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PERSONAJES FEMENINOS NOTABLES EN RAMÓN J. SENDER PDF Imprimir E-mail

Personajes femeninos notables

en las novelas históricas de Ramón J. Sender*

En nuestro homenaje particular a Sender y a su obra, que engrandece la literatura española, nos vamos a detener en aquellas novelas de contenido histórico que ponen ante el lector una serie de personajes femeninos que encarnan a verdaderas protagonistas de la Historia de España, mujeres de talla singular cuyas circunstancias de la vida les han llevado a vivir encerradas largos períodos de tiempo.

En la segunda parte de Tres novelas teresianas (1967, 1ª. edic.), titulada La princesa bisoja, vemos, frente a frente, a dos mujeres de fuerte carácter, doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli y Teresa de Jesús. Sender nos muestra dos mujeres pagadas de sí mismas: la primera segura de su belleza, la segunda de su santidad. Siempre van acompañadas de su séquito de doncellas o de monjas.

Doña Ana, expresión máxima del mundo de la carne y de la falta de escrúpulos, se ve obligada a encerrarse, tras su reciente viudedad, en su casa de Pastrana, convertida por Teresa en convento de carmelitas descalzas. (121) Decide recibir los votos monacales para  acallar  los rumores que la hacen, a la vez, amante de Felipe II —a quien atribuyen la paternidad de su hijo Rodrigo—, y de su secretario Antonio Pérez. (123)

Los días de convivencia son duros. Teresa entendía la presencia de la de Éboli como la prueba más difícil que Dios le imponía. (141) La sobrellevaba movida por la necesidad de saber qué había hecho doña Ana para que llegara a manos del Santo Oficio el manuscrito de su Vida que ella le había regalado hacía siete años, como prueba de amistad. Su deseo de recuperarlo le tenía sumida en una continua zozobra.

Teresa hacía ímprobos esfuerzos para congeniar con ella, pero esta era tarea imposible. La Santa pensaba: «¿Y cómo iban a echar a la propietaria del edificio, amiga del rey, princesa de Portugal, duquesa de Pastrana?» (148) Al poco tiempo, doña Ana le da la respuesta: atraída por la fama de don Juan de Sevilla, que había acudido a Pastrana a conquistarla, se deja seducir por él y vuelve a sus prácticas amatorias habituales. (156)

Tras una fuerte discusión entre ambas, Teresa ordena a sus trece monjas prepararse para salir rápidamente del convento e ir, andando, a Segovia.

En la novela Carolux Rex (1963, 1.ª edic.), nuestro escritor oscence presenta otro personaje femenino de envergadura: doña Mariana de Austria (1634-1696), esposa de Felipe IV y reina regente hasta la mayoría de edad de su hijo Carlos. Su hermanastro, don Juan José de Austria, llamado también el Calderón, por ser hijo de Felipe IV y la actriz de moda, la Calderona (encerrada, tras su maternidad, en un convento), la envía al destierro a Toledo, donde, confinada, seguía dirigiendo la facción de nobles y clérigos que, en la corte de Madrid, le apoyaban, (14) al mismo tiempo que mantenía, de manera secreta, relaciones íntimas con sacerdotes. (15) Doña Mariana, que «no reía y si reía era solo por el lado izquierdo, ya que tenía una tendencia hemipléjica», (80) odiaba a don Juan José a muerte.

La reina viuda hizo extender la noticia de que su hijo Carlos, al que ella llamaba el piojoso, (124) no procreaba porque estaba hechizado. Para favorecer su fertilidad, ya coronado, ordenó colocar, varias veces, en el lecho conyugal, la momia de San Isidro —«que tenía la boca abierta y los dientes colgando»—, hasta que su joven esposa, de dieciocho años, María Luisa de Orleáns, enfermó de aprensión. (127)

Para atajar el problema de la falta de hijos, la reina madre da la orden de llevar a cabo un exorcismo. (209) Su ejecutor, el cardenal Portocarrero, aconseja a Carlos, siguiendo las instrucciones de su madre, que no duerma con su esposa hasta que su curación sea definitiva. El monarca, que era un obseso sexual, acepta tan dura condición por el bien de España. El exorcismo se desarrolla en presencia de doña Mariana a la que su hijo, poco antes de finalizar y todavía extenuado, echa de allí, gritando: «¡Afuera las putas tudescas!» (218)

Ramón J. Sender hace uso de la información histórica de que dispone de manera muy minuciosa, no obstante, como gran creador que es, recurre a las licencias literarias necesarias de tal modo que, a la vez que respeta fielmente lo acaecido, sus personajes históricos se ven caracterizados con aquellos rasgos positivos que les humanizan y les hacen próximos al lector, tan separado de ellos, en el espacio y en el tiempo.

En nuestro autor, verdad poética y verdad histórica no son incompatibles; esta característica se hace todavía más patente cuando se trata de personajes menos relevantes. Es el caso, en Carolux Rex, de la aragonesa Irene Ballabriga, de gran clarividencia y sensatez, secuestrada con otras cincuenta mujeres —todas de alta cuna y de extraordinaria belleza—, en una especie de gineceo o harén, para la satisfacción de la concupiscencia de los inquisidores del Santo Oficio, en Barcelona, (167) o el caso de la duquesa de Arlanza, en la novela El rey y la reina (1949, 1ª. edic.), que permanece escondida durante largos meses, en el torreón de su palacio madrileño, para evitar caer en manos de los milicianos republicanos que, en julio de 1936, habían hecho de su mansión un cuartel militar. O, por último, el de la marquesa de Vélez, en la obra ya citada Tres novelas teresianas, que, fría y firme en sus determinaciones, se venga de su esposo haciéndole comer el corazón, guisado exquisitamente, de su última amante. La marquesa se recluye en un convento, motu proprio, antes de que ordenen su carcelación o sentencien su muerte. (188)

* Los números entre paréntesis remiten al número de página de cada obra, en Edit. Destino, en su última edición.

 

Dra. María Isabel Yagüe