contra el polvo y los insectos.

Pero en otras ocasiones no cabe duda que la intención era frívola. Así cuando el ejercito asirio al mando de Holofernes puso sitio a Betulia, y la ciudad se encontraba en situación crítica, Judit, la viuda de Manases, se decidió intervenir. Para ello, después de encomendarse a Dios con una ferviente oración, “se quitó el sayal que vestía, se despojó de sus vestidos de viuda, se bañó toda, se ungió con perfumes exquisitos, se peinó, se puso una diadema en el cabello y se vistió la ropa que llevaba cuando era feliz, en vida Holofernes de su marido Manases. Se calzó las sandalias, se puso los collares, brazaletes y anillos, sus pendientes y todas sus joyas, y realzó su hermosura cuanto pudo”. (Judit 10:3-7). Todo este esmerado maquillaje tenia por finalidad seducir a general del ejercito asirio y parece que lo consiguió, ya Holofernes, al verla, perdió la cabeza, esto en el sentido más estricto de la expresión, ya que después de una orgía, que terminó en monumental borrachera, lo decapitó, y se llevó su cabeza para presentarla a los jefes de Betulia como demostración de la muerte del jefe enemigo y la salvación de Betulia.

También aparece la cosmética en el libro de Esther, donde dice que las jóvenes que habían de presentarse al rey Asuero las preparaban previamente. “El tiempo de preparación incluía seis meses de tratamiento con óleo y mirra, y otros seis meses con los aromas y perfumes que usan las mujeres”. (Esther 2:12). También Esther se presentó ante el Rey para pedir la seguridad de su pueblo, que Asuero, impresionado por su belleza, se lo concedió. En otro libro se lee que. Noemí, la suegra de Rut, ya viuda, para procurarle un esposo le recomendó: “Lávate, perfúmate y ponte encima el manto” (Rut 3 – 3)

El ideal de belleza no ha sido siempre el mismo, y frente al color tostado, actualmente en boga, en la época bíblica el color moreno más bien era contrario a la moda, y así lo expresa la Sulamita del Cantar de los Cantares cuando dice: “Morena soy, pero hermosa” (Cantar 1:5). El color moreno era propio de las mujeres humildes que trabajaban en el campo, y a eso lo atribuye cuando dice: “No os fijéis en que estoy morena: es que el sol me ha quemado”.

En la época romana se estilaba un cutis ebúrneo que conseguían con una crema conteniendo bismuto. A este propósito el químico y cirujano John Scoffern, en su libro Chemistry No Mystery, relata lo siguiente: “Era costumbre de aquellas damas que se sentían particularmente ansiosas de poseer un cutis nacarino, el embadurnarse con un preparado a base de bismuto”. Una de aquellas damas, que usaba el cosmético de moda, sabiendo que las aguas de un conocido manantial eran beneficiosas para la piel, quiso aumentar el efecto favorable y se bañó en ellas. El citado manantial debía sus propiedades terapéuticas a contener sulfhídrico en disolución, que reacciona instantáneamente con el bismuto dando un precipitado negro como el azabache. La ingenua dama se vio, con gran susto, que su blanca piel se volvía totalmente negra atribuyéndolo a una maldición. Afortunadamente para ella el color negro desapareció con un enérgico lavado.

Prof. Dr. Jesús Osácar

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Mis recuerdos de las Escuelas Pías. ¡Aquel bachiller de los cincuenta!

Da gozo ver a nuestros jóvenes de hoy; altos, fuertes, sanos. En cuanto a presencia física nada tienen que envidiar a los de cualquier otro país europeo.

Sin embargo hemos constatado que un alto porcentaje de ellos, incluso muchos que en estos momentos cursan carreras superiores, no saben expresarse adecuadamente, hablan con innumerables muletillas que repiten por doquier, tales como “para nada”,
“O sea”, “tío”, “vale”… sin contar los tacos y expresiones malsonantes que prodigan cada dos por tres.

Es triste que profesionales licenciados en los últimos años escriban con faltas de ortografía, no sepan comportarse en determinados momentos y carezcan del adecuado nivel cultural. Siempre hay honrosas excepciones pero lo cierto es que gran parte de nuestros jóvenes no tienen la menor afición a la lectura o a la música clásica y sus conocimientos de historia, literatura y urbanidad son mínimos. Para acabarlo de arreglar, ahora se va a poder pasar de curso incluso habiendo suspendido la mitad de las asignaturas.

No puedo evitar que acuda a mi memoria aquel bachiller que estudiábamos en los años cincuenta. Me refiero a su contenido didáctico en sí, pues todos sabemos que la forma de gobierno en aquellos momentos no era políticamente correcta.

Personalmente sólo puedo hablar de los estudios que cursé en los Escolapios, pero supongo que siendo el mismo plan de estudios en otros centros, públicos o privados, los conocimientos impartidos serían similares.

¡Aquel LATÍN que nos enseñaban desde el primer curso y los chicos odiábamos porque “no servia para nada”, pero luego resultó que sí! ¡Aquel inculcarnos el esfuerzo y trabajo diario para triunfar en la vida!. Es obvio decir que la primera enseñanza y el bachiller son la base fundamental para afrontar luego la universidad.
Nosotros llegábamos con unos cimientos sólidos, con una educación que nos permitía “saber estar” en cualquier parte y una formación moral impecable, al margen de que el camino de la vida nos llevase a ser creyentes o agnósticos.

Nuestra generación supo conducirnos a una transición democrática ejemplar y a la situación de bienestar económico que hoy disfrutamos. ¡Ojalá que dentro de cuarenta o cincuenta años pueda decirse algo parecido de estos jóvenes de ahora!

Manuel Garrós

Jimena

El pasado 9 de octubre y en el Centro de Historia de nuestra ciudad se presentó “Doña Jimena”, la última novela de la prestigiosa escritora zaragozana Magdalena Lasala. Aparece en su portada y bajo el título la leyenda “La gran desconocida en la historia del Cid”, pues el mítico destello del caballero Rodrigo Díaz de Vivar ha empañado el fulgor de la singular mujer que fue su esposa, doña Jimena, de cuyo linaje, vida y avatares nos da cuenta Magdalena Lasala anudando su rigurosa investigación histórica con una apasionante trama tejida con las hebras de una exquisita vena poética.
Magdalena narra la vida de Jimena, sobrina de Alfonso VI, aguerrida amazona y conocedora del arte de leer y escribir, cualidades que le permitirán administrar las posesiones de su esposo e, incluso, ostentar la regencia de Valencia. Pero la novela es mucho más, pues, aparte de una brillante crónica del siglo XI español, la biografía de Jimena es también el relato de otras vidas, tales como, por supuesto, la de un Cid vivo y carnal, alejado del mito loado en los cantares de gesta, así como las de la reina Sancha, del rey Alfonso VI, de su hermana doña Urraca –en mi opinión, uno de los más logrados caracteres- y de santa Casilda, una princesa árabe que abraza la fe cristiana y capitanea un ejército de amazonas en los bosques burgaleses.
Puesto que un tirano límite de líneas me impide extenderme cuanto quisiera, es mi propósito destacar la naturaleza de Jimena como dama cristiana aunque hembra apegada a la tierra, pues nuestra mujer, sin abjurar de la fe de sus padres, no reniega de los ritos paganos, cuya sabiduría manante de los ciclos y fenómenos de la Naturaleza es una fuente de conocimientos preservados y transmitidos en el gineceo con ocasión de un consejo para la elaboración de un guiso o recomendando la infusión de ciertas hierbas para evitar una preñez no deseada. Es así que Magdalena Lasala nos revela a Jimena como una doncella castellana que, no iniciada en el refinamiento erótico de una odalisca, escucha el eco de su entraña para gozar en su noche de bodas con el deleite del joven Rodrigo. También la esposa del Campeador, sin descuidar sus devociones, prestará atención al aviso de un sueño, de un mal presagio, que, desde muy joven, turbará el descanso de la esposa, de la madre, de una mujer midiendo su tiempo por las ausencias de quienes se fueron: su hijo Diego, después, su marido y, andando los años, su hija María y su nieta Mariíca, pero siempre aferrada a la vida por la luz, no por las sombras, dejada por quienes le precedieron en su ida al Más Allá.
Y si en las dos primeras partes (“La edad de la doncella. Negro” y “El tiempo de la luna llena. Blanco”) asistimos al aprendizaje de la mujer concebido como un viaje iniciado en la oscuridad y atravesando un alba esplendorosa, en la última parte (“La mujer sabia. Rojo”), escuchamos la voz de Jimena retirada en el monasterio de Cardeña y escribiendo para su nieta Jimenica la memoria de un conocimiento rojo como el ocaso “por todo el saber acumulado”, anhelando, eso sí, que sea el candor de la niña quien guíe a la abuela por el claustro y los pasillos del convento en pos de la luz, del calor, de un eterno reposo.

Julio Cristellys Barrera

Recuerdos: don Nicanor tocando el tambor

Paseando una tarde por nuestra calle de Alfonso, durante las pasadas Fiestas del Pilar, (impresionante la asistencia de público y el ambiente popular), inconscientemente recordé las vivencias de otros “Pilares” en mis años de niño y adolescente. El agridulce sabor de la nostalgia nos sorprende a veces y nos encoge el alma. En aquellos tiempos difíciles, con medios económicos muy limitados, celebrábamos unas fiestas que se me antojaban más familiares y entrañables que las actuales. Quizá los seres humanos tenemos cierta tendencia a pensar (ya lo decían las coplas de Jorge Manrique), “como a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor”.

Recuerdo aquellos puestos callejeros en que vendían rodajas de coco, manzanas rebozadas de caramelo, chupones de todos los tamaños… A los niños, naturalmente, nos encantaban “Las Ferias”, que llegué a conocer instaladas al principio de la Gran Vía, cerca de la plaza Paraíso. Paulatinamente, conforme avanzó la urbanización, fueron alejándose del centro hasta llegar a su actual ubicación en Valdespartera.

Atracciones hoy desaparecidas como los charlatanes que vendían hojas para las maquinillas de afeitar y otros objetos (el inefable León Salvador y su sucesor Quinito García), la garita de “Champán del Toro”, aquella barraca, que yo no llegué a ver pero me han contado muchas veces, en la que se anunciaba con grandes carteles “SÓLO PARA HOMBRES” y en su interior sólo mostraban un pico y una pala de peón caminero…

Y los circos. Price, Gran Circo Americano… Los payasos, Rico y Alex, Popof y Tedy, Hermanos Tonetti… Recuerdo que, en una ocasión, vino en uno de ellos el mismísimo “sobrino” de Búfalo Bill con su comparsa de indios y cow-boys.

Cada año se ponía de moda una baratija que los vendedores callejeros pregonaban a los cuatro vientos. Personalmente nunca olvidaré a “Don Nicanor tocando el tambor”. Era un pequeño monigote de cartón por cuya parte inferior sobresalía un hilito. Pues bien, tirando de él sus brazos bajaban a golpear un tamborcillo acoplado a su cintura. El mecanismo interior no podía ser más elemental. Me hizo tal gracia el moñaco que no paré hasta que mis padres me lo compraron. Durante mucho tiempo lo conservé en el cajón de mi mesilla.

Como iba diciendo, paseando por la calle de Alfonso, mis ojos se fijaron en un niño de unos tres o cuatro años que, vestido con las graciosas prendas infantiles que ahora se estilan, marchaba de la mano de sus padres. Mirando a todas partes, sus ojos con un brillo especial irradiaban asombro, entusiasmo, felicidad.

¡Cómo disfruta esta criatura!, pensé. Todo para él es nuevo. Todo le parece fantástico y maravilloso.

Al alzar la vista, contemplé mi propia imagen en el cristal de un escaparate que hacía de espejo. Las arrugas de mi frente, las canas de mis cabellos… y comprendí que dentro de sesenta años aquel niño también se acordaría de su propio “Don Nicanor tocando el tambor”. No importa, me dije, en cualquier caso y en cada momento, la vida merece la pena ser vivida.

Manuel Garrós

Hékabe

El pasado 30 de enero y con el título “Hékabe: un poema mítico que canta a la vida”, se celebró en nuestra ciudad un acto singular e infrecuente como es la lectura de un hermoso y erudito poema –Hékabe- por el autor de sus versos, el escritor zaragozano Fernando Burbano, quien, concluida su declamación, expuso las claves literarias de su nueva obra.

Como dice Fernando, es su creación un metapoema, una original interpretación del mito homérico de la esposa de Príamo, rey de Troya, ambos padres de Paris, el raptor de Helena.

El poema, una composición de 261 endecasílabos dividida en cinco partes (“Del principio”, “Yo, la Perra”, “De los nombres significantes”, “Troylo” y “Y coda lírica”) comienza: “De Talía voz, de Melpómene eco;/ me llamo Hekabe, me digo Hékabe.”, pues la mujer, la esposa, la reina, la madre, es la cronista de su pasado (“Arribamos a Troya en pleno invierno,/ a tiempo de proclamar el nuevo año.”) y la narradora de su presente (“Príamo duerme. Yo miro la Luna,/ la Nueva Luna que enciende mi vida”,), pero ignora el funesto presagio que acecha su ciudad (“La nave toca puerto, Paris baja/ a tierra con una hermosa mujer…/Helena de Esparta… Casandra grita…”).
Oímos el canto de una soberana, Hékabe la Perra (“Tal vez fue un error contar el suceso,/ pues a partir de entonces me llamaron/ Hékabe la Perra. No importa nada,”), poderosa no por su cetro, sí por la sabiduría manante de su terrenal femineidad (“Nunca les revelaré mi secreto:/ que años y más años de observación/ hacen de los pastores de mi casa/ las mejores comadronas del mundo/ helénico…”) y de su dotes, cual una hechicera, para interpretar los sueños (“y les relaté una vieja experiencia/ cual que sueño: cómo, cohabitando/ dos viejas perras preñadas, parió/ una antes que la otra: ésta no duda/ en devorar los cachorrillos ciegos/ de la recién parida y compañera.”)
Hékabe, la madre, se esmera escogiendo nombre de sus hijos, cada uno con su significado (“Héctor, puntal, columna del ejército”, “Paris, el zurrón”, “Casandra, la que enreda a los hombres”, Troylo, troyano de Ilión”), pero, como nos apunta Fernando, la reina, no nos revela el secreto del suyo, aunque no esconde su pavor por las batallas (“… Me gustan los héroes/ en los cantos de los poetas. Nunca/ en mi familia. Siempre mueren jóvenes.”), si bien comparte con Príamo, su esposo, su confianza en la imbatible Troya (“…Príamo/ reía silencioso tras sus barbas;/ conocía sin duda la función/ de Troya viva en el mundo real.”).

No son los versos el himno de una heroína, no, es mucho su apego a la vida (“… Canto a la vida llena,/ a la viva esperanza vigilante,/ silencioso cantar que desdibuja/ ruiseñor y oración que me descansa.”), a la propia y a la de su familia (“Híncase el mote: soy la perra Hécabe;/ la perra, sí, ¡y cómo morderé/ si el ataque amenaza es a los míos!”), aunque, como nos desvela Fernando, Hékabe significa “moviéndose en la lontananza”, un brumoso ideal, apenas percibido, por siempre inasible, “Hékabe, hékabe, Hékabe, hékabe.”

Julio Cristellys Barrera

In memoriam Antonio Beltrán Martínez (Sariñena, 6.IV-1916 - Zaragoza, 29-IV-2006)

A mediados de octubre de 1959, con diecisiete años y medio, accedí a la Facultad de Filosofía y Letras tras superar en septiembre los exámenes del curso preuniversitario. En aquellos años y a los de mi tiempo, todos los catedráticos nos parecían muy mayores, aunque no lo fuesen en edad. Por entonces, Antonio Beltrán contaba cuarenta y tres años, más o menos como tantos otros ilustres maestros; pero su jovialidad, su sentido del humor, su avidez para transmitir el conocimiento, para hacernos vivir y revivir las huellas del pasado, los misterios del hombre paleolítico o la vida palpitando en monedas mohosas o en reproducciones en yeso de bifaces líticos, nos llevaba a implicarnos apasionadamente en la aventura de la historia. Cómo no recordar entrañadamente excursiones en vetustos vehículos colectivos ¾alguno auténtica pieza de museo salida del Parque Móvil¾, las caminatas por la Serranía de Albarracín para emocionarnos al identificar las figuras blancas de los abrigos, la visita minuciosa a Sagunto en abril de 1962 ¾donde nos recibió don Pío Beltrán obsequiándonos con naranjas¾ y la inolvidable visita a Valencia, en cuya primera noche todos fuimos a ver El manatial de la doncella, del realizador sueco Ingmar Bergman.
La última vez que estuve con Antonio Beltrán fue en la inauguración de la exposición de Arte Paleolítico en el Paraninfo. Estaba feliz; ni siquiera agotado por tanto abrazo recibido, consciente de que una buena parte de su vida estaba allí, con los suyos que tanto amaba, con sus alumnos que tanto le hemos querido, entre las imágenes a cuya difusión había dedicado casi toda su vida. Me impresionaron sus ojos, de tal viveza como si no quisiera perder nada de lo que la vida, tan larga, tan fructífera, le estaba aún proporcionando. Al estrecharle entre mis brazos sentí que aquella bien podía ser la última despedida y los cuarenta y siete años que he convivido con Antonio Beltrán
¾como alumno, como claustral, como compañero, como amigo¾ también pasaron vertiginosamente por mis adentros.

En su ubérrima vida profesional, nunca suficientemente glosada, Antonio Beltrán ha tenido la doble capacidad ¾negada a casi todo el resto de los mortales¾ de elevar la sabiduría popular a categoría científica (ahí estaban las sabias consejas de su abuela Tomasa o los chascarrillos con pastores y campesinos, reales y ficticios, en paridad con el mismísimo Confucio) y de transmitir el conocimiento científico a todos los sectores sociales. Dotado, además, del singular don de la palabra oral y escrita, Antonio Beltrán, don Antonio para toda la ciudadanía, nunca puso excusa alguna que le evitase acudir a donde era requerido: asociaciones culturales, clubes de jubilados, colegios mayores, colectivos feministas, municipios, juegos florales…, porque de tribunales, congresos, symposia, seminarios y jornadas, su relación nominal necesitaría muchas más páginas de las que cuenta este Boletín. Profeta en su tierra, Antonio Beltrán mantuvo su fidelidad con inquebrantable constancia. Y Aragón supo corresponder a su dedicación honrándole con premios y distinciones institucionales y, sobre todo, con el cariño de las gentes que le seguían con envidiable constancia en sus múltiples intervenciones, orales y escritas en los medios de comunicación social.

Y en su no menos gratificante vida personal, Antonio Beltrán ha sido un maravilloso cultivador del arte no siempre fácil de la amistad. Por ello ahora que tras tan rica y dilatada vida nos ha dejado para descansar eternamente con su esposa Trini y con sus padres, en el reseco y hermoso suelo monegrino que le vio nacer, el Ateneo de Zaragoza quiere gritar en su memoria el vítor clásico con el que tantas veces concluyó discursos y conferencias. Que Antonio Beltrán, don Antonio, vivas, crescas, floreas en nuestra memoria agradecida y emocionada.

José A. Armillas Vicente
Sección de Historia del Ateneo

Programación de la conmemoración del VIII centenario del poema del Cid

Acaban de comenzar en España las actividades que celebran el octavo centenario de la redacción manuscrita, de 1207, del “Poema del Cid”, por parte de Per Abbat, que fue simple copista, no autor de este poema que consta de 3.730 versos. La copia escrita que ahora se conmemora no es la primera, aunque sí la única conservada, y se guarda como el mayor de los tesoros en la Biblioteca Nacional.
Las Diputaciones Provinciales de Alicante, Burgos, Castellón, Guadalajara, Soria, Teruel, Valencia y Zaragoza, por ser sus tierras las que recorrió Rodrigo Díaz de Vivar (1040-1099) en sus dieciocho años de destierro, han constituido el “Consorcio de la Ruta del Cid en el Destierro”. Su gerente es Alberto Duque, de la Diputación de Zaragoza, y entre sus primeros objetivos se han propuesto hacer de la “Ruta del Cid en el Destierro” uno de los recorridos turístico-culturales más importantes de Europa, con una longitud de dos mil kilómetros, desde Burgos hasta Orihuela.
Esta ruta se ha fragmentado en etapas que se recomienda recorrer ya sea a pie, a caballo, en bicicleta o en automóvil. Cada viajero puede solicitar un salvoconducto, que es personal e intransferible; con él se pretende recuperar la esencia de este documento cuando en la Edad Media “permitía a personas y bienes pasar de un reino a otro sin menoscabo de sus propiedades” y se puede sellar en 60 localidades, en cada una con una estampa distinta. En la provincia de Zaragoza: en Ariza, Alhama de Aragón, Ateca, Calatayud, Daroca, Gallocanta y Munébrega. En la de Teruel: en Albarracín, Bronchales, Cella, El Poyo del Cid, Monreal del Campo, Montalbán, Mora de Rubielos, Orihuela del Tremedal, Rubielos del Mora y Teruel.

Recordamos que la provincia de Zaragoza, y muy especialmente la zona del río Jalón, es una de las mejor descritas en esta obra cumbre de la literatura épica europea.
TVE está grabando una serie de ocho documentales que muestran la vida del Cid, y el consorcio citado ha encargado la edición de guías turísticas y ha programado una serie de conciertos sobre el “Cantar de Mio Cid” a cargo de Emiliano Valdeolivas. Para dar a conocer la personalidad histórica del Cid, se preparan también ciclos de conferencias y exposiciones que tendrán lugar en un buen número de las 350 poblaciones que comprenden esta ruta.

En la sección de Literatura del Ateneo, inicialmente hemos programado una conferencia que impartirá en octubre un gran especialista de literatura medieval, profesor de la Universidad de Zaragoza, Alberto Montaner Frutos, que ya dio, como recordarán, en el palacio de Montemuzo, en 2001, una espléndida conferencia, dentro del ciclo dedicado por el Ateneo a Baltasar Gracián, con motivo de su cuarto centenario. El doctor Montaner dirigirá, entre los días 7 y 9 de noviembre, en el Real Monasterio de San Agustín, de Burgos, un congreso internacional organizado por el Consorcio, en el seno del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, titulado “Quanbiyatur/Campidoctor: El Cid en las fuentes árabes y latinas medievales”; en él expertos de diferentes universidades abordarán la transformación de la figura histórica de Rodrigo Díaz de Vivar en el mito literario del Cid Campeador, a partir del estudio de las fuentes históricas y literarias conservadas.

El Ateneo de Zaragoza desea el mayor de los éxitos al Consorcio organizador, con el que espera colaborar en la medida de sus posibilidades.

Dra. María Isabel Yagüe

Informe grafológico del autógrafo Maurice Ravel

Los rasgos del autógrafo de Maurice Ravel (Ciboure 7-3-1875 / París 28-12-1937) muestran una personalidad equilibrada. Además, nos dicen que se deja influir por los demás (los melómanos advierten ciertas influencias de Liszt y otros compositores), y, al mismo tiempo, que es muy reticente a aceptar normas. Quiere ser independiente y huye de los convencionalismos; su rigidez de conducta llega a reflejarse en su obra, lo que le valió el sobrenombre de “el relojero suizo”. Se trata, en todo caso, de un individuo detallista y metódico.

Es una persona orgullosa, consciente de su propia valía y se siente triunfador; se preocupa por la crítica y demuestra afán por sobresalir. Su escritura indica cierto aislamiento, frecuente en artistas; es un hombre bastante reflexivo, con una gran vida interior que le hace sentirse un poco en las nubes. Tiene dificultades para entrar en contacto social, debido a su timidez.

Algunos rasgos parecen indicarnos que sobrevalora el dinero, bien por antiguas estrecheces o bien, como parece más probable, por no saber administrar adecuadamente sus bienes como ocurre, a veces, con personas demasiado generosas. Para terminar, añadir que es una persona libre, que dedica su vida a hacer aquello que le parece mejor y a hacerlo de la mejor manera posible.

Alfredo Vidal

Miembro de la Sociedad Aragonesa

de Grafología y socio del Ateneo.

La científica aragonesa Celia Sánchez-Ramos

La doctora Celia Sánchez-Ramos Roda (Zaragoza, 1959) ha generado una gran expectación pues se encuentra muy adelantado en su laboratorio el estudio del método de detección de la enfermedad de Alzheimer, a través del análisis de la sustancia del cristalino extraído en las operaciones de cataratas. Sánchez-Ramos es doctora en Medicina Preventiva, licenciada en Farmacia y diplomada en Óptica y Optometría por la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1986, es profesora en el Departamento de Óptica, a la vez que fundadora de los laboratorios de Neuro?Computación y de Neuro?Robótica, en los que ha registrado y patentado como propios 12 inventos, de propiedad industrial de esa misma universidad. Además, ha creado dos empresas, en el seno de la misma, llamadas Alta Eficacia y Tecnología y Factoría I+D; su objetivo es la comercialización de sus productos, de posterior aplicación en quirófanos y ópticas.

De entre sus logros más acreditados, voy a referirme, en román paladino, a unas lentes de contacto comunes, en combinación con un filtro de pigmentación amarilla, con las que se absorbe parte del espectro de la luz azul y violeta y se protegen los ojos de la degeneración de la retina asociada a la vejez. Con una simple aplicación de una lente oftálmica se protegen los ojos operados de cataratas y aquellos que sufren procesos neurodegenerativos conducentes a la ceguera. En esta misma línea, ha patentado para conductores de vehículos por carretera unas gafas de seguridad con un cristal tratado con un elemento filtrante y transparente que mejora la agudeza visual durante la conducción nocturna, también fabrica gafas para personas expuestas a altas intensidades lumínicas como soldadores o esquiadores.

Entre sus premios, citamos sólo el más reciente: en abril de 2010 recibió el Gran Premio del XXXVIII Salón Internacional de Inventos de Ginebra, con Medalla de Oro y la Felicitación Especial del Jurado por la mejor invención: «Método y dispositivo para el reconocimiento del individuo basado en la imagen de la retina cuando una persona fija la mirada en un objeto». Ha creado un aparato que lee en nuestra córnea si lo miramos fijamente y con el que quedamos registrados —como cuando dejamos nuestra huella digital en una superficie—. Las características de nuestra córnea son unipersonales e irrepetibles, ello permite que, si miramos al lector, éste nos reconozca, por ejemplo, como al propietario y se abra la puerta de nuestro domicilio o de nuestra caja fuerte. Igualmente, si nos colocamos delante de la puerta de un laboratorio o de la cárcel.

Animo a los lectores de este artículo a que consulten la página web de doña Celia (www.celiasanchezramos.com), en ella se explican todos estos avances detalladamente y con términos más técnicos; además allí se puede volver a ver una reciente entrevista en Televisión Española, en la que esta incansable mujer afirma que se siente orgullosa de ser de nuestra tierra pues reconoce a los aragoneses como «personas sólidas, constantes en el trabajo y que no redran ante los obstáculos». Seguro que cuando decía esto pensaba en Ramón y Cajal o en María Moliner, por ejemplo.

Dra. María Isabel Yagüe

Instantes de la Semana Santa de Zaragoza

Domingo de Ramos

12 h.: Plaza San Cayetano. Salida Cofradía de la Entrada de Jesús de Jerusalén, notable por la bella marcha que la sección de tambores interpreta al iniciarse la procesión. 18,30 h.: Convento Agustinas de Santa Mónica al final de la calle Dr. Palomar. Salida Cofradía de Jesús de la Humildad y María Santísima del Dulce Nombre. Los pasos salen portados por costaleros y, dada la angostura de la puerta del convento, con enormes dificultades. Son unos minutos de indescriptible emoción que culminan con la interpretación de la Marcha Real a la salida del Palio de la Virgen. Saetas, lluvia de pétalos de flores, espléndido piquete de cornetas y tambores y banda final que interpreta motivos tan genuinamente sevillanos como “Pasan los Campanilleros” o la conocida “Saeta” compuesta por J. M. Serrat. Espurio, sin duda, pero precioso.

Lunes Santo

21 h.: Plaza San Miguel. Salida Cofradía Esclavitud de Jesús Nazareno. Cuentan con uno de los mejores piquetes de cornetas de Zaragoza. Una de las mejores entradas en San Cayetano de la Semana Santa de Zaragoza.

Martes Santo

Cofradía del Descendimiento de la Cruz y Lágrimas de Nuestra Señora; cuenta con una gran sección de tambores y bombos. Otra de las mejores recogidas o entradas de la Semana Santa zaragozana. Marcado acento aragonés con jotas incluidas.

Miércoles Santo

21,30 h.: Plaza San Cayetano. Salida Hermandad de San Joaquín y la Virgen de los Dolores. De gran seriedad y perfección. Ver sobre las 23,30 h. el discurrir de esta procesión por calle Dormer y Plaza de la Seo. Sección no muy numerosa pero sumamente acompasada de tambores y bombos. Acto del Encuentro con Jesús Camino del Calvario a las 12 de la noche en la plaza del Pilar. A la misma hora y de la Parroquia de Altabás, en calle Sobrarbe, sale y discurre por las callejuelas del barrio del Arrabal la singular y personalísima procesión, que sustituye los tambores por las roncas matracas, que porta el mejor paso de la Semana Santa zaragozana. Un bellísimo Ecce Homo del siglo XV que se venera en la iglesia de San Felipe.

Jueves Santo. El gran día de la Semana Santa zaragozana. Comenzar a las 12 h., en la Plaza de San Felipe para ver la bonita salida de la cofradía de la Coronación de Espinas y seguirles por calle Alfonso y plaza del Pilar hasta La Seo. Podemos continuar a las 19,30 h. en iglesia de San Pablo con la muy popular salida de la Cofradía del Silencio (magnífico el paso del Cristo Crucificado) y sus trompetas heráldicas. De la iglesia de Santiago, a las 21,30 h., sale la más larga, espectacular y con mejor y más variado sonido de tambor y bombo de toda la Semana Santa de Zaragoza. Es la procesión de Jesús Atado a la Columna que porta cuatro pasos –imponente, dramático y majestuoso el Señor Atado a la Columna de José Bueno–. A las 12 de la noche sale la Piedad de San Cayetano. La Virgen de la Piedad –otro estupendo paso de Palao– y el Cristo del Refugio (de Juan de Mesa), se erigen año tras año en la procesión más querida por los zaragozanos. A la una del ya Viernes Santo hemos de estar firmes y ocupando la mejor posición posible en la plaza de San Cayetano, donde van a entrar sucesivamente Nuestra Señora de la Asunción y Llegada de Jesús al Calvario que vienen desde el barrio Oliver, portan pequeños y modestísimos pasos y logran, no obstante, una de las mejores entradas que se pueden ver, en la que se entremezclan la saeta, las cornetas y la percusión en una entusiasta combinación que resulta conmovedora. Sin solución de continuidad, el gigantismo de Jesús Atado a la Columna y sus cuatro pasos van a circundar la plaza de San Cayetano, escucharemos jotas de despedida y un inenarrable estruendo in crescendo que llega a ser estremecedor cuando el coloso de la Columna se encierra en la iglesia. La noche puede culminar en la misma plaza con la entrada de la Institución de la Sagrada Eucaristía (La Última Cena) con sus dos pasos, uno de ellos con costaleros y banda de música o bien, hacia las dos y pico de la madrugada, en la plazuela de San Nicolás con la recogida del paso de la Piedad.

Luis Betrán Colás

San Adrián de Sásave

Una de las joyas del románico aragonés es la iglesia oscense de San Adrián, resto del importante centro monástico del mismo nombre que, próximo a Borau, durante largo tiempo fue sede episcopal de Aragón.

El titular es San Adrián, centurión romano en tiempo de Maximiliano al que se encargó la custodia de 33 cristianos para conducirlos al martirio. Adrián se interesó por ellos, por su situación y la razón por la que admitían sufrir el martirio. Ellos le explicaron su fe, sus ideales y la esperanza de conseguir la gloria de los mártires cristianos. El razonamiento convirtió a Adrián, se hizo cristiano y liberó a sus prisioneros.

Pero él fue apresado y torturado con el objeto de que revelara el lugar donde se escondían los cristianos liberados. Se negó a descubrirlos, por ello, trajeron a su esposa Natalia para que lo convenciera. Ésta, que era cristiana, no sólo no intentó convencerlo de que descubriera dónde se ocultaban, sino que le alentó a que se mantuviera firme y pensara en la gloria que era prenda de los mártires. Los verdugos le cortaron las manos y murió desangrado. Subrepticiamente su esposa las recogió y guardó una de ellas.

Poco después, Natalia y un grupo de cristianos se vieron obligados a huir para evitar ser encarcelados. Se embarcaron en una nave que hubo de soportar una tormenta. Natalia sacó la mano de su difunto marido, que había cogido como único equipaje, la puso sobre el timón y capeó el temporal hasta llegar a puerto. Ella regresó a la tumba de su marido y allí murió. Los enterraron juntos y la iglesia canonizó a ambos; su conmemoración se celebra el día 1 de diciembre.

En The Art Institute of Chicago (EEUU) se encuentra la arqueta, recubierto de plata repujada. En la cara frontal, se representa el martirio de San Adrián, se ve el tribunal y los verdugos que han cortado una mano y un pie del mártir. En la otra cara, se observa cómo un barco atraviesa un mar agitado.

No hay duda de que la arquilla es de origen español, es más, dadas las circunstancias muy bien pudiera proceder de Aragón.

Prof. Dr. Jesús Osácar

Inés Fernández-Ordóñez. Nuevo miembro en 2011 de la Real Academia de la Lengua Española

Hace poco más de dos meses que Inés Fernández-Ordóñez (Madrid, 1961) ha sido elegida miembro de la Real Academia Española. En esta institución, dirigida por mi profesor Víctor García de la Concha, estará acompañada por Ana María Matute, Carmen Iglesias y Margarita Salas, así como por cuarenta académicos, incluido el aragonés recién incorporado también en 2008, José Luis Borau.

La nueva académica pertenece a una familia de políticos e ingenieros y ejerce profesionalmente como catedrática de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid, donde ha unido en sus investigaciones la Lingüística y la Filología, según la tradición de la escuela filológica española, fundada por Ramón Menéndez Pidal. Ha sido discípula y compañera de Diego Catalán (fallecido en abril de 2008, hijo del científico aragonés Miguel Antonio Catalán y de Jimena Menéndez Pidal), y se ha especializado en Dialectología del español.

Inés Fernández-Ordóñez dirige la investigación que recoge el “Corpus Oral y Sonoro del Español Rural”, ayudada por sucesivas promociones de alumnos, desde 1990 hasta hoy. Este Corpus consta de 900 horas de grabaciones de la lengua hablada obtenidas en más de 720 pueblos de nuestra Península, puesto que, en palabras suyas, “Hay que investigar el español rural antes de que se pierda del todo”.

Fuentes consultadas en mis investigaciones destacan en ella sus publicaciones sobre leísmo, laísmo y loísmo, una de las áreas por las que es más conocida; se ha dedicado también al estudio de las crónicas históricas de la Edad Media, sobre todo las escritas bajo el patronazgo de Alfonso X el Sabio: la “Estoria de España” y la “General Estoria”, ambas escritas en torno a 1270-1284. En esta línea, esta catedrática ha publicado los volúmenes “Las Estorias de Alfonso el Sabio”, así como “Alfonso X el Sabio y las Crónicas de España”.

Tras su incorporación en la Academia de la Lengua, a la doctora Fernández-Ordóñez le gustaría, según ha declarado, trabajar en la elaboración del “Corpus Diacrónico del Español” que se está llevando a cabo en estos años, en el seno de esta institución fundada por Felipe V, en 1713.

Confiemos en que el escaso número de académicas vaya aumentando para dar sentido y contenido a la Ley de Paridad, ya que fuera de la Academia abundan mujeres de la talla de la propia Inés, así como de las otras tres académicas: la escritora Ana María Matute, autora, entre otras novelas, de “Los Abel” (1948) y “Olvidado rey Gudú” (1996) y Premio Nacional de las Letras Españolas del año 2007; la historiadora, Carmen Iglesias, Catedrática de Historia de las Ideas y de las Formas Políticas en la Complutense, autora de libros sobre Rousseau, Montesquieu, Comte, la Ilustración o los nacionalismos, y preceptora de SM el Príncipe Felipe. Y la científica, Margarita Salas, licenciada en Ciencias Químicas, trabajó con Severo Ochoa en EE.UU., autora de más de 200 trabajos científicos, Premio Nacional Santiago Ramón y Cajal. Actualmente, investiga en el Centro de Biología Molecular “Severo Ochoa”, del CSIC, acerca del virus bacteriófagoPhi29”. Pertenece a la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., primera mujer española admitida en esta institución.

Dra. María Isabel Yagüe

Dos damas, dos ancianas

Tras la visión de la película “Elsa y Fred” de Marcos Carnevale, después de leer la novela “Toda pasión apagada” de la escritora británica Vita Sackville-West, y recordando a las mujeres protagonistas de cada una, me he afirmado en mi idea de que la vejez, aunque ligada al declive del cuerpo, debe sentirse como la culminación de la Vida.

Es Elsa una alocada y extravagante anciana, que sueña con bañarse una noche en la Fontana di Trevi, tal como aparecía Anita Ekberg en “La Dolce Vita” de Fellini. Elsa logra su sueño. Ya sólo le resta morir.

La heroína de “Toda pasión apagada” es Lady Slane –su nombre es Deborah–, una dama de ochenta y ocho años, aún hermosa y muy distinguida, viuda de lord Slane, un antiguo virrey de la India y un antiguo premier británico. Muerto lord Slane, sus seis hijos se inquietan por su madre, puesto que su renta es algo exigua (¡Qué paradoja, después de los cargos que su marido había ocupado! ¿Ocurriría hoy lo mismo?). Lady Slane sorprende a sus hijos, pues quiere hacer su vida y regodearse en su vejez, alquilando una sencilla casa en Hampstead, sin otra compañía que una vieja doncella francesa y una asistenta para realizar, dos veces por semana, las más arduas tareas domésticas. En su juventud, Deborah, de casada lady Slane, quiso ser pintora, un anhelo a nadie revelado. Se lo impidieron su ventajoso matrimonio, el cuidado de sus seis hijos y, por supuesto, su reputación de intachable esposa de un insigne hombre de estado. Lady Slane, vieja y viuda, a diferencia de Elsa, ya no quiere hacer realidad su sueño, porque aquel sueño ha sido sofocado por otro: el goce de su ancianidad.

Mientras la insensata Elsa se las ingenia para seducir al taciturno Fred, lady Slane se rodea de tres ancianos: mister Bucktrout, su casero, mister Gosheron, un sencillo contratista de obras, y mister Fitzgeorge, un rico coleccionista de obras de arte, mísero como un mendigo, que la ha instituido como su heredera universal. Lady Slane renuncia a la herencia en beneficio de los museos que andan al acecho del legado artístico.

Elsa, ignorando los achaques de su edad, se refugia en su estrambótico capricho, le da la espalda a la Muerte, y la Muerte le atrapa. Vieja como es, se muestra adorable. De joven, la imagino algo atacante e insoportable. Al menos, eso dice uno de sus dos maridos.

Por el contrario, la discreta lady Slane ha plegado su vida al progreso de la carrera política de su marido y a la educación de sus niños, pero, viuda, ese título de lady Slane estorba a esta insigne dama. La viuda lady Slane ha optado por ser, de nuevo, Deborah y para ser Deborah no precisa coger los pinceles que nunca tuvo en la mano, ni buscarse un amante, ni tampoco hacerse con mucho dinero o eludir el aliento de la Muerte. No, Deborah pasea por los bosques de Hampstead, acepta, casi disfruta, de sus achaques, y cuenta con la tertulia de unos nuevos amigos. Deborah, lady Slane, muere después de que su bisnieta, de nombre Deborah como su bisabuela, le confíe la ruptura de su compromiso con un rico aristócrata en aras de una pasión: la joven quiere ser músico. Lady Slane no se ha bañado en la Fontana di Trevi, bastándole con acariciar el cabello de su bisnieta para, esa misma noche, recibir, como si una amiga fuera, a la Muerte, mientras la dama dormida estaba con un libro en su regazo, tal vez un poemario a la vida, al amor.

Elsa es divertida pero irritante, artificiosa. El temperamental estoicismo de lady Slane me conmueve. Qué no hubiera dado este articulista por ser uno de sus contertulios.

Julio Cristellys Barrera

Primer centenario en 2008 del nacimiento de Pablo Serrano, un escultor turolense venido de Uruguay

Dedicado a Mario Rubio, SDB.

Pablo Serrano Aguilar nacido en Crivillén (Teruel) en 1908, fue el mayor de cinco hermanos. El padre, veterinario de esta localidad, vino con toda la familia a Zaragoza en busca de un mejor futuro. Las primeras enseñanzas en nuestra ciudad las recibió Pablo de los Escolapios y, sobre todo, de su abuelo paterno que trabajaba como maestro carpintero en el Hospicio (Hogar Pignatelli) de la Diputación Provincial, donde tenía su propia vivienda. Aquí y en los talleres, que el gran artista aragonés elegiría en 1985 como sede de su Fundación-Museo, pasaba muchos días jugando y aprendiendo, hasta que en 1920 ingresó en las Escuelas Profesionales Salesianas de Sarriá (Barcelona).

En este homenaje particular que dedico a este gran artista aragonés, decirles que, durante los ocho años que duró su internado, recibió una completa formación profesional como escultor. En 1929, como religioso profeso, prefirió optar por prestar sus servicios a la comunidad salesiana en un país de misión. Su primer destino americano fue Rosario, Argentina, donde permanecería hasta 1934, como profesor de talla en la Escuela Profesional Salesiana de San José, dejando bastante obra artística, entre la que destacan las puertas de bronce de la cripta de la iglesia de este centro. Al año siguiente, no renovó sus votos religiosos y, en su condición de laico, marchó a Montevideo, donde con el mismo cargo ejerció en las Escuelas Profesionales Salesianas de esta capital de un país que vivía tiempos muy prósperos.

En 1938 se casó con María Lucía Real y nació, un año después, su hijo Pablo Bartolomé. Con un gran prestigio ganado, en su Taller de Arte Religioso trabajó incansablemente para poder cumplir con todos los encargos de esculturas destinadas a iglesias y conventos de todo Uruguay. Hasta 1955, Serrano estuvo presente en las mejores galerías sudamericanas –no sólo con obras religiosas- y recibió los más importantes premios artísticos. En 1939 lideró el grupo Paul Cézanne, introductor en América del Sur del arte de vanguardia en Europa.

Nacionalizado uruguayo en 1941, vino a España en 1955 representando a Uruguay en la III Bienal Hispanoamericana de Arte, en Barcelona, obteniendo el primer premio con el busto-retrato de Joseph Howard. En 1956, se instaló definitivamente en Madrid, no sin ser recibido en su pueblo natal en olor de multitud. En esta época conoció la personalidad y las obras de Oteiza, Chillida, Chirino y Julio González. Participó en el grupo El Paso y viajó por toda Europa para completar su formación artística. En el Ateneo de Madrid, expone 43 obras en una muestra que será itinerante por toda España, entre ellas, el busto-retrato de Camón Aznar, valedor en Aragón de Serrano. Durante treinta años, hasta su fallecimiento, esculpió la colección de “Bustos-retrato”, destacando los de Ramón y Cajal, Antonio Machado, Miguel Labordeta, José Luis Aranguren, Luis Gómez Laguna o Camilo José Cela, que le hicieron estar en la vanguardia de la escultura contemporánea. Por toda España, se pueden contemplar además sus esculturas monumentales, por ejemplo, las dedicadas a Pérez Galdós, Unamuno o Indalecio Prieto o la que se puede verse estos días ante la fachada de la sede principal de Ibercaja, Homenaje a la mujer labradora, que habitualmente se ubica en Teruel. Destacamos aquí las entrañables de San Valero y el Ángel de la Ciudad, de la puerta principal del Ayuntamiento de Zaragoza, o el altorrelieve de la Venida de la Virgen del Pilar, de la fachada sur de nuestra Catedral-Basílica.

Le han dado fama mundial sus colecciones “Hombres-Bóveda”, “Unidades-Yunta” y “Panes compartidos”. Ganó múltiples premios en certámenes artísticos y recibió, entre otros galardones, la Medalla de Oro de Zaragoza, el Premio Príncipe de Asturias, ambos en 1981, y en 1984 se le concedió el Premio Aragón a las artes. Falleció el 26 de noviembre de 1985. El féretro de este aragonés universal salió de su residencia, en la Castellana, portado a hombros por vecinos de Crivillén que lo condujeron al cementerio de San Isidro.

Dra. María Isabel Yagüe

Cinco Premios Nobel para cinco grandes figuras: Rita Levi-Montalcini, Elinor Ostrom, Herta Müller, Elizabeth Blackburn y Carol Greider (II)

Continuando con nuestras premios Nobel de 2009, nos corresponde en este segundo artículo tratar, en primer lugar, de la australiana Elizabeth Blackburn. De padres médicos, nació en 1948 en Hobart, Tasmania. Se licenció en Bioquímica en la Universidad de Melbourne y se doctoró en Biología Molecular en 1975 por la Universidad de Cambridge donde conoció, una vez adquirida la nacionalidad norteamericana, al que sería su esposo, también biólogo molecular.
Le ha sido concedido el premio Nobel de Medicina por sus investigaciones, en la Universidad de California, sobre los telómeros, la secuencia única de ADN que previene el envejecimiento y degradación de los cromosomas. Las telomerasas son enzimas que protegen los extremos de los cromosomas de la misma manera que las puntas plásticas impiden que los cordones de zapatos se deshilachen. Este descubrimiento permite entender mejor el proceso de envejecimiento y supone un gran progreso en el estudio del cáncer y de las células madre.

“Hay evidencias científicas que muestran que en el caso de las células, la telomerasa es suficiente para hacer una célula inmortal, es la fuente de la inmortalidad”, afirmó Blackburn en declaraciones a Radio Nacional de España, recogidas por Europa Press. “En el caso de los organismos más complejos, la telomerasa es uno de los factores que favorecen la longevidad, capaz de alargar en un 40 por ciento la vida de los ratones”, explicó. Es, por tanto, “uno de los mecanismos de longevidad mejor estudiados y que mejor base científica tienen”.

En 2001, Elizabeth Blackburn ingresó en la Comisión de Bioética de los EE. UU., pero se retiró en 2004, en desacuerdo con las restricciones que la administración de George W. Bush imponía en la investigación celular.
Carol Greider, también premio Nobel de Medicina, nació en 1961 en San Diego, California. Su padre era profesor de Física. Se doctoró en Biología por la Universidad de Santa Bárbara. Desde 1984, trabajó con Blackburn en su equipo de investigación, en jornadas de 12 horas de laboratorio, en su estudio de las telomerasas. Actualmente, es profesora asociada y directora del Departamento de Biología Molecular y Genética en la Universidad John Hopkins, en Baltimore. En 1997, se casó con Nathaniel Greider, profesor de Historia de la Ciencia.

Es de justicia mencionar en este artículo a la Nobel de Química de este mismo año 2009, Ada Yonath, investigadora líder en el área de la Biología Estructural. Yonath es la primera mujer que obtiene el Premio Nobel de Química, desde 1964. Las investigaciones de esta israelí se han centrado en el estudio de la estructura del ribosoma, en su sistema de síntesis de proteínas y en que la mayoría de los antibióticos de hoy en día curan algunas enfermedades mediante el bloqueo de la función de los ribosomas bacterianos.

Estamos seguros de que el próximo 2010 será tan pródigo como el actual en el reconocimiento a la labor científica, literaria, etc., de tantas y tantas mujeres que dedican su vida a lograr un mayor progreso y bienestar de las presentes y futuras generaciones, en esto siguen el ejemplo de la primera premio Nobel, Marie Curie. En ella va a centrar su conferencia el doctor Luis Miguel Tobajas -responsable con el doctor Fernando Solsona de nuestra Tertulia Royo Villanova de médicos humanistas-, el próximo mes de enero en el inicio del curso de la Real Academia de Medicina de Zaragoza, a cuya sesión ambos invitan a todos los ateneístas.

Dra. María Isabel Yagüe

Flora mágica aragonesa. La belladona

En nuestras montañas es frecuente la belladona (Atropa belladona). Su nombre genérico se deriva de las parcas. Éstas eran unas tres deidades hermanas, Cloto, Láquesis y Átropos, viejas encargadas de controlar la existencia de los hombres. La primera hilaba, la segunda devanaba y la tercera cortaba el hilo de la vida del hombre. Ello indica el concepto que se tenía de esta planta a causa de sus efectos mortales.
Se trata de una planta arbustiva con flores de forma parecida a una esquila, de color violáceo pardusco con un interior amarillento sucio. La parte más conspicua son sus frutos, como canicas, de color negro brillante que contienen alrededor de un 0,5 % de alcaloides tóxicos, cuya ingestión ha sido mortal en numerosos casos. En el verano de 1991, en el curso de una excursión por el valle Eriste (Benasque) unos niños comieron los atractivos frutos y no murieron, pero estuvieron varios días con funciones asistidas hasta que eliminaron los venenosos alcaloides. Estas substancias son absorbibles por la piel con efectos psicotrópicos por lo que se han usado en la confección del unto de las brujas.

Tiene un alcaloide, la atropina, con acción midriática (dilata la pupila del ojo), por lo que los oftalmólogos lo usan para examen ocular. Por otra parte, la dilatación de la pupila tiene efectos psíquicos sobre el interlocutor de quien la ejerce. En relación con este efecto es interesante el trabajo realizado por Eckhard Hess, profesor de psicología de la Universidad de Chicago. Este investigador descubrió que las pupilas de los ojos se dilatan y contraen en función de la iluminación, pueden hacerlo por el interés por el objeto o sujeto que está ante ellas. Los comerciantes chinos de jade observan los ojos del cliente para calcular el precio a pedir. Los compradores turcos de alfombras usan gafas oscuras. Las pupilas de una mujer se dilatan ante la fotografía de un bebe, las del hombre no. Con fotografías tomadas al azar encontró que los desnudos femeninos no dan estímulo ante una mujer y sí muchos en el hombre y recíprocamente.
Estas señales se obedecen sin comprenderlas. Las cortesanas de la época romana lo sospecharon, pues durante siglos han usado belladona para dilatar las pupilas de sus ojos para interesar a sus presuntos clientes en favor de su oficio y de ahí procede el nombre de belladona = bella dama. El famoso personaje ruso Rasputín podía contraer y dilatar sus pupilas a voluntad, y a ello se atribuye su influencia en la corte de los zares.
Otra pintoresca utilidad es la que aplicaban a los comensales indeseados que se adherían a una comida sin estar invitados. Para evitar escenas molestas con estos gorrones se les servía en uno de los platos una pequeña cantidad de raíz de belladona, al mascarla, el alcaloide paralizaba los músculos de la deglución y habían de abandonar el banquete.

Prof. Dr. Jesús Osácar

María Zambrano: pasión por España

María Zambrano Alarcón (Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991), hija de maestros de escuela, cursó sus primeros estudios en Segovia donde su padre, en la Escuela Normal, era compañero y amigo inseparable de Antonio Machado. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, y fue discípula de Javier Zubiri, Manuel García Morente y José Ortega y Gasset, su principal maestro. Con éstos, participaba, desde 1924, en la tertulia de la recientemente aparecida Revista de Occidente. En 1931, ejercía como profesora auxiliar de la cátedra de Metafísica de esa misma Universidad e impartía clases en el Instituto Escuela y en la prestigiosa Residencia de Señoritas. Al mismo tiempo, comenzaban a aparecer sus primeras publicaciones, entre otras, Nuevo liberalismo (1930) o Por qué se escribe (1931).

En 1936 se trasladó con su esposo, el historiador Alfonso Rodríguez Aldave, a Chile donde había sido nombrado secretario de la Embajada Española. En 1937, éste decidió participar en la Guerra Civil uniéndose al ejército republicano. María Zambrano se unió a la defensa de la república como Consejero de Propaganda y Consejero Nacional de la Infancia Evacuada.

El 28 de enero de 1939, Zambrano abandonó España cruzando la frontera francesa y comenzó un duro exilio que se prolongó durante cuarenta y cinco años. En primer lugar, vivió en Méjico donde ocupó la cátedra de Filosofía en la Universidad de Michoacán. En 1940, Lezama Lima la llamó a la Universidad de La Habana. Aceptó porque esta estancia le permitiría también –Zambrano era una gran oradora– impartir cursos y conferencias sobre Ortega y Gasset por todo el país cubano. Hasta 1952, alternó su trabajo docente en esta isla con estancias en la Universidad puertorriqueña de Río Piedras. En estos años americanos publicó, entre otros trabajos, Los intelectuales en el drama de España (1937), El pensamiento vivo de Séneca (1944) y La agonía de Europa (1945).

Separada de su marido, se instaló en 1953 con su hermana, en La Pièce, Francia, posteriormente, en la suiza Ferney-Voltaire; en ambas poblaciones, se dedicó exclusivamente a la redacción de ensayos sobre filosofía y, en menor medida, sobre literatura.

En 1981, con motivo de la concesión del premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, se sucedieron, en varias universidades españolas, los homenajes a la ilustre pensadora andaluza, que llevó siempre a España en su corazón y en su palabra. Un sector de la clase intelectual consiguió, en 1984, la vuelta a España de Zambrano y, una vez en Madrid, su casa se convirtió, como ella decía, en el Arca de Noé: siempre rodeada, en estos años tan felices, de escritores y profesores, que no le impidieron seguir escribiendo.

Se le concedió el Premio Miguel de Cervantes, en 1988: la actriz Berta Riaza leyó, en su nombre, su discurso titulado De lo que le sucedió a Cervantes, ante los Reyes, quienes entregaron el galardón a la premiada esa misma tarde, en su propio domicilio junto al Retiro.

Autora de 36 libros y colaboradora en 87 revistas especializadas de todo el mundo, ha influido en el pensamiento occidental de los siglos XX y XXI; en su último artículo, Los peligros de la paz, abordó el horror que sentía ante la I Guerra del Golfo.

El 6 de febrero de 1991, Zambrano falleció en Madrid. Su tumba se encuentra en el cementerio de su pueblo natal, entre un naranjo y un limonero. En ella, se lee la inscripción que María había elegido, del Cantar de los cantares:

“Surge amica mea y veni”.

Dra. María Isabel Yagüe

Los sellos terapéuticos de Arnaldo de Vilanova

En el siglo XIII la personalidad del aragonés Arnaldo de Vilanova domina el ambiente europeo. Fue diplomático, alquimista, filósofo y famosísimo médico. Su formación fue estricta, estudió en las Universidades de mayor prestigio en su época. En Montpellier, alcanzó el título de Magister en Medicina (1260) y posteriormente (1260) amplió su estudios médicos en Nápoles. Desem-peñó una cátedra en Montpellier donde llegó a ser rector. No obstante, utilizó métodos que se pueden considerar como supersticiosos. Así, curó a Bonifacio VIII el cálculo biliar que padecía, mediante un sello en forma de león. También, escribió un tratado sobre sellos y amuletos. Por ello, fue acusado de superstición por sus enemigos que también le acusaron de recurrir al influjo de los astros, usar mixturas exóticas, aplicar prácticas hipnóticas y comerciar habitualmente con el diablo. A esto res-pondía Arnaldo: “El ascendiente del médico sobre el paciente es algo pri-mordial, figura entre los principales facto-res de curación y no se debe descuidar ninguno”.

En la figura se muestra un sello diseñado por Arnaldo de acuerdo con los conceptos alquímicos entonces vigentes. Presenta una montaña en cuya ladera frontal están los símbolos del fuego y del agua; la pareja de opuestos, cuyo concepto ya se encuentra en las tradi-ciones indostánicas (Jung) donde consti-tuyen un yantra, símbolo de la unión de Shiva y Sahakti, personificación de lo masculino y lo femenino. Este criterio también se encuentra en la obra de Aristóteles quien admite la existencia de dos exhalaciones opuestas. La montaña simboliza el horno alquímico que ha de realizar la unión de los opuestos para obtener el cuerpo doble, la GRAN OBRA, en este caso bajo el aspecto de “panacea universal”, la medicina para curar todas las enfermedades. La consecución de este proceso de unir los opuestos se representa con el símbolo de la conocida estrella de Salomón: A, que aparece en la parte superior entre nubes de triunfo.
Posteriormente, Paracelso imitó el método de los sellos, dibujándolos sobre chapas metálicas y extendiendo su apli-cación a los temas más diversos: para la salud de los caballos, para obtener y conservar rebaños, para protegerse con-tra las moscas. También se le acusó de superstición a lo que aduce que: “Dios que habita en los cielos, es capaz tam-bién de inducir y conferir las virtudes operativas de este metal así preparado”. En igual situación Arnaldo se limita a atestiguar que sus sellos son eficaces, sin explicar el origen de su acción. Lo que sí es presumible es que nuestro compatriota, de alguna manera, intuye que la sugestión determina un efecto positivo para la curación del enfermo.

Prof. Dr. Jesús Osácar

IV centenario de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha. Simbología de la bajada de don Quijote a la cueva de Montesinos

Don Quijote deseaba visitar la cueva de Montesinos, próxima a una de las lagunas de Ruidera, donde nace el Guadalquivir, y consigue como guía al Primo, loco por su mucha erudición con quien Cervantes se burla de los sabios de su tiempo. Don Quijote y Sancho llegan, conducidos por aquél, a la cueva (II, XXII) donde el ingenioso hidalgo se introduce atado con una soga.

Este episodio es enigmático y en su interpretación hay autores, como Cirlot, que opinan que debe usarse la clave simbólica. El propio Cervantes lo deja al buen sentido del lector cuando por boca de don Quijote dice: tú, lector, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere.

En el ambiente medieval, la caverna, según Cirlot, representa el corazón, precisamente este concepto aparece en el mismo epígrafe de este capítulo vigésimo segundo de El Quijote: la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha. Otros autores, junto a Cervantes, utilizan este recurso literario, recordemos la cueva de Melisa del Orlando de Ariosto, la de Ardano de la Angélica de Lope de Vega, la de Fitón de La Araucana de Ercilla, etc.

El descenso al interior de la tierra se considera como un regressus ad uterum. Platón, en La república, VII, interpreta la bajada a la caverna como una iniciación necesaria para encontrar el significado de la vida, aunque una larga permanencia en la caverna es entendida por él como un estado antinatural del hombre, por ello, debe salir al exterior para la contemplación de la realidad y la búsqueda del bien y la verdad.
Este ingreso presupone una purificación que tiene un paralelismo con el proceso alquímico de la nigredo. Ésta habitualmente se simboliza por el levantamiento de una bandada de cuervos, y es esto precisamente lo que ocurre cuando don Quijote esgrime la espada para despejar la entrada de la cueva de las malezas que la obstruyen.

Nada más descender, se encuentra una concavidad amplia en la que decide descansar y en donde se queda profundamente dormido. Durante el sueño aparece en la mente de don Quijote una serie de imágenes arquetípicas del ambiente caballeresco que van dibujando ante el lector la personalidad del soñante. Este sueño está inspirado en el episodio de Las sergas de Esplandián y recoge una serie de elementos carolingios y artúricos, de acuerdo con las peculiares variantes del romancero castellano:
Don Quijote se encuentra con el anciano caballero Montesinos custodiando el cuerpo de su primo Durandarte. Ambos permanecen en la cueva encantados por Merlín, el mago de las leyendas artúricas. Durandarte era un paladín de la corte de Carlomagno que, como todo caballero, tenía una dama: Belerma. Durandarte había encargado a Montesinos que, si moría, le extrajera el corazón y lo llevara a su amada como ofrenda de amor. En el episodio de Roncesvalles, muere Durandarte y su primo cumple su deseo pues le saca el corazón con la ayuda de una daga y lo lleva a Berlerma que vive en Francia.

Al final del capítulo que nos ocupa, aparecen tres labradoras encantadas que don Quijote inmediatamente identifica con las que Sancho le había presentado como Dulcinea y sus damas. Una de ellas se acerca tímidamente al caballero andante y le ofrece un faldellín como prenda de un préstamo de seis reales. Este ofrecimiento es una parodia simbólica de la entrega de un pañuelo u otra prenda con que la dama solía obsequiar a su caballero, para que la luciera en los torneos. Aquí, en vez de tratarse de un objeto lujoso, es una prenda utilitaria y, para más humor, sobre la que pide dinero, manifestando que también los encantados tienen necesidad del vil metal tan necesario en todas partes: ésta que llaman necesidad por todo se extiende y a todos alcanza, y aun hasta a los encantados no perdona.

Doctores Jesús Osácar y María Isabel Yagüe

Palacio de los Luna de Zaragoza

El edificio que aloja la audiencia es un palacio del siglo XVI emblemático por varios conceptos y singularmente conspicuo por su original portada. Se supone que el diseño fue inspirado por el hijo del conde: Pedro Martínez de Luna y Mendoza, abad de Montearagón y rector de la Universidad de Salamanca en 1555. Consta que conocía a Platón y también los Diálogos de Amor de León Hebreo. El diseño es un arco de triunfo con procesión triunfal. Está flanqueado por dos gigantes armados de porra. Los simbologistas los han identificado con Hércules a la derecha y Teseo a la izquierda. Los dos héroes más famosos de la mitología griega.

Ambos realizaron numerosas hazañas de carácter beneficioso por lo que ambos se consideran como símbolos del orden social. Es un distintivo de Hércules ir vestido con una piel de león y cubierta su cabeza con la melena del mismo animal cuya muerte fue el primero de sus famosos doce trabajos. Su arma predilecta es una maza hecha de un olivo entero que arrancó de cuajo.

La mitología herculínea está muy vinculada a Aragón y se recuerda en numerosos lugares. Se le atribuye la refundación de la ciudad de Tarazona, en cuyo escudo se lee: Tubalcain me edificavit, Hercules me reedificavit, victrix fidelisima Turiaso. También aparece citado en algunas inscripciones de Huesca y, en el patio de la Infanta, varios relieves representan sus trabajos en parangón con las hazañas de Carlos I. Se le atribuye la formación de los Pirineos, para colosal tumba de la bella Pirene, hija del rey Tubal. Ésta fue perseguida por el gigante Gerión, Hércules quiso salvarla pero llegó tarde y como homenaje amontonó tierra sobre su tumba hasta formar los Pirineos.
El otro héroe: Teseo, era pariente de Hércules y aspiraba emular las hazañas de éste. También porta una maza como trofeo obtenido al vencer al bandido Perifetes. Mató al Minotauro, que tenía el cuerpo de hombre y la cabeza de toro, que se le atribuye la representación de su propia y desordenada concupiscencia. Teseo fue un organizador, estableció las reglas de la lucha e instauró un estado democrático. Los dos gigantes, colocados a ambos lados de la entrada, pueden significar: La diligencia y vigilancia con que deben conducirse las autoridades.

En el centro del tímpano se halla una cabeza con corona de radios simbolizando Helios, el sol, flanqueado por dos leones rampantes, animales de carácter solar. Esto en relación con Hércules que se le considera vinculado con Helios y sus doce trabajos con los signos del Zodiaco. A ambos lados sus dos hermanos: Eos, la Aurora, a la izquierda descubriéndose la cabeza y al otro lado Selene, la Luna cubriéndose con el manto de la Noche.

Inmediatamente debajo hay un friso con un desfile en el que, entre otros motivos, hay elefantes; representa el Triunfo de César. En los frisos también hay figuras alusivas: el que se halla encima de Hércules presenta dos amorcillos con una copa, simbolizando la atracción que inspira la virtud que se halla guardada en copa. En el otro, hay dos sátiros, símbolos de la concupiscencia que hay que combatir.

En las enjutas, sendos medallones con rostro humano que se interpretan como hombres destacados en virtudes cívicas. El que se encuentra junto a Hércules puede ser Julio César a quien se ha considerado como virtuoso en sentido clásico.

Prof. Dr. Jesús Osácar

Tratado de los jarabes de Miguel Servet

Miguel Servet (1511, Villanueva de Sijena, H.- 1553, Ginebra), publica en París, en 1537, Syruporum universa ratio ad Galeni censuram o Razón Universal de los jarabes, según inteligencia de Galeno.

Esta obra, que escribe cuando era estudiante de medicina y de la que se realizan seis ediciones antes de la muerte en la hoguera de su autor, por decisión de la Inquisición de Juan Calvino, ha sido de una gran utilidad para médicos, farmacéuticos y particulares ya que en ella se reúne “bajo el nombre de jarabes, a todas las pociones dulces que sirven para exonerar el vientre, que son astringentes, que son con-cocientes y que son diuréticas. Se añade la miel para la conservación del medicamento, por la suavidad del gusto y sus virtudes propias”.1 En este tratado, además, según el Dr. Fernando Solsona, especialista en Servet, se avanzan las propiedades de los cítricos, por su aportación de vitaminas al organismo.

La mayor parte de las recetas que nos ofrece Servet están compuestas bajo la influencia directa de Claudio Galeno (n. 129 d. C.); así, del libro IX de De compositione medicamentorum, de este médico romano, toma la receta del jarabe aconsejado para actuar contra la ictericia obstructiva del flujo normal de la bilis hacia el intestino, preparado a base de jugo de quelidonia mezclado con mulsa (vino con miel).

Pero el sabio aragonés, a quien el Ateneo de Zaragoza dedicó, en su casa natal, una placa en su honor, en 1984, no utiliza sólo una fuente de información; para los enfermos del bazo, Servet recomienda un jarabe que él recoge del libro XIII de Del método del médico griego Asclepíades (128-56 a. C.), elaborado con el cocimiento de cinoglosas y jugo de camedros, plantas utilizadas hoy, la primera, para limpiar las vías respiratorias, y la segunda como febrífuga.

De Materia Médica del médico de los ejércitos de Nerón, Pedanio Dioscórides (s. I d. C), toma la fórmula de un sudorífero para curar los rigores de la fiebre, elaborado a partir del cocimiento de calaminta, apio, aristoloquia y eneldo, plantas que hoy podemos comprar en herboristerías. En esta misma línea, expone cómo en el libro I de De ratione victus in morbis acutis, de Hipócrates (460-375 a. C.), se explica el método de elaboración del oximiel frío o caliente, según la estación del año, que tiene por objeto curar las fiebres cuartanas a base de provocar el vómito del enfermo. El oximiel se elabora con la mezcla de vinagre de pasas y miel.

Miguel Servet, bien formado en el galenismo renacentista y en las obras de otros autores que también proyectaban su influencia desde la Antigüedad y que han constituido la base de toda la medicina científica occidental, hasta finales del s. XVI, contribuyó, por su parte, como todos sabemos, con su descubrimiento de la circulación menor o pulmonar de la sangre y con sus fundamentales aportaciones a la Anatomía -unidas a su dedicación a la práctica de la disección-, a que la ciencia médica iniciara un proceso de modernización que, desde entonces, no ve su fin.

Dra. María Isabel Yagüe

El Santo Grial y Aragón

La tradición sobre el cáliz que utilizó Cristo en la última cena se remonta al siglo tercero cuando, por la persecución del emperador Valerio, San Lorenzo, antes de ser martirizado, lo envió a Huesca.

Posteriormente, hacia 1180, Felipe de Flandes, encarga a Chrétien de Troyes que recogiera esta tradición. Así nace el libro denominado Li contes del Grial, con ello se actualiza la leyenda. El autor recoge los antecedentes que ya existían pero, para agradar a su patrocinador, sitúa la acción en los tiempos míticos del reinado del fabuloso rey Arturo. La obra obtuvo gran éxito y originó continuadores. De todos es quizá Wolfram von Eschenbach, con su obra Perzival, quien mejor recoge la tradición. La localiza en los Pirineos, en el castillo de Montsalvat, situado en Occitania, pero el ambiente es el del monasterio de San Juan de la Peña.

En ella se basa la ópera de Wagner Parsifal que es el nombre que da al protagonista. La acción comienza con la llegada del héroe al castillo de los guardianes del Grial en Montsalvat, en las montañas meridionales de la España gótica. Allí unos caballeros con uniforme templario, salvo la cruz que es substituida por una paloma, custodian el Grial. El rey Anfortas está herido por la lanza sagrada y la herida incurable no le permite celebrar el misterio del Grial por ello los caballeros languidecen sin el alimento maravilloso. Enfrente se encuentra el castillo del brujo Klingsor, enemigo de los caballeros por haber sido rechazado su ingreso en la orden. Perzival es tentado por las ninfas de Klingsor, vence la tentación, recupera la lanza que hirió a Anfortas, lo cura y puede volver a celebrar los misterios.

El primer autor que recoge la tradición del Grial fue Guiot de Provins, trovador de Alfonso II el Casto, con quien Wolfram von Eschenbach tuvo relación personal. En ella se relata una leyenda de la época de Alfonso I el Batallador. Éste recibió una herida en el asedio de Fraga y se retiró al monasterio de San Juan de la Peña, donde permaneció hasta su muerte ocurrida siete semanas después en Poleñino. Este rey se firmó numerosas veces con el nombre de Anfortius. Al rey de Aragón, Alonso II el Casto, se le identifica con uno de los principales personajes de la obra: Castis, padre del héroe Perceval.

El Cáliz tal como está actualmente, con las adiciones que lo han enriquecido, consta documentalmente que se encontraba en San Juan de la Peña en 1399. Es tradición que estuvo en Huesca en un templo sito donde hoy está S. Pedro el Viejo. Durante la invasión musulmana fue trasladado a Siresa, Balboa, Sasabe y, quizá, a Ocitania. Ramiro I construye la catedral de Jaca para guardarlo en ella. De allí, en 1071, pasa a San Juan de la Peña. A Barcelona en 1410. En 1437 a Valencia. Se utilizó en ocasiones solemnes hasta que el 3 de abril de 1744 cuando lo utilizaba el canónigo Vicente Frígola se le cayo rompiéndose en dos partes. Se restauró aunque se nota la rotura. Durante la guerra de la Independencia pasó, en 1809, a Alicante, volvió a Valencia al año siguiente y de allí a Ibiza. En febrero de 1812 a Palma de Mallorca para regresar en 1813. Durante la Guerra Civil estuvo a punto de perderse en un asalto e incendio de la Catedral en julio de 1936. El canónigo Elías Olmos lo salvó, lo escondió en diversos lugares y en Carlet para devolverlo en abril de 1939.

Prof. Dr. Jesús Osácar

Marcelino de Unceta: la firma de un maestro

Marcelino de Unceta López (Zaragoza, 1835 – Madrid, 1905), bautizado en la iglesia de San Gil, era hijo y hermano de militar, circunstancia de capital importancia en su vida, pues muchas de sus pinturas son de tema militar y sus mejores clientes pertenecieron a este estamento social. Se decía de él que «…a primera impresión parecía, más que un artista, bizarro militar vestido de paisano».
Ingresó en 1850 en la Escuela de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza y prosiguió sus estudios en la madrileña Escuela Superior de San Fernando, donde recibió las enseñanzas de los dos Madrazo y los dos Rivera, dentro de los más rígidos cánones academicistas. En 1858, obtuvo mención honorífica de primera clase, en la Exposición Nacional de Bellas Artes, con su obra Don Rodrigo en la batalla de Guadalete.
Sus principales maestros fueron El Greco, Velázquez y Goya. Entre sus contemporáneos, el aragonés Pradilla y el catalán Fortuny. De este artista, muy reconocido por sus contemporáneos, dada su ingente producción, recogida en colecciones públicas y privadas, mencionaré sólo obras que se pueden contemplar en nuestra ciudad. Son todas de gran tamaño, así, en el salón de retratos del Palacio de Sástago, podemos admirar los dedicados a Don Bartolomé Leonardo de Argensola, Don Francisco de Goya, y Don Francisco Bayeu, los tres de 1868.
Por encargo del Cabildo, pintó, en la cúpula mayor del Pilar, los Santos Mártires (1871) y los Santos Obispos de Aragón (1872).

Para el Ayuntamiento zaragozano, realizó la obra Don Juan de Lanuza, último Justicia de Aragón (1862), ubicada en el despacho del Sr. Alcalde; el telón de boca del Teatro Principal (1876-77, 8 x 10 m) que representa el Templo de la Gloria y que pintó previamente en La Lonja. En la Casa de Amparo, se cuelga su retrato de Agustina de Aragón (1878).

Del Museo Provincial, sólo citamos El suspiro del moro (1885) y Apoteosis de Ntra. Sra. del Pilar (1895). Este cuadro fue robado durante la exposición antológica de La Lonja, en 1980, y devuelto voluntariamente por el joven sustractor días después.
Según Castillo Genzor, autor de El Ateneo de Zaragoza, Unceta dio clases, en 1866, en nuestra entidad, presidida entonces por Desiderio de la Escosura.
Litógrafo cotizado trabajó para Blanco y Negro y La Ilustración Española y Americana, y suyas eran las portadas del semanario El Pilar, de todos los 12 de octubre; recordamos que, de 1886 a 1956, aparecieron en esta publicación ilustraciones originales del insigne aragonés.

Unceta fue precursor en Europa en la pintura de carteles y representa, en España, tanto o más que Toulouse Lautrec, en Francia. Destacan sus carteles de teatro pero sobre todo los taurinos que, con él, comienzan a ser como hoy se conciben. Se conservan quinientas obras de esta temática. Recojo para ustedes la anécdota de que Rotschild solicitó por telégrafo, desde la capital del Sena, un palco para las corridas de toros de Zaragoza que debían tener, según él, gran importancia dado el extraordinario cartel editado para su publicidad. De hecho, fueron de Unceta los carteles que anunciaron las corridas de las fiestas del Pilar de Zaragoza, de 1884 a 1901.

Este hombre que retrató obispos, generales, toreros y contrabandistas residió en Zaragoza, de 1866 a 1887, año en que, tras la muerte de su esposa y su único hijo, se trasladó a Madrid donde falleció el 9 de marzo de 1905, según la cédula de defunción, a causa de una lesión orgánica del corazón.

Dra. María Isabel Yagüe

Abraham Abulafia: un zaragozano genial

Son muchos los datos que tenemos acerca del período de 800 años que la península Ibérica permaneció bajo el dominio Musulmán, pero muy pocos acerca de los 1200 años durante los cuales las comunidades judías habitaron entre nosotros. Casi en cada ciudad, en cada pueblo, tan hispánicas que hasta tuvieron y aún tienen su propia lengua: el sefardí.

La persona y la obra del sefardita zaragozano Abulafia, junto a cabalistas de la talla de Moisés de León -autor del Zohar- Najmánides, pertenece a aquella generación de cabalistas que promovieron la época de mayor auge y esplendor de la Cábala. Abulafia no sólo es un erudito que domina los conocimientos de la Cábala en su época, sino que crea su propia escuela y su propio método específico de estudio y práctica cabalística.

Nace en Zaragoza, en el seno de una familia de gran linaje, pronto se traslada a Tudela y también vive en Toledo. A la muerte de su padre cuando tan sólo contaba dieciocho años viaja a Oriente en busca del legendario río Sabatión. Viaja por Grecia e Italia y se instala en Capua para estudiar filosofía con Hilell de Verona. De vuelta a la Península, reside durante un tiempo en Barcelona integrándose en la escuela de Baruj Togarmi, autor de un tratado titulado Las claves para la Cábala, considerado como el más importante texto cabalístico junto al Zohar y al Bahir.

En el año 1280 se dirige a Roma con la intención de presentarse ante el Papa, éste ordena su detención pero muere el mismo día en que Abulafia pisa la ciudad. Incomprensiblemente y pese a la orden de detención que pesaba sobre él, es detenido pero es puesto en libertad a los quince días. La experiencia vivida no le amilanó en absoluto y después de ser liberado de la prisión no cesa en su actividad y continúa propagando su mensaje cabalístico, tanto a judíos como a cristianos, hecho que resultaba absolutamente insólito. En el s. XIII los cabalistas judíos se mostraban reticentes a divulgar la Cábala a los judíos ¡cuánto más a los cristianos!
Como todos los cabalistas, Abulafia concede una importancia capital a las letras del alfabeto hebreo, pues ellas constituyen entidades simbólicas que, como tales, expresan la realidad de los arquetipos, principios e ideas de orden universal. Abulafia establece un método basado en el sistema de combinación de las letras como aparece en la figura. Cada letra incluida su forma misma, es un esquema simbólico que encierra dentro de sí todo un mundo de significados que han de ser descifrados por los estudiosos de la Cábala.

La influencia de Abulafia se extendió más allá de los círculos cabalistas encontrando especial resonancia en Ramón Llull (contemporáneo suyo), el cual diseñó su Arte Combinatoria basándose en gran medida en los métodos del maestro sefardí. Asimismo el cabalista cristiano Johannes Reuchlin considera que Abulafia es un pilar de la Cábala judía, pero también de la Cábala cristiana. En efecto, ésta se fundará básicamente sobre el pensamiento de Abulafia, cuyos escritos, traducidos al latín y al italiano, tendrán una amplia difusión en el mundo cristiano.
Abulafia está de actualidad entre los informáticos, por ser el predecesor de los aspectos matemáticos, concretamente combinatorios, de la ciencia de la información. En la famosa obra de Humberto Eco El péndulo de Foucault, su nombre se asigna al ordenador utilizado por los tres investigadores.

G. Sholem, investigador fecundo de reconocido prestigio, le dedicará su soberbio C.IV de Las grandes tendencias de la Mística judía, donde le concede un lugar primordial en la historia de ésta. Pero será su sucesor en la Universidad de Jerusalén, Moshe Idel, cuya tesis doctoral en hebreo, de 1976, llevaba precisamente el título Los escritos de R. Abraham Abulafia, quien más y mejor va a estudiar y reivindicar la figura y la obra de este genial zaragozano. Idel no sólo deslindó claramente las dos tendencias en la Cábala, sino que optó por la abulafiana. En la actualidad la investigación en todo el mundo continúa, dado que existe un gran interés en torno a su obra.

El hecho de que Abraham Abulafia haya pasado de la excomunión oficial a ocupar un lugar destacado entre los místicos judíos constituye un fenómeno sin precedentes en la historia de la Mística judía.

Carmen Miñana

Presidenta de la Asociación Cultural Abulafia

Leonor. Envenenadora, envenenada y fugitiva

En honor de S.A.R. la infanta doña Leonor, recordamos aquí los avatares de dos reinas y una infanta del reino de Aragón llamadas también Leonor, voz de origen griego que significa “luz que ilumina todo”.

Debido a la profusión de infantas y reinas de este nombre, a lo largo de los siglos y en los distintos reinos de España, nos centramos en el Aragón del siglo XV. En esta época vivió Leonor, reina de Navarra (1420-1479), hija menor del monarca aragonés Juan II y Blanca de Navarra. Casada en 1436 con Gastón IV, conde de Foix. Su hijo, llamado también Gastón, contrajo matrimonio con Magdalena de Francia, hermana de Luis XI. Este monarca intrigó a Juan II, para que la corona de Navarra pasara a su yerno Gastón de Foix. Consecuencia de esta maniobra fue que Blanca, hermana mayor de Leonor y heredera del trono navarro, fuera entregada a esta última y llevada al castillo de Orthesen en Berna, donde murió envenenada el año 1464, tras sufrir previamente toda clase de humillaciones. Después de haberse librado del obstáculo que le suponía su hermana, Leonor tuvo la “suerte” de que fallecieran su esposo y su hijo, de manera que, en 1479, consiguió ser proclamada reina de Navarra. Pero no disfrutó mucho tiempo de su criminal triunfo, ya que murió en Tudela, al mes justo de su coronación. Su nieto Francisco de Foix le sucedió en el trono.

De una Leonor envenenadora paso a escribir sobre una envenenada: Leonor de Portugal (1405-1445), hermana menor del mismo monarca antes mencionado, Juan II de Aragón. La madre de ambos, Leonor de Alburquerque, “la Rica Hembra”, tomó la decisión en 1423 de casar a la infanta con don Duarte, heredero del trono de Portugal. La boda se celebró en Teruel en 1428 y ambos fueron coronados en 1433. Cinco años después, Duarte I murió por la peste y, a pesar de que Leonor intentó por todos los medios hacer valer sus derechos como reina regente, el rechazo de las Cortes portuguesas y una insurrección popular le obligaron a huir del país luso y refugiarse en Castilla. Aquí se alió a sus hermanos los infantes de Aragón, en contra del todopoderoso valido del rey de Castilla, don Álvaro de Luna, que la mandó envenenar en Toledo en 1445, falleciendo días antes de la batalla de Olmedo, de tan triste recuerdo para Aragón.

Por último, rememoramos a la infanta Leonor, hija bastarda del tres veces citado Juan II, a la que su padre, por su política de alianzas matrimoniales en el ámbito nacional e internacional, hizo la vida imposible. En 1470, vivía recluida en La Aljafería, fuertemente vigilada, a pesar de lo cual se fugó por amor con Luis, condestable de Navarra, con el que se casó en secreto, hecho que movió la ira de su progenitor que dictó un bando que penaba con la muerte a quien la ocultase y ofrecía un rescate de 400 florines a quien diera alguna información sobre su paradero: “De parte de los Jurados de la Ciutat de Çaragoça a todas et cada una personas [...] que sabrán do es la senyora doña Leonor, filla de la magestat del Senyor Rey, que lo vengan a notificar de continent a los ditos Jurados dius pena de la vida, como se aya hido contra la voluntat del dito Senyor Rey. E si notificara que es dentro en la dita Ciutat, que le daran por la dita notificación quatrozientos florines”.

Dra. María Isabel Yagüe

“Delirando” de Luis Basurte

¡Entra… no te detengas! ¡Arranca mi vida de nieve y mi gloria de barro! Sabes que, cuando desengañados de ver que la riqueza, la gloria y la fama nos quita corazón, entonces sólo a ti se te ama. Eres la gran verdad. Ven, pues, y no te detengas. Dame tu único abrazo… pero antes contempla y ríe conmigo la necedad de todos aquellos que allí ves. Se disponen a conquistar aquello que puede hacerles llorar. Ríe conmigo de ver tanto necio que trata de imitar mi irremediable locura. Verles es recordar. Con histérica vanidad y en alas de la ambición se disponen a volar con rapidez, subir muy alto y ser los primeros en llegar a mi altura. ¡Este sitio —desgraciados—es para ellos lugar de felicidad! Eso creen porque siempre miraron mi rostro hipócritamente alegre, mas nunca mi amargado corazón… Fíjate: tratan de emprender el vuelo, pero el vuelo es lento y dificultoso porque llevan puestas las pesadas vestiduras de la verdad, la sinceridad, de la nobleza y honradez. Ellos lo saben y se despojan de ellas. Ahora están desnudos y esta desnudez es aplaudida por la mayoría. Se remontan con extraordinaria rapidez, pues todos quieren ocupar los primeros puestos, y en su vanidad y egoísmo sin límites luchan todos como fanáticos enloquecidos.

Amparados por las tinieblas y animados por un mundo ignorante y pusilánime que se refugia en una santa prudencia —que ni es santa ni prudente, sino la coartada de la cobardía— destruyen en su vuelo todo lo que hay de hermoso y santo. Son los nuevos “Eróstratos” que no piensan, que no creen, que no aman, que no saben, y no obstante van dejando por doquier la insepulta carroña que otros hombres —aún más necios— se disputan a zarpazos como buitres… Observa cómo en sus luchas consiguen los más atrevidos trofeos de fama y riqueza que, paradójicamente, van dejando en sus corazones tristeza y sufrimiento. Ignoran que la verdadera felicidad no está en lo exterior, sino en el interior de los corazones. Repara ahora cómo los más victoriosos asoman a sus rostros muecas de espanto. La altura es siempre un peligro. Más se sufre por el temor de caer, que por el deseo de subir. ¡Desgraciados! Me entran ganas de gritarles ¡locos!, ¡necios! y desengañarlos… pero sería inútil.

Solo cuando, como yo, lleguen hasta aquí, y se encuentren contigo, y contemplen tu estoico rostro cerca, muy cerca… entonces comprenderán que la gloria de la fama es, casi siempre, sólo un espejismo y la riqueza una prisión.

Tu rostro, el rostro de la Muerte, es lo único que a los hombres como nosotros nos hace ver claro y diáfano; pero entonces ¿quién retrocede?

Paseos por el pensamiento

La energía espiritual va respondiendo a las expectativas del momento. Física y metafísica avanzan unidas por el sendero de la unificación de los criterios universales. Los códigos ya están en marcha. Las puertas se abrirán nuevamente y la comunicación volverá a ser fluida para los calificados “maestros”. Y esa corriente tan elevada, esa vibración tan espiritual ya ha conectado con esta Tierra. Muchos la sentirán. Otros avanzarán con ella. Otros serán sus mensajeros. Y muchos, muchos más, quedarán postergados a su magnificencia. La Voz ya ha hablado. La Luz ya asciende por el horizonte. El Silencio ya descubre su Sabiduría.

Y la composición más auténtica de una realidad intangible es la templanza, el silencio, no la indagación de su fuerza, porque el alma necesita respirar, estar en calma, en la profundidad necesaria para liberar su contaminación y poder esclarecer el mínimo conocimiento de lo que es capaz. No hay más, simplemente escuchar el silencio. La perforación mental a través de la inteligencia racional complica y destruye las mínimas evidencias espirituales del Universo.

Fuerzas vivas que mantienen el poder del Amor nos someten a encrucijadas permanentes, de las que no comprendemos ni entendemos, porque lo planificamos bajo la conducta intelectual, la racionalidad, y no permitimos al Espíritu libre que sienta con placer el maravilloso Universo donde ha nacido y donde resucita cada vez que nuestro cuerpo invade la muerte.

El humanismo siempre triunfa, es cuestión de tiempo, a veces de épocas, pero la parte más sutil humana siempre despierta ante la barbarie, ambiciones y demás despropósitos humanos, ya que ponen en evidencia el poder del Espíritu Universal. Ante ello, la humanidad despierta, aunque levemente, de la oscuridad e intenta reducir a sus trasmisores. La profundidad del alma, emisaria del Espíritu, siempre vive alerta a su propia resistencia y al abandono de las cadenas que le impiden vivir con su luz.

Trascender al silencio es como estar a la vera de un río escuchando a un hombre sabio, alquimista del alma, esbozar un poema sobre la conducta racional tendente a llegar a ser espiritual, que por ser a mi soledad a quien retomo su conciencia, derrocho hambre de amor en estos párrafos que quizás necesite escuchar o permitir que susurren en mi alma. La energía cerebral no permite estar en calma, en simbiosis con la serenidad del alma.

Ángel Sanz Goena

Paseos universales

La fuente de amor, esa puerta abierta al Universo, siempre está latente para esos seres humanos que desarrollan su voluntad al desarrollo del Amor Universal, seducidos por sus Códigos, lejanos a los terrenales y cercanos a la Existencia Infinita, sin fronteras ni límites humanos, en una distancia corta y larga a la vez, pero enriquecidos por la sustancia centesimal de células vivas universales, vistas desde el plano espiritual, desde los vértices de lo inusual, de lo extraño, de lo no creído.

Aún me queda trecho que recorrer para dejar que mis propias letras transciendan, pero parece que mi alma escucha por debajo de la línea que trazo, porque, en verdad, suscribo cada palabra escrita y sentida, que siento en ese punto aún escondido que late y palpita por el Universo, intentando buscar su esencia, ese amor infinito que me envuelve y que algunos, ciegos y sordos, acartonados en sus planes terrenales, están indefensos, desnutridos del amor de las células universales que, como corriente de un río de amor, exploran con el tiempo cada universo humano. Intuyo que el tiempo, sabio por su composición, accede a que la elevación espiritual esté ya cercana, lo que permitirá que muchos seguirán la senda de la iluminación, Manifestada desde el Origen de los Tiempos, mientras otros avanzarán hacia su verdadero lugar en el Infinito. Cual fortuna acecha a mi corazón que palpita con la profunda y trascendental sensación de mi alma.

Ya ha entrado la nueva visión espiritual del mundo trascendente. Los nuevos emisarios trasladarán a las sociedades del mundo lo real, lo que es. Las realidades humanas están lejanas a la otra Realidad, la espiritual. Muchos seres, con instrumentos internos poderosos de amor e inteligencia, han observado las conductas humanas. Y actualmente, cuando la magia del Universo va entrando en nuestro planeta y recopilando los datos ancestrales de nuestro poder espiritual, seres humanos cualificados y elevados de una energía espiritual universal, transmitirán de nuevo el circuito humano, el que le corresponde, el verdadero. De muchos estadios hay almas elevadas que visualizarán la nueva etapa terrenal y la conducirán por el verdadero sendero instruido para el hombre y ya olvidado. Luces; puertas abiertas; seres de amor; tránsito de conocimiento; aprendizajes de sabiduría; relanzamientos de nuevos personajes en la sociedad, nueva instrumentación para conocer, saber, aprender e investigar; exploración por los vestigios ancestrales del Conocimiento y de la Sabiduría; y una nueva entrada de Amor Profundo, de un nivel de energía superior que abastecerá a seres humanos con transparencia espiritual. Nuevas vibraciones que someterán a los que han infringido las Leyes Naturales de la Vida. Conciencias espirituales que tramitarán los nuevos métodos y códigos del Amor en la Tierra. Vibración elevada, que representa la Realidad Universal y no el mundo ilusorio que vive el hombre actual.

Ángel Sanz Goena

Escudo Reino de Aragón. Las cuatro cabezas

Querer quitar las cuatro cabezas de nuestro escudo de Aragón, es traicionar lo que hicieron nuestros antepasados. De esta manera debemos suprimir la batalla de Alcoraz, la toma de Osca (Huesca), así como también la reconquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador en 1118.

¿Quiénes estamos en contra de suprimir las cabezas?

Casi todos los ciudadanos de Aragón, según la encuesta realizada por el periódico “Heraldo de Aragón”. Pero, ¿qué ocurre con los estudiosos de la Historia o la Heráldica? El Departamento de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza; La Dra. Rosa María Bandrés, académica de número de la Academia de Jurisprudencia y Legislación; Sr. Montaner, miembro de la Cátedra de Heráldica de la Institución “Fernando el Católico”, que, además, es director de la Unidad de Estudios Árabes; y por último, el Ateneo de Zaragoza entre otras muchas Instituciones.

Hay una anécdota, contada por Guillermo Redondo a Televisión de Aragón, que no me resisto a no contar. “Resulta que en el Estado de Georgia (EE.UU) hicieron un referéndum para cambiar su bandera. Ganó el sí, y ya van por el quinto cambio.

La consulta de Heraldo de Aragón arrojó el siguiente porcentaje: No al cambio 93,73%; sí al cambio 5,44%; y 0,83% n/s. n/c

El escudo tal y como está tiene cinco siglos, pero los cuarteles por separado son mucho más antiguos, y se emplearon siempre por los Reyes de Aragón, a sabiendas que todos ellos procedían del viejo Reino de Aragón.

Entre los que quieren que se cambie este cuartel del escudo, está Enrique Gastón, profesor titular de sociología y afirma: “Si yo fuera inmigrante, me sentiría muy mal y que en el escudo de Aragón esta violencia de la Edad Media es patente y bien agresiva”. No opino sobre sociología, que no me compete y mucho menos refiriéndome a la Baja Edad Media, sería meterme en camisa de once varas, pero le doy una recomendación al profesor “dedíquese a la Sociología y yo a la Historia y así andaremos bien”.

Da la sensación que no conoce la Historia de la Edad Media y, mucho menos, a lo que se refieren estas cuatro cabezas, que son un homenaje a cuatro emires o caudillos que tuvieron la mala fortuna de perder en una batalla, con heroísmo y caballerosidad. Nuestro rey de Aragón homenajeó a estos emires poniéndolos en su escudo.

La Comunidad Islámica, también se ha pronunciado y dice por boca de Abdel Kader, secretario general, que la cruz de San Jorge no les molesta y sí las cabezas que ellos se imaginan (degolladas y ensangrentadas), nada más lejos de la realidad, como ya he apuntado anteriormente. Pero ahora también me gustaría preguntarle al Sr. Abdel Kader, ¿qué opinión le merece la bandera de Arabia Saudita que reza “No hay mas Dios que Allah” y debajo de esta frase hay dibujada una espada. Como no es mi intención opinar, me gustaría que me lo explicaran.

D. Gonzalo Martínez Gracia

Vicepresidente del Ateneo de Zaragoza

Cedido a este blog, para conocimiento de la Historia de Aragón

 
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